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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 29
    Marzo
    2014

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    Los flecos del castigo

    Profano en temas legales, lo que sigue no va más allá de la impresión que puede tener el observador respecto a determinados delitos y sus condenas. No puedo hurtarme a la sensación de que tal vez, y siquiera en algunos casos, la pena impuesta rebasa el estricto marco del Código Penal y sumará unos efectos colaterales imprevistos, injustos para el reo y, lo que es más lamentable, para su entorno próximo.


    La Justicia debiera ser una virtud exacta; como las matemáticas y sin embargo, el castigo sobrepasa en ocasiones la voluntad del juez, transforma al delincuente en víctima y hace de rabiosa actualidad, se trate de multa o reclusión entre rejas, la pregunta de Sócrates a Fedro: “¿medicina o veneno?”. Desde esta perspectiva, la aplicación de la ley no estaría sólo atascada o a veces patrimonializada por quienes sabemos sino que, además, podría cobrar tintes de venganza. Ese no es el camino como tampoco el perdón, afirmaba el recientemente fallecido Juan Gelman y, en los últimos tiempos —una vez superada la inicial repulsa indignada frente a ciertos casos—, sintonizo con su opinión tras conocer en vivo los efectos del fallo judicial en algunos. Desde ahí, me atrevo a inferir lo que pueda suceder a otros encausados o ya sancionados.

    Pero querría que se me entendiera bien porque, sin duda, no todas las culpas habrán de juzgarse bajo iguales premisas, al igual que hay indultos que incorporarán un marchamo de lucidez a la decisión (ya me contarán respecto a la peripecia del juez Garzón, cuya condonación se ha visto rechazada —y la negativa desprende ese aroma de venganza que citaba— por no haber explicitado, dicen, su arrepentimiento. ¿De qué? ¿En qué forma?) mientras que, para otros, la indulgencia podría obedecer a motivos inconfesables. Tampoco estoy abogando por la tolerancia. Para algunos culpables (pederastia y violaciones, terrorismo…) sería pertinente contar con las suficientes garantías de rehabilitación antes de que vuelvan a campar a su aire y, en determinadas infracciones, la devolución de lo robado —expropiación mediante, si es necesario— debiera ser objetivo prioritario junto a la futura inhabilitación. Pero no se me quita de la cabeza ese baldón que teñirá el futuro del afectado cuando ya cumplida la pena impuesta, la humillación de unos familiares señalados con el dedo —quizá sin otra vinculación más allá del parentesco— o una autoestima por los suelos tras haber pagado el error; un ego laminado y que tal vez no estuvo en el ánimo del juez imponer.


    Creo que, frente a ciertas situaciones, Elías Canetti estaba en lo cierto. “¡Cuántas injusticias cometemos, para ser justos una vez!”. Y es que la punición puede traspasar esa línea que marca la proporcionalidad cuando la condenada, ya en prisión, deba deambular esposada, junto a la policía, por los pasillos de una clínica si precisa de asistencia. ¡Ni que se temiera un conato de huída! O que el imputado/a, antes de certificarse la presunta culpabilidad, pueda ser objeto de escarnio público y mediático. En ocasiones y más que justicia, se antoja represalia, a veces anticipada y que, encima, seguirá presente cuando se haya saldado la deuda con la ley. Y no apoyaré mi argumentación en la frase de Camus: “Todo hombre inteligente sueña con ser un gangster”. Puede ser exageración, pero muchos contamos en nuestro debe con ilegalidades, trampillas y granujadas (IVA impagados, facturas en negro…) que, cuando menos, debieran inducir a simultanear la opinión sobre delitos ajenos con una mirada a los propios comportamientos.


    El caso es que, muchas veces, el delincuente, máxime si es persona conocida y de cierta relevancia, habrá de purgar, quizá de por vida, él y sus familiares, una trasgresión que no se archiva socialmente tras el escarmiento, lo cual se me figura, por más repudio que nos merezca, esencialmente injusto. El infractor sufrirá unas consecuencias que las leyes no amparan, su dignidad y la de los suyos estará definitivamente desmantelada y no habrá asidero que le permita recobrar la normalidad. Se terminó la posibilidad de mirar de frente, el sueño plácido o las respuestas cuando tal vez los hijos pregunten por qué les dicen eso los amigos del colegio. Y si como dijo alguien, ser es ser percibido, dicha percepción, hasta la muerte, le impedirá volver a ser. Porque la absolución no existirá. Siquiera para algunos.

    Aunque lo más preocupante es que no alcanzo a vislumbrar, ni creo que nadie lo haya conseguido, solución a todo lo anterior. Incluso, a fuer de sincero, he de confesar que, para según quién, me parece un purgatorio merecido. Pero que el rechazo social no contemple la posibilidad de un arrepentimiento sincero que pueda restituir la dignidad al afectado, es difícilmente asumible desde la razón, y si sólo existe el olvido como remedio, largo me lo fías. Quienes se hallen en situaciones como las descritas habrán de aguantarse, aunque siga pensando que es un triste futuro y, para algunos —bastaría con uno solo para apoyar el alegato—, inmerecido.

     

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