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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 24
    Mayo
    2014

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    Los divorcios, en aumento

    Los divorcios ocurren por múltiples razones: hastío por una rutina sin horizonte, descubrir en la pareja una faceta intolerable y que había pasado inadvertida, expectativas frustradas o, entre otras muchas, una pasión alternativa que arrastra sin remisión… En cualquier caso, la decisión suele ser unilateral, el consenso es más bien la excepción, y los ocasionales intentos por compatibilizar las alternativas (la bigamia por ejemplo, esa forma patológica de adulterio según Millás) suelen terminar mal.


    Sea como fuere y por regla general, viene precedido por alguna forma de engaño. Siquiera porque no se satisficieron las ilusiones de uno de ellos. Tampoco la separación afecta a ambos por igual, sino que sufre más quien se ve forzado, arrastrado hacia ese “basta” ajeno a sus iniciales previsiones y que pondrá un punto final a lo que parecía duradero: eterno mientras persistió la atracción mutua. Pues bien: en las actuales circunstancias de precariedad económica y tanta mentira con los pies de barro, los divorcios crecen y hoy quizá se divorciasen hasta Adán y Eva; hasta Eloísa de Abelardo o viceversa. Y si lo dudan, tomen buena nota de lo que viene sucediendo.

    Nos hemos divorciado de la clase política y ya no hay quien se crea sus protestas de que todo va a cambiar para bien o que su fidelidad a los principios democráticos —aquellos que hicieron que entrelazásemos nuestras manos con las suyas tras el fin del franquismo, al tiempo que nos mirábamos a los ojos— permanece incólume por sobre latrocinios y corruptelas sin cuento. “Me separé de ti porque me estabas matando con tu cabeza de genio”, explicaba la mujer a su pareja en un relato de la brasileña Clarice Lispector; obviamente, y en nuestro caso, por sus cabezas de chorlito cuando no de algo mucho peor. Pero no son los únicos divorcios colectivos que han arrumbado con aquellas promesas de juntos en la salud y en la enfermedad, y baste con percatarse de lo que puede ocurrir si caemos enfermos y pasamos a engrosar cualquier lista de espera. Hay divorcios entre unos partidos incapaces de consensuar siquiera lo imprescindible y dedicados a echarse en cara sus deslices y engañifas, ciertas o menos, en lugar de ocuparse en procurar techo y comida a quienes dependen de ellos. Divorcio entre los ciudadanos y una democracia patrimonializada por una pandilla para su propio beneficio, divorcio entre la transparencia que pregonan y los hechos, entre la verdad y su discurso…


    Cierto que, a fuer de ingenuos, en los inicios de nuestra relación llegamos a creer que podríamos controlarlos o, si mas no, enderezarlos si acaso se torcían. Pero ya me dirán: engañados como doctrinos cuando llegan a casa a las tantas y nos cuentan que estuvieron en sus despachos. ¿Trabajando? Seguramente manipulando los ERE, maquinando cómo sisarnos de la cuenta corriente o pillando sus sobres con el sobresueldo (que por eso lo segundo se llama así). Divorcio entre la macro y la microeconomía que es como mantener la casa de lenocinio para su exclusivo disfrute y no dar a unos cuantos millones siquiera para un plato de lentejas; entre la justicia y la equidad, o entre los intereses de los menos, aunque me repita y por decirlo en corto, y las necesidades de los más. Sin remordimiento alguno porque son divorcios, en lo que a ellos respecta, a título de inventario y, de protestar, nos contestan que el vínculo es sagrado o que, más allá de sus oscuras componendas, el diluvio.


    Ya saben que durante la dictadura, la que propició estas uniones que están resultando rana, cuando la relación era adúltera solía castigarse sólo a una de las partes, ¿verdad? Pues seguimos igual, porque ya me contarán, si acaso consiguiéramos echarlos de casa, lo mal que lo iban a pasar con las sustanciosas retribuciones en la industria privada, como asesores o lo que se tercie, tras haber hecho ya su agosto. O esas pensiones de por vida, tras simular unos años de plena dedicación, sin nada que ver con la cuantía de las nuestras. Por contra, y de ser nosotros quienes tomáramos el portante, ¿adónde nos vamos? En todo caso, hoy es día de elecciones, que es algo muy parecido a pasar por el juzgado para denunciar el maltrato y buscar la solución. Quizá obremos por impulso, hartos de soportarlos, y habríamos hecho mejor acudiendo primero a un consultorio matrimonial que nos ayudara a poner orden entre tanta recriminación mezclada con el hastío. Pero de perdidos al río y la urna cumplirá hoy funciones de juez, así que a ver cómo nos explicamos, voto mediante. Y como pensar en una democracia participativa más allá de la papeleta es, en estos tiempos, pura entelequia, es de momento lo único que tenemos para mandar a algunos al descansillo. Aunque sea con las maletas repletas de pertenencias ajenas.

    Toda la carne en el asador, de forma que cuidadín. No fuera a ser que mañana continúe todo igual y, encima, nos miren con sorna pensando que, más allá de unas reprobaciones coyunturales, seguimos enamorados y enamoradas.

     

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