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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 20
    Julio
    2014

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    La prensa en papel tiene valor añadido

    No se trata —por lo menos no sólo— de que quienes peinamos canas seamos reacios a adoptar nuevos modos. También juega la experiencia cuando algunos nos atrevemos a afirmar, aún a riesgo de que se nos mire con suspicacia, que a los periódicos en papel les queda mucha vida por delante.


    Su compañía mañanera, junto a una primera taza de café, no tiene parangón, y déjense de la radio como alternativa —no puede adaptarse al ritmo de los sorbos ni pausarse al compás de las aún adormiladas ensoñaciones—. O la tan elogiada tablet, incapaz de despertar voluptuosidad alguna en su rigidez mineral. La prensa en papel es también efímera como todo lo que viene de manos mortales y no obstante, por su polivalencia, más allá de las noticias, se sitúa en la categoría de lo cuasi imprescindible. Cierto es que el contenido dejará mañana de interesar y lleva en el tuétano la maldición del olvido, pero es el continente, el crujiente soporte, lo que insufla a la prensa el tradicional valor añadido, como se estila decir hoy. Tanto es así que, cuando obsoleta la información, se sigue guardando para recurrir a ella, a la bendita prensa escrita, en las situaciones más dispares.

    Cuando el río arreciaba los había que, a falta de mejor recurso, iban forrados de periódicos bajo la camisa, y como ustedes saben, unas bolas con sus páginas, de igual si éstas tratan de Bolsa o consignan ecos de sociedad, son el mejor recurso para encender la chimenea. Y al llegar el verano, cualquiera por estos pagos conoce que las sobrasadas claman por la prensa: bien sea para envolverlas si en la nevera, bien extendida bajo los embutidos, para recoger el goteo, cuando colgadas en el rebost. Muchos de nuestros hijos han optado por la prensa digital y, sin embargo, es de ver, cuando van a casa de sus padres, el apremio con que preguntan por una bolsa con periódicos para llevarse a la suya. ¿Que los habéis empleado todos? Haced el favor de guardarme unos cuantos —suplicarán—, porque los necesito sin falta. ¿Para qué? La pregunta es superflua, y si en algo estamos todos de acuerdo, jóvenes y menos, es en que el progresivo adelgazamiento de muchos diarios, fruto colateral de la crisis, produce en nosotros una creciente zozobra que lleva a custodiarlos como los auténticos tesoros que son.


    Las hojas cubren necesidades específicas y otras comunes a cualquier hijo de vecino. Entre las primeras, los artistas de pincel saben de su utilidad y, en caso de tener perro, no es necesario pormenorizar. Hay quien guarda el sudoku para cualquier rato perdido, y las botas, al regreso de cualquier excursión, piden el papel a gritos como relleno contra la humedad. Sin embargo, es en la cotidianidad del hogar, como apuntaba, cuando tirios y troyanos lo buscan como agua de mayo, y de ahí que la Asociación de Editores de Diarios Españoles concluyese hace unos meses, por boca de su director, José Gabriel González, que “el periódico clásico seguirá siendo muchos años más el centro del negocio editorial”. Y de nuestro devenir terrenal, añadiría yo.


    Se viene empleando para limpiar los cristales, y sobre la mesa para los más variados menesteres: pelar castañas o sacar brillo a cualquier objeto metálico. No ha mucho forraban con ellos las estanterías de la despensa, y sus páginas se colocan en el fondo de múltiples recipientes: desde la cesta de mimbre donde se guardan verduras, al cubo de la basura por si la bolsa rezuma. Y se extienden sobre la encimera de la cocina para limpiar el pescado, aunque sea en el suelo donde los diarios se exhiben abiertos y entregados en toda su lujuriosa plenitud, e igual sirven para absorber las gotas de aceite que salten de la sartén, que para recoger el huevo desparramado o convertirse en pasillo sobre el piso todavía húmedo. “Pisa sobre los periódicos, que está recién fregado”. ¿Les suena? Por todo lo anterior y más, la solicitud de mi hija, cuando viene a casa, se dirige, más que a mí, a la bolsa con los periódicos. Y no precisamente por hambre de noticias que hoy circulan más rápido por Whatsup, aunque sin ése sustrato que las hace compañeras en los días que seguirán y accesibles en todo lugar: desde el sótano al altillo.

    En cuanto a determinar qué es lo primero, si el huevo o la gallina, si la información o los ulteriores usos de la misma, de ser preguntado al respecto me pondrían ustedes en un brete. ¿Has leído mi columna de hoy? —he preguntado alguna vez—, y la respuesta me ha revelado (no siempre, claro, aunque de ser así tampoco lo confesaría) que la secuencia que cabría esperar, una vez la prensa entre manos, se había invertido. “Pues no —y se me encogió el corazón—: la debes estar pisando”.


    Es también, imagino, una forma sutil de advertirme que debo mejorar mis escritos. Porque aunque el papel vaya con seguridad a perdurar más allá de la revolución digital, eso no garantiza su inmortalidad ni, por supuesto, la mía por aparecer sobre el mismo de vez en cuando y diciendo según qué.

     

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