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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 10
    Febrero
    2013

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    Los polígonos industriales al anochecer

    Deambular por cualquiera de ellos, quizá por despiste, supone una experiencia diría que inolvidable por lo que tiene de inmersión en una soledad que termina por hacerle un guiño a la propia. Es el confín de la vida que conocemos, los límites de la ciudad, aunque estén parasitando su interior. Parajes ominosos en los que el tiempo parece detenido y donde, en palabras de Juan Rulfo, ya no hay quien le ladre al silencio.
     
    Ningún otro escenario de oscuridades se le parece. Los de mi infancia, asomado a los montes desde la plaza de un pueblo pirenaico, poseían esa brumosa grandeza que dispara la imaginación hacia el ensueño y la aventura; después, en la adolescencia, recuerdo los barrios periféricos que paradójicamente llamaban “El mundo mejor” y donde se hacinaban inmigrantes y otros desheredados. Sólo contemplábamos sus calles desde lejos porque el peligro, nos decían, acechaba a la vuelta de cualquier esquina. Nada parecido tampoco a los polígonos de hoy, iguales a sí mismos con independencia del meridiano y en los que se respira una amenaza que apunta al espíritu de quien los transita cuando el día se ha ido; cuando únicamente queda la penumbra vacía en las avenidas o unos callejones sin salida que adensan las sombras.
     
    Cualquiera que sea, la misma estética desolada; iguales edificios que se dirían de cartón piedra y protegidos de la nada mediante rejas y vallas oxidadas. Rectángulos grises, cubos especulares y, de alzar la vista, el borde de los enormes cajones que a veces mudan en hirientes dientes de sierra dispuestos a cortar el cielo. Aquí y allá, algún árbol raquítico o una farola sin propósito, aunque permita entrever esas moles retrocedidas para aumentar la amplitud de unas aceras también sin objetivo. No se trata de que cualquier ciudad esté plantada en el desierto como sugería Galdós respecto a Madrid, sino que es el desierto, urbanizado sin amor y como si quisiera remedar la mano del hombre, el que cerca hoy nuestro entorno para aproximarnos, cuando enfrentados a él, al desasosiego y la tristeza. Sensaciones que, si acaso pueden en ocasiones solaparse, precisan del estado de ánimo que propician esos callados vestigios de la sociedad de consumo, testigos mudos, que así parecen cuando la noche y el abandono los perfilan.
     
    Nadie ni nada más. Ni siquiera, entre semana, las transgresiones que según dicen tienen ahí lugar y que cuando menos aliviarían la quietud de una tumba. Ni rallies clandestinos ni comercio ilegal. Se dirían sótanos emergidos del subsuelo, tripas al aire o la trastienda de nuestras máscaras sociales. Todos se han ido y estos son los testigos de nuestras vanidades, sus rastros, y el de los esfuerzos diurnos cuyo incierto final subraya el abandono. Entonces, el ánimo en suspenso y los versos de Quasimodo: “Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / y de pronto anochece”.
    En mi periplo por el vasto y desierto paisaje, me asaltaron pensamientos encontrados y, desde luego, ninguno, por entre ventanucos, techos de uralita o muros sin pintar, propendía al entusiasmo. Bastantes ciudades empiezan bien —escribía Muñoz Molina en una ocasión—, pero casi todas acaban mal: de cualquier manera. Esa noche hubiese dicho más bien que llevan en sí el anuncio de lo que podría ser su futuro e, inmediatamente, la crisis actual se metaforizó en aquel teatro de producción varada y operarios ausentes. A escala más íntima, ni siquiera Pitágoras consiguió insuflarme un soplo de esperanza. “Huye de los caminos concurridos y ve por los senderos”, aconsejaba, pero los que se abrían frente a mí no eran veredas para el recreo o la meditación, sino atalayas desde las que atisbar un anticipo de cualquier final: el propio y el de los tiempos. Sin duda que un polígono a esas horas da para la introspección, aunque no se lo recomendaría a un depresivo ni puedo imaginar peor condena que la de vagar eternamente por él. Porque no hay posibilidad alguna de encontrar lo nuevo, sino más de lo mismo sin remisión: el desamparo y, por extensión, el de quien lo recorre por entre las mortecinas luces que subrayan la hostilidad del lugar.
     
    Y, tras el paseo, ¿alguna sugerencia en positivo? Pues veamos: si la existencia de los polígonos es inevitable, podrían aprovecharse para mermar la desazón que producen, siquiera algunos días, convirtiéndolos en lugar de carreras, exhibición de moteros u otros eventos de parecido jaez, evitando de este modo cortes de tráfico y molestias al vecindario. Otrosí: no lo visiten solos; háganse acompañar de cualquier responsable político si ello fuera posible, de un banquero… Por ver si del espanto se derivase algún cambio en su visión del mundo y, en consecuencia, de sus prácticas. No se me ocurre mejor entorno, visto que las palabras sirven de poco, y es que un polígono, en mi experiencia, llega al corazón de cualquier mortal. Quizá para bien y siempre que lo tenga, claro está.

     

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