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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 08
    Agosto
    2014

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    Más sobre Mas y Rajoy o viceversaS SOBRE MAS Y RAJOY O VICEVERSA

    La reunión del miércoles, apuntaba la pasada semana, inducía a suponer una sucesión de monólogos alternados sin resultados constatables y que no modificarían los apriorismos. Tras conocer lo tratado —hasta donde nos dejan; ni siquiera rueda de prensa conjunta— ha resultado más de lo mismo: la consulta no va a celebrarse según Rajoy, pero el plan, “la fase actual”, continúa para Mas, aunque nada está cerrado (porque no hay otro remedio, dado que ninguno está en condiciones de decidir por sí mismo) y, como en las series televisivas, continuará.
    Era sabido, dados los antecedentes, que únicamente se tomarían en consideración las preguntas que los contendientes (para desgracia de todos, pueden llamarse así) fueran capaces de contestar sin desviar la mirada como hicieron al saludarse, y me temo que se redujeron a no más de un par por cada lado. No obstante, sólo reconociendo la subjetividad que subyace en cada postura podría, a mi juicio, lograrse algún avance que justificara un tiempo que, en otro caso, se empleará en afianzar las respectivas posiciones e inmunizarlas frente a cualquier alternativa. Muy en la línea de aquella conclusión de Durruti durante la Guerra Civil: “No queda más remedio que morir en Madrid”. Capitales aparte —será Madrid o Barcelona, a tenor de los respectivos numantinismos—, ¿no queda más remedio? Porque ahí está el quid.

    La patria, catalana o española, y un sentimiento de pertenencia que es sobre todo acto de fe, ¿supone por definición la singularidad, o es posible su coexistencia en un Estado plurinacional? Si al decir de Montaigne estamos todos hechos de retazos, quizá muchos ciudadanos, sea cual fuere su posición inicial, estarían dispuestos a dejar blancos o negros y refundar la propia identidad con base en abanicos menos simplistas que los manejados. Ni la soberanía planteada a la contra y para poner un punto y final a agravios que sin duda admiten matices, ni la defensa de una unidad de destino por sobre diferencias que piden explícito reconocimiento, abonan adecuadamente el terreno para un debate que debiera ser algo más que pantomima. Artur Mas se halla inmerso en un berenjenal de difícil salida, con ayuda de Pujol. En el símil sanitario que traje a colación hace unos días, está preso en una cárcel de cristal desde la que puede contemplar cómo sus iniciales apuestas han terminado por dibujar un escenario sobre el que cada vez ejerce menor control, al punto de que, en el supuesto de que intentara un viraje, tal vez constataría que no se le escucha y el timón obedece ahora a otras manos.
    Podría muy bien hacer suyas las palabras de sor Juana Inés de la Cruz: “Tengo el alma en confusión: / una, esclava a la pasión, / y otra, a la razón medida”. En cuanto a su interlocutor para lo que queda de legislatura, Mariano Rajoy, y a diferencia del anterior, no parece haber experimentado cambio alguno en sus concepciones ni parece que la relativización pueda hacerles mella, de modo que, por ser equitativo en el reparto de citas a las que adscribirlos, se me ocurre que Kierkegaard podría hacer justicia a su idea de unas fronteras que defenderá con esa fe que “comienza donde el pensamiento se detiene”. En semejante tesitura, de nuevo la comparación con la medicina y, cuanto haya de intoxicación ideológica, por una y otra parte, debería ser adecuadamente purgado, aunque la evacuación se nos ocultara por aquello de preservar la imagen de hombres de Estado. Y nuestro olfato. A partir de ahí, los desencuentros nacionales están pidiendo a gritos una aproximación sin tregua; porque el tiempo apremia y, sea a partir del nueve de noviembre o de un referéndum consultivo en el marco de elecciones catalanas anticipadas, el deseable consenso podría hacerse imposible.
    Así pues, diálogo. Pero continuado (también en agosto y sin testigos, si así lo prefieren) para progresar en el diseño de una solución que pudiera aceptarse por ambas partes. Renunciando a clichés —no todo nacionalismo es un mal, aunque ello suponga contradecir a Popper; ni el catalán ni el del resto de españoles partidarios de otra opción—; asumiendo que no existen los milagros, que los conflictos demandan voluntad de solución por quienes están legitimados para negociar y que la responsabilidad, cuando enquistados, no suele ser nunca unidireccional.

    Reconocer las contradicciones, desmenuzar en detalles las diferencias y evitar etiquetados facilones o el sometimiento a las creencias, siempre por fuera de la razón, serían otras tantas herramientas para que llegara a atisbarse como factible una tercera vía, si puede llamarse así, que pudiera satisfacer buena parte de las expectativas acordadas. Es, ni más ni menos, lo que estamos esperando muchos frente a un caso grave y, en la situación política actual, poco importa a quién se adscriba el papel de sanador: Mas o Rajoy. Personalmente me decantaría por un camino entre los varios posibles, aunque poco importe llegados aquí. La situación actual está pidiendo urgentemente un pacto. Por mutua conveniencia. Y cualquier otra opción dolerá más.

     

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