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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 06
    Julio
    2013

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    Palabras violadas

    Escapar de la podredumbre que nos rodea no es empresa fácil. Podemos filtrar nuestras lecturas, recurrir al zapping o hacer oídos sordos a los discursos sobre más de lo mismo y, sin embargo, ciertas palabras, en boca de algunos dirigentes, bastan para recordarnos el hediondo pantano donde braceamos.


    Las palabras que abanderaban el progreso moral y ético, esas que han dado sentido a tantas vidas de sacrificio por defenderlas y que precisan de mimo, respeto y de un ambiente honesto, se han vuelto, proferidas por ellos, pringosas o macilentas y desnutridas; deshonradas como prostitutas al servicio del poder y el dinero. Ya no brillan ni magnetizan. Los corruptos y sus comparsas les han robado el alma y hoy nos parecen otras, deshinchadas y desfiguradas a tal extremo que sus significados varían a tenor de los intereses y nos alertan, yertas, de los detritus verbales en las que se incluyen.


    Nos habla el ladrón de confianza en una justicia que le absuelva por sobre las evidencias, o de compasión y solidaridad quienes no han tenido empacho en diseñar medidas que han propiciado el enriquecimiento de unos pocos a costa de los más. Nos hablan de transparencia Rajoy y sus teloneros, de esfuerzo Urdangarín o de altruismo cualquier obispo –alguien se dará por aludido con toda razón- mientras remodela con lujo su propia cocina. Si es cierto como apuntó en su día José Mª Jover, un catedrático de Historia, que algo peligra en la sociedad cuando una palabra cae en desuso, la amenaza pasa a devastación cuando el uso de algunas se convierte en extensivo y son empleadas igual para un roto que para un descosido. Por las palabras seréis justificados y por las palabras seréis condenados (Mateo, 12, 36-37); tal vez el Santo se había percatado también de una deriva que puede transformarlas en comodines a conveniencia, y los conceptos que encierran ser banalizados y utilizados como justificación embustera cuando no para hurtarse de la merecida condena.

    Si la verdad se compra o se maquilla, ¿qué será de la belleza? Y si ésta no se persigue porque ha pasado a ser mero diseño de cualquier camarilla, ¿habrá muerto la esperanza? De concluir que no podrán engañarnos con las palabras, también deberemos asumir que, con iguales mimbres, el diálogo entre nosotros será imposible por carecer de vehículos fiables para la comunicación y, desde ese instante, ¿Qué vida ésta, sin un lenguaje compartido que permita comprendernos? Porque no habrá consuelo si la fresca brisa que levantaban las palabras más queridas, las más respetables, se transforma en pestilente agobio cuando nos sobrevuelen a partir de las gargantas, de los labios de esos truhanes que, tras haberlas digerido, las regurgitan como cáscaras hueras que nos empobrecen.


    Con una justicia tardía y patrimonializada, ¿en qué se cimentará la convivencia? Tal vez leyeron hace unos meses que se estuvo en un tris de condenar a una joven madre por haber gastado alrededor de doscientos euros, procedentes de una tarjeta extraviada, en comida para sus hijos. Sin duda, no es la misma vara de medir ni el mismo celo con que se juzgan a los autores de decenas de millones también robados, ni tiene parangón con el exquisito cuidado que se pone al intervenir sobre unos linajes que dejan en entredicho esa pretendida justicia igual para todos. Y conste mi admiración por algunos profesionales de la utopía que quisiéramos encarnada: desde el juez Castro a Garzón. Pero si es cierto que el mundo está hecho de palabras, debiera progresar a expensas de las que han pervertido muchos de los que hoy tienen cancha –y no precisamente por su currículum; esos que las sueltan con olor a ventosidad porque las han envenenado hasta pudrirlas. Igualdad de oportunidades, insisten, aunque hayan seguido a Orwell (“Todos somos iguales, aunque haya algunos más iguales que otros”) y hecho a sus amigos o familiares más iguales que al resto. Y si la libertad se parece a la que pregonan, ya no valdrá la pena su reivindicación ni apostar por una democracia que nombran y utilizan para su interés, que no el de aquellos que la dotan de sentido.


    Recuperar el aroma de algunas palabras que han sido faros para alumbrar el siempre incierto porvenir, supone recordar lo que fueron y la dignidad que encerraban antes de ser transformadas en tapadera de sus desmanes. Necesitamos esas palabras, vírgenes de nuevo, en cada amanecer. Y por ello, para no caer en la definitiva amnesia de su pasado, el empleo taimado de las mismas, sea justicia, democracia, verdad, transparencia o libertad, debiera estar penado como si de una violación se tratara. Porque, con ellas mancilladas, el mundo está cambiando en otro tan repugnante y vidrioso como los propios autores del atropello. Por eso me atrevo a proponer que la constatación de su uso espurio sea contemplada en el Código Penal, y es que la libertad de expresión no se defendió durante tantos años para acabar en esto.
     

     

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