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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 10
    Noviembre
    2013

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    Noticias desvanecidas: otrs forma de alienacióm

    La mayoría sabemos que las noticias tienen fecha de caducidad. Sea por albergar a un tiempo principio y final, porque el segundo, el fin, pertenezca a un futuro lejano, por tratarse de cuestión menor o sencillamente por inscribirse en esa dinámica que lleva implícito el olvido (recuerden aquello de que, con la noticia de hoy, se envolverá mañana el pescado), mucho de cuanto nos cuentan desaparece tras la última línea. E incluso antes.
    Sin embargo, me refiero hoy a hechos o situaciones cuyo desenlace es imprescindible para una correcta evaluación. ¿Por qué esos silencios? ¿Porque otras cuestiones ofrecen más interés? Pero es que aludo a algunas que nos martillearon durante semanas, meses, al extremo de hacer votos por su conclusión, fuera cual fuese. ¿Tal vez porque han pasado a un prolongado limbo? Incluso así, y tras ser abrumados hasta la extenuación, mereceríamos siquiera un apunte, una referencia que no llega, y me resisto a creer que todo obedezca a la solidaridad compasiva hacia nosotros (sin olvido no hay modo de vivir, decía Nietzsche) o sea la prudencia, siguiendo a Wittgenstein (“De lo que no podemos hablar, debemos pasar por alto en silencio”), lo que explique ese dejarnos con la miel o la hiel en suspenso.


    ¿Qué fue del dinero recaudado en aquellos pocos meses de la Ecotasa? ¿Cuánto y dónde fue a parar? Y es que, tras varios años, no cabe la ignorancia. O, por poner otro ejemplo: ¿Algún político condenado ha devuelto el importe del robo, más allá de las incautaciones judiciales? ¿Quiénes y qué montante? Si bien, en ocasiones, las noticias pueden hincharse o falsearse a conveniencia por aquello de vender más que un niño muerda al perro y no a la inversa (no olvidemos que Randolph Hearst, el propietario del New York Journal, promovió la guerra de Cuba para sanear su negocio), otras veces ocurre que fue efectivamente el niño quien mordió, así se apellide Carromero, ya que ha salido Cuba a colación. Por cierto: ¿Cómo le irá? ¿Sigue arguyendo que el accidente fue un complot, mientras cobra por una actividad de la que también quisiéramos detalles?


    Los fallecimientos de quienes fueron noticia no debieran terminar necesariamente con ella (¿Qué tipo de cáncer acabó con Chávez? Si es que padeció alguno), y tampoco la enfermedad avanzada: ¿qué ha sido del etarra Bolinaga y los intentos por volverle a la cárcel? O, por seguir con el devenir de algunos, ¿Cómo pasa los meses Assange? Y en el caso de Blesa, en libertad a los dos días, a diferencia del anterior, la mayoría ignoramos si se sigue investigando su presunta culpabilidad o ésta ha sido transferida a Elpidio Silva, el juez que lo envió a prisión. Son, en suma, demasiados interrogantes, así que los mal informados —casi todos— nos preguntamos si acaso nos querrán al tanto o amnésicos según convenga al poder, político o fáctico. Pero ya me contarán cómo mejorar experiencia y educación (cuestión esta última que tanto preocupa a la Derecha, aquí y en Madrid) cuando sólo se nos facilita, de los problemas, el enunciado. Y si nos referimos a acontecimientos de allende los mares —overseas, que tal vez digan nuestros estudiantes una vez pasados por el TIL—, tampoco sabemos muy bien por qué se ha corrido un velo sobre la piratería en el Índico ni si la amenaza de Corea del Norte habrá sido finalmente conjurada y, en ese caso, cómo y por quién.


    ¿Más acá? Pues se me ocurre que los bloques lanzados a las aguas del Peñón quizá se hayan disuelto. Y extinguido las vacas locas, que menuda pejiguera en su día. También me gustaría que alguien preguntase a Montoro si acaso mantendrá su dictamen sobre la evolución salarial cuando finalmente se apruebe la Ley de Semitransparencia; a Rouco en qué medida comparte las declaraciones de su jefe de filas, a Kovacs por el secreto de sus millonarias subvenciones públicas y, por no pasar de un plumazo sobre Sanidad y Educación, ¿en qué habrá quedado el copago hospitalario por parte de los enfermos crónicos ingresados? ¿Y con la libre elección de Centro educativo y a continuación de la lengua? Pero por pedir que no quede: ¿cuál ha sido el pacto que mantiene a los Controladores aéreos pendientes de su trabajo? Y, llevados de la curiosidad, ¿por qué se sigue llamando Duque de Palma a un presunto chorizo? Si en su día no le apearon el tratamiento como se había planeado, ¿quién fue el instigador?


    Son demasiadas lagunas, y me da que no es por cuestión de supervivencia de especie (“Sobrevivir sólo es posible desde el olvido”), por no mentar a la bicha (Si algo ha pasado, puede volver a suceder, profetizaba Primo Levi tras pasarlas canutas) o para brindarnos la posibilidad de encarar el futuro sin lastres innecesarios. Más bien sospecho que al futuro se la traemos al fresco. Y, lo que es aún más preocupante, también al presente y sus gestores. Basta con percatarse, más allá de las noticias desvanecidas, del manejo a que nos someten. Tontos útiles. O informados a trompicones, que viene a ser lo mismo.

     

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