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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 01
    Marzo
    2014

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    Obamacare: tropiezos y zancadillas (II)

    Comentaba la semana pasada sobre objetivos y problemas de la reforma sanitaria impulsada por el actual presidente mediante una ley que suma, a las dificultades propias del inicial rodaje, los interesados palos en las ruedas por parte del partido republicano.


    Para empezar, la web federal, para el acceso a seguros online, ha tenido deficiencias durante las primeras semanas de su implantación. Más allá de cuestiones técnicas, tampoco se han cumplido las previsiones iniciales. Se esperaba que la obligatoriedad del seguro sanitario que contempla la Affordable Care Act (ACA), so pena de multa, incentivase a muchos jóvenes que, por su mejor salud y en consecuencia menor gasto, contribuirían a la viabilidad económica de una ampliación de cobertura para los más pobres (a través de Medicaid) o de mayor edad (Medicare). Sin embargo, los jóvenes podrían tener que pagar más que antes, dado que, con la nueva ley, cualquier seguro debe incluir prestaciones que antes no se contemplaban. En consecuencia, tal vez muchos de ellos opten por pagar la multa y retrasar la contratación de su póliza.

    Tampoco el avance hacia la universalidad de la cobertura parece factible siquiera a medio plazo, y la situación de los inmigrantes, sobre los 25 millones en EE UU, es el mejor ejemplo. La mitad, unos 12 millones, son ilegales y expresamente excluidos de los programas federales con excepción del “Emergence Medicaid” (atención urgente aunque, tras el alta, regresen a su inicial desamparo, sin que la actual ley modifique dicha desprotección, sólo aliviada por la visita médica voluntaria y compasiva). Por lo que respecta al ciudadano común, las prestaciones varían ampliamente a tenor de la póliza contratada y el lugar de residencia. Si en determinado Estado existen pocas compañías aseguradoras, la escasa competencia puede disparar los precios —lo que pone en solfa la equidad, aún utópica en ese país— y, en cualquiera de ellos, la extensión de la cobertura sigue dependiendo del bolsillo de cada quién. Dado que las compañías, para aumentar su margen de beneficio, se hacen con los proveedores de servicios más baratos, muchos asegurados —sobre todo quienes han suscrito la póliza cuando aún sanos— podrían encontrarse con la sorpresa de que, al enfermar, su proceso patológico no se incluya en la financiación contratada.


    La estructura sanitaria tampoco es homogénea y seguirá condicionando la calidad de las prestaciones, ya que existen diferencias sustanciales entre las áreas urbanas y rurales, éstas últimas con menores recursos (camas hospitalarias, médicos…), sin que se contemple necesariamente el traslado geográfico de quienes lo requiriesen. Y ello sin contar con que la implicación de Centros y profesionales es voluntaria. En cuanto a los primeros, determinado hospital puede ser excluido de la póliza por su elevado coste, o autoexcluirse por considerar insuficiente la contraprestación dineraria que ofrece una aseguradora. Otra eventualidad supondría que el hospital en cuestión acceda a ingresar los enfermos cubiertos por esa compañía, suponiendo que su alto número compensará la baja remuneración por cada paciente, aunque de ello pueda derivarse que no haya camas disponibles en un momento dado y, en consecuencia, el aumento de las listas de espera.


    Por lo que respecta a los médicos, especialistas o de atención primaria, los primeros podrían escasear en los próximos años; la demanda puede aumentar como resultado de la mayor cobertura que propicia la ACA, pero, en paralelo, algunos profesionales pueden rechazar ciertos seguros por la baja remuneración que obtienen (cuestión palmaria en cuanto a la atención primaria o prestaciones a través de Medicaid, poco rentables cuando, transcurridos dos años, los reembolsos dejen de equipararse por parte del Gobierno federal a los de Medicare), y ello sin olvidar que el soporte federal para la formación de especialistas permanece congelado desde 1997, al tiempo que se prevé, en los próximos años, un alud de jubilaciones (alrededor del 25% de los médicos en EE UU, según he podido leer, supera los sesenta años).

    Otras contingencias (evidencias, para los republicanos), apuntan a que la ACA pueda suponer un acicate para reducir la jornada laboral. Así, con un salario algo menor, quienes lo hiciesen se beneficiarían de las subvenciones federales. Bajo esa hipótesis calculan que ello equivaldría en 2017 a dos millones de trabajadores menos, lo cual, por supuesto, la Casa Blanca niega rotundamente, aunque no pueda hacerlo con los datos antes expuestos ni con unas nuevas pólizas que, cuantificadas sobre los siete millones para finales del año en curso, durante el mes de enero apenas han sobrepasado las cien mil. En resumen: un presente complicado que abre muchos interrogantes para el futuro. Incluido el del propio presidente Obama que ha hecho, de la Affordable Care Act, seña de identidad propia y, por extensión, de su partido.

     

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