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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 24
    Agosto
    2014

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    La violencia de género, cronificada

    Todos ustedes saben que el sexismo y consiguiente discriminación de la mujer hunde sus raíces en la noche de los tiempos. Las mujeres no tienen alma (Aristóteles) y no deben andar sueltas (Creonte). Gracias a Dios por no hacerme mujer, rezan los judíos y, en cuanto a cristianos o musulmanes, para qué hablar: creencias que en los últimos inspiran una ablación femenina en Irak que quieren convertir en ley. Repugnante y sórdida tanto la norma como el encogerse de hombros de unos organismos internacionales que a buen seguro propondrían medidas drásticas si en vez de clítoris fuese petróleo lo que estuviera en juego.


    A propósito de una violencia de género que también sigue presente en occidente merced a esa compleja red de supeditaciones que exponía Gramsci en su día, no parece superfluo revisar el estado de la cuestión en este mundo nuestro —el primero, lo llaman algunos— donde libertad e igualdad, derechos fundamentales, no han modificado unas modalidades delictivas ampliamente extendidas y, por extensión, un problema de salud pública que hasta el presente adolece de un enfoque pluridisciplinar para la prevención y el tratamiento a corto y largo plazo.

    En España, y a pesar de haberse establecido medidas al respecto (ley orgánica de diciembre 2004, contra la violencia de género), la mortalidad femenina por ese motivo no ha disminuido significativamente (entre seis y ocho asesinatos al mes) en los últimos diez años (3 en Mallorca hasta julio), y la detección de la violencia en cualquiera de sus formas, que hasta hace poco parecía posible en más de la mitad de los casos a través de los Centros de Atención Primaria, se ve últimamente dificultada por los recortes sanitarios. Por lo demás y como también conocen, la violencia de género comprende un amplio abanico de actitudes y comportamientos lesivos para la integridad y dignidad femenina que, en ausencia de secuelas físicas, son en demasiadas ocasiones pasados por alto —bien por no mediar denuncia, bien por no derivarse de la misma cambio sustancial alguno en la vulnerabilidad de la afectada— y sin repercusión alguna para el agresor. Es esa “delincuencia invisible” la que está falta, por lo mismo, de una cuantificación rigurosa que permitiese redimensionar recursos y protocolos sociosanitarios. En esa línea, es ilustrativo el estudio publicado en el Journal of the American Medical Association (número 306, páginas 513 a 521) sobre la incidencia de la violencia de género, a partir del análisis de un amplio colectivo. Y no parece improcedente suponer que los datos en nuestro medio puedan ser similares.


    A tenor de los datos americanos sobre una muestra de 1218 mujeres, más del 27% ha sufrido algún tipo de violencia de género. En un 8% existió violación, asalto sexual en 14% e intimidación y amenazas en el 7,8%, porcentaje este último que se eleva en otro estudio a más del 20%. A partir de esas situaciones, muchas veces silenciadas por las víctimas por temor a ulteriores represalias, se objetivaron consecuencias graves para la salud. Y no sólo físicas. La abyección que tiñe los comportamientos del agresor, induce en las agredidas sentimientos de autocompasión, pérdida de autoestima y otros graves desórdenes mentales (57,3%), ansiedad (38,5%), estrés postraumático y cambios de carácter en un 30,7%. Se conoce asimismo que el 75% de los ansiolíticos son consumidos por la población femenina en su conjunto y, dependiendo del número de asaltos sexuales y reiteración de la violencia de género, los intentos de suicidio (1,6% en el grupo control) aumentan hasta el 6,6% o 28% en casos de atropello continuado.


    Las cifras expuestas pueden seguramente extrapolarse a nuestro país y permiten considerar a la violencia de género responsable de un problema sanitario que trasciende las lesiones físicas —incluido el eventual fallecimiento— y que, por lo mismo, clama por una mayor y mejor programación multidimensional —prevención y evaluación de factores de riesgo, educación ciudadana, medidas jurídicas, asistencia psicológica y económica si procede…— que sea evaluada periódicamente en su efectividad. Porque si bien es cierto, según he podido saber, que existen intervenciones específicas en el ámbito penitenciario, se echa en falta la oportuna adecuación de los recursos sanitarios para unas necesidades que a fecha de hoy no parecen estar lo objetivadas que debieran.

    A finales de julio leí, en este mismo periódico, que se planea poner en marcha una campaña contra la violencia de género en los centros de salud de nuestra comunidad. A mi juicio una excelente idea aunque, en paralelo, sería preciso disponer de un diseño que permitiese evaluar la efectividad del esfuerzo: datos previos al inicio de dicha campaña y previsión de un análisis ulterior que haga posible, en un tiempo por determinar, la cuantificación de la deseable mejora en ese ámbito. De no ser así, se corre el riesgo de seguir en las mismas; en unos datos que, si bien escasos, abonan la intuición de que estamos anclados en unas cifras, en unas prácticas, que tienen mucho que ver con la concepción que sobre los géneros mantenían los antiguos griegos.

     

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