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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 17
    Agosto
    2013

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    Nuestro verano es, a veces, su invierno

    La vejez no ha de ser plato de gusto, por más sabiduría y tolerancia que pueda aportar. Decía Cicerón que sólo es honorable cuando retiene sus derechos y mantiene su independencia, lo cual, a medida que se suman años, va transformándose en pura entelequia. También apuntaba la fallecida Susan Sontag, por seguir con otra cita, que los ancianos odian el cambio porque cualquier cambio suele ser a peor, y encima alguno, por lo menos el cambio estacional es, además de incontrolable, recurrente y puede afectar, cuando sucede, tanto o más que el deterioro físico.
    Este mes, y a poco que se pueda, la gran mayoría disfrutará de unos días de vacaciones, propicios a los desplazamientos. En tal caso y aunque sólo sea a la playa –ya no les digo si hay viaje de por medio-, los ancianos, a quienes se ha venido cuidando el resto del año, pasan a ser un obstáculo. Llevarlos consigo puede convertir el asueto en más de lo mismo aunque cambie el escenario, así que aumentará el número de los que queden solos, ingresados temporalmente en una institución e incluso en el hospital, donde las estancias de los viejos pueden prolongarse por circunstancias otras que las derivadas de sus dolencias, convirtiendo esa honorabilidad que mencionaba Cicerón, por lo menos durante el ferragosto, en un sueño imposible.

    No ignoro que existen casos, bastantes casos, en los que el cuidado de los mayores puede lastrar la juventud, e incluso la madurez de los descendientes, a extremos equiparables con las servidumbres de una madre respecto al recién nacido, y en ocasiones se diría que las dedicaciones recibidas hasta la mayoría de edad (o pasados los cuarenta, a veces) lo hubieran sido a título de préstamo que habrá de ser devuelto con intereses. Esto es lo que el otro día percibí en el rostro del hijo, unos sesenta años, cuando acudió a la consulta para informarme sobre el estado de su madre, ésta de noventa y tantos y con su cáncer en remisión completa desde antiguo. Está bien –me contó-; con los achaques de siempre, pero ha sido empezar el calor y tenerme con el alma en vilo cada dos por tres. Se me tira a la piscina, ¿sabe? Como tengo posibles, además de piscina hay una chica en casa que no le quita ojo, y si no se me ha ahogado ya es gracias a ella, porque desde junio, e igual el año pasado, no pasa semana en que no me llame al trabajo, sea por la mañana o entrada la tarde. “Señor: perdone, pero es que he tenido que sacarla otra vez”. Se tira vestida y con la excusa de un mareo o un tropezón, pero cuida de que la otra pueda oírla cuando pide auxilio, de modo que no quiere suicidarse sino llamar la atención. La mía. Y que vuelva a casa para mimarla.
    Vaya papeleta la del hijo único, que de no tener “posibles”, como ocurre en otros muchos casos, se habría visto obligado a ingresarla en cualquier establecimiento; unos excelentemente dispuestos y, alguno, un “tanatorio de vivos”, que así definió mi suegra el que visitó hace unas semanas, supongo que para verse con alguien albergado “en un cuerpo que ya no sirve, y esas lágrimas sosas y repentinas…”. Así escribe Onetti en “La vida breve”, y así puedo imaginar a muchos ancianos cuando la resignación no alcanza a hacer tabla rasa con sus sentimientos. Quizá algo de eso le suceda a esa madre, empujada a la piscina por una soledad que clama desde el agua por quien pueda ahuyentarla siquiera por un rato. El hijo, comprometido con sus quehaceres, se debate entre la obligación y una devoción que pronto podrían hacerse incompatibles; el nerviosismo lo acompaña en cuanto sale de casa, y la imagen de su madre braceando angustiada antes de hundirse cualquiera de estos días, es una pesadumbre que le quita el sueño. Pero, ¿y ella?
    Porque la vejez puede ser algo más que una batalla que damos por perdida. Es, demasiadas veces, el transcurrir de unos días exactamente iguales a los anteriores o, aún peor, mejores sin duda que los que seguirán. Es tal vez la desesperanza cuando no se dispone del adecuado soporte emocional y el cuerpo se empeña en acosar la vida restante con sus alfilerazos. Porque se puede morir en el último instante pero, como Céline apuntaba, otros empiezan a morir veinte años antes, y son esos, los que demandan un asidero de cariño a modo de conjuro que palie la agonía, a quienes quiero hoy dedicar estas líneas; esos/as a quienes el frío del invierno afecta menos que el calor veraniego cuando es heraldo del abandono.

    La muerte física, la definitiva extinción, suele ir precedida de otros aconteceres, algunos de los cuales dependen de nosotros: de los que fuimos en otro tiempo su alegría y su orgullo. En otro tiempo de vino y rosas. Los hay que no podremos hurtarnos a los remordimientos por la precoz ausencia cuando empezaron a necesitarnos, y es que destino y sentimientos pueden tomar caminos distintos. Algo parecido debe ocurrirle al hijo con piscina, aunque quizá en verano podrían bañarse a menudo juntos y echarse unas risas. Así le aconsejé y espero que funcione. En bien de ambos.

     

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