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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 26
    Mayo
    2013

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    Para la mejor formación, examen de religión

    Se halla pendiente de su aprobación por las Cortes la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), conocida como “Ley Wert” y que supone la séptima reforma en democracia, lo cual, por cierto, da que pensar. Dada mi nula autoridad en la materia, que para eso están los docentes, pasaré por alto muchas de las modificaciones propuestas (supresión de la Selectividad, imposiciones lingüísticas que han levantado ampollas…) para centrarme en la enseñanza religiosa, tema sobre el que, siquiera porque retrotrae a los tiempos de mi escuela, piso con mayor firmeza.

    Como han señalado, puede asumirse sin dificultad que la “obligación de cumplir con los tratados de la Santa Sede” prime, entre el clero y la ultraderecha, por sobre una Constitución donde se explicita que ninguna religión tendrá carácter estatal. Y que la Religión sea asignatura evaluable y su puntuación compute para la media del curso, será sin duda un incentivo para que los adolescentes se dejen abonar fácilmente ese lado antediluviano (Doctorow) que todos albergamos en alguna medida, así que, desde la Concapa a los obispos, un acuerdo gozoso, y la abnegada disposición por parte de los segundos a diseñar los contenidos y decidir los criterios de evaluación. Una batalla probablemente ganada por los sectores más reaccionarios y, sin embargo, algunos de sus argumentos, utilizados a modo de vaselina, merecen siquiera del comentario más allá de que, quienes discrepamos, sigamos aferrados a la idea de que las verdades religiosas, si acaso lo fuesen, tienen carácter privado y ése debiera ser su ámbito.
    Por eso, por disimular un adoctrinamiento del que se acusaba a la “Educación para la ciudadanía” —ahora eliminada pese al informe contrario por parte del consejo de Estado—, miembros de la Conferencia Episcopal han afirmado que “la enseñanza religiosa debe hacer presente en la escuela el saber científico en igualdad con el resto de los demás saberes”. ¡Pero es que la religión, el cristianismo, no es un saber, señores míos! Se trata de una creencia que contradice precisamente todos los valores epistémicos de la ciencia: la precisión y capacidad predictiva, el rigor, la coherencia… Cabría recordarles a Goethe cuando afirmó que “quien tiene ciencia ya tiene religión, y quien no tiene ciencia, tenga religión”. Máxime si computa para la nota a final de curso. En cuanto al ministro Wert, tiene todo el derecho a hacerles el agua, pero es indigno que pretenda justificarse aduciendo que con sus medidas, religión incluida, “se evitará un paro elevado en el futuro y se reducirá la tasa de abandono educativo”. ¿Será merced a la fe y esa dimensión evangelizadora de que hablan los obispos?
    Podrían esgrimirse otras razones, aunque me temo que no sirvan de nada como ocurre casi siempre: que la educación en y para la libertad, debería orillar la subjetividad, y que no todas las cosas son reconciliables entre sí, y me refiero al razonamiento; al pensamiento frente al mito. Recordar que la transmisión de valores o la defensa de la solidaridad están bien cimentadas más acá de la fe, y que el saber qué se sabe, por qué y para qué (Edgar Morin), tienen nada que ver con la evangelización que propugnan, de modo que, suponiendo intencionalidad al trágala, las motivaciones deben ser otras y, puesto a adivinarlas, se me ocurren unas cuantas. En Historia secreta de una novela, Vargas Llosa afirmaba que el destino de las niñas aguaruna, tras ser educadas por las monjitas, era servir o convertirse en putas. No suscribiré lo segundo pero, en los tiempos que corren, educar para servir podría ser objetivo de los poderosos y, para ese fin, monjitas y curas en la escuela pues como anillo al dedo y se acabó con la que defendía Adorno: una educación para la contradicción y la resistencia.

    A mayor esfuerzo, los evangelios pueden irles que ni pintados. O las Bienaventuranzas. Que los mansos poseerán la tierra, vendrá de perlas para terminar con la indignación o los escraches, y en cuanto al hambre y sed de justicia, pues no toca en el examen final. También habrá que explicar como mejor convenga el por qué no se repite el milagro de los panes y los peces entre tanto inmigrante como rebusca en los contenedores, o introducir nociones biológicas novedosas para hacer inteligible la resurrección o un embarazo sin fecundación. A aspectos como los antedichos deben referirse los prelados cuando hablan de simultanear la ciencia con otros saberes: otros aprendizajes para entender los enigmas e intentar desentrañarlos. Si es por ahí, la vuelta al nacional catolicismo de mi niñez podría resultar, y conseguir de una vez jóvenes preparados para el empleo. Que no está fácil. Aunque por completar su formación, habrían de incorporarse a las aulas otras cuestiones con parecido respaldo científico: la quiromancia, la astrología o el Feng-shui.
    Ya veo a mis nietos obligados a cantar de nuevo lo de “Isabel y Fernando / el espíritu impera / moriremos besando / la sagrada bandera”. También el crucifijo, claro. Y puede pasar con los suyos. ¿Les apetece? A mí, no. Rotundamente. Ya lo viví.

     

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