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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 16
    Noviembre
    2013

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    Mi Amazonia, amenazada

    Soy consciente de titular la columna con un trabalenguas parecido a ése de “Pablito clavaba un clavito” con el que divierto a mis nietos. Sin embargo, no se me ocurre otro que explique mejor lo que sentí tras leer, hace unas semanas, que el Presidente de Ecuador, Rafael Correa, había decidido autorizar la explotación petrolífera en el Parque de Yasuní -un territorio selvático declarado en 1989 Reserva de la Biosfera por la ONU-, tras haber solicitado sin éxito que la comunidad internacional compensara económicamente la preservación de la zona.
    Llueve sobre mojado, y el nuevo atentado sólo hace que devolverme al que fue mi sueño desde la adolescencia. Unos 14 años tendría cuando me hice el firme propósito de viajar a la Amazonia, para quedarme allí, en cuanto pudiese. Dediqué las tardes de muchos años a leer cuanto podía, rastreaba las bibliotecas y pedía, como regalo, libros sobre la expedición de Lope de Aguirre o el periplo de Fawcett por el Mato Grosso. Aún conservo unas decenas de ellos, anotaba por orden alfabético la información sobre flora, fauna y tribus que suponía pudiera serme de ayuda cuando llegase el día, y si en el Instituto terminé por congeniar con mi esquivo profesor de literatura fue porque éste, conocedor al fin de una obsesión la mía que debía transparentar, consiguió que me prestara a dar una charla a mis condiscípulos, la primera de mi vida en público, sobre aquel río que es el más largo del mundo, sus bosques y las costumbres de algunas tribus.

    Con mi hermano, y acabadas nuestras respectivas carreras, nos fuimos allá, por encima de cualquier obstáculo y con la intención de montar un dispensario. Hubimos de dejar a nuestras respectivas esposas hasta que dispusiéramos de una cabaña en la que vivir, hacernos misioneros seglares pese a una ideología que casaba mal con las devociones o la convivencia con los religiosos que nos acogieron y de quienes huíamos a la menor ocasión para beber unos piscos… Problemas familiares nos obligaron a volver precipitadamente y en el Perú quedaron, sin metáfora alguna, armas y bagajes que nunca recuperamos. Años después, volví a Puerto Maldonado, el destino de antaño junto al río Madre de Dios, y pude comprobar que nuestra quimera se deterioraba a ojos vistas por mor de las sierras de los madereros y las dragas con que se extrae el oro. Los únicos paraísos son los perdidos, afirmaba Proust, y la Amazonia, nuestra Amazonia, es un desgraciado ejemplo.


    Aquellos bosques –suponen un 10% de los que existen en todo el planeta- están en franco retroceso por la deforestación para uso ganadero de las tierras (80%) o agrícola (20%) en pos del biodiesel. El 20% de unas selvas que albergan el 70% de las especies terrestres, animales y vegetales, ya han sido taladas en Brasil; en Perú la degradación supera el 50%, y la noticia sobre el petróleo ecuatoriano hace más plausible si cabe el augurio de una disminución global de la selva amazónica en un 40% hacia 2050. De continuar el predominio del consenso productivista por sobre el ambientalista, la Amazonia podría haber desaparecido cuando finalice el siglo. Se expulsa de sus tierras ancestrales a los nativos, cuando no se les asesina para cortar la madera y convertir su hábitat en plantaciones de caña de azúcar, y ello pese a la declaración de la ONU, firmada por Brasil en 2007 (sus Estados de Pará y Mato Grosso se cuentan entre los más castigados), sobre los derechos de los pueblos indígenas. En cuanto a Perú, pierde cada año más de 150.000 hectáreas de arbolado.


    He presenciado, junto al Madre de Dios o el cercano Inambari, cómo se extrae la grava aurífera de los lechos fluviales en un proceso que contamina irreversiblemente la zona: el mercurio utilizado para amalgamar el oro (el 10% del oro peruano procede de ahí, unos 18.000 kilos/año, y se precisan casi 3 kilos de mercurio por uno de oro) termina vertido a las aguas y acumulado en animales y plantas. Se calcula que en los últimos veinte años se han arrojado a los ríos unas 3000 toneladas de mercurio, la mayor parte procedente de la “minería artesanal”, sin regulación legal alguna.

    Durante mi estancia, el éxtasis del reencuentro con los escenarios imaginados en mi juventud no pudo hurtarse a las ráfagas de tristeza que me agitaban. Tal vez el mercurio, en el aire y las aguas, termine pronto con los caimanes cuyos ojos, en la noche, brillaban como ascuas a la luz de la linterna. Y desaparezca para siempre el silbo del Pija gritón, un pájaro que delata la presencia de cualquier ser vivo bajo la oscura bóveda del follaje. Quizá sea imposible volver a zambullirse en afluentes recónditos, el río Briolo o el Piedras, poblados de pirañas, y la Cocha perdida, un pantanal que es todavía refugio de la anaconda, se convierta a no tardar en emplazamiento de una central hidroeléctrica. Si ello sucediera, será una catástrofe para el mundo. Y a mí me habrán herido, sin remisión, el alma.

     

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