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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 28
    Abril
    2013

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    La Morfogénesis de los Gormitis

    No vayan ustedes a quedar paralizados tras leer el título. Pasmados. Porque es lo que me sucedió cuando mi nieto Gustau sacó el muñeco de la caja. ¿Sabes qué es? —preguntó—. Un guerrero de goma —le respondí—. Pues no, me rectificó el sabidillo: es un “gormiti”. Le puedes cambiar la cabeza, los brazos… y se convierte en un monstruo.
    El folleto adjunto me ilustró al respecto. Los gormitis eran un pueblo pacífico hasta que, a resultas de un cataclismo, comenzaron a aparecer unos seres extraños, siervos del mal que habitaba sus almas. También los habitantes de Gorm lograron transformarse para resistir, y los había ágiles como pájaros, veloces cual peces o generosos, pero la morfogénesis de los malvados los convertía en irresistibles y ahí estaban el Gormiti veneno, el algoso… Obviamente, el parangón con nuestra cotidianidad se imponía aunque, por no entrar en diatribas, me limité a rebautizarlos a tenor de lo que resultaba de mezclar el cuerpo de uno con cabeza o extremidades de otros. Lo más sorprendente es que Gustau asumiera los nombres como lo más natural, y así, con nuevas identidades que les venían como anillo al dedo, quedaron en la caja a la espera de próximas masacres. Porque la batalla continúa: los ciudadanos de Gorm en plena crisis y, encima, obligados a enfrentarse con los odiosos transformistas.


    Una morfogénesis que no obedece, en el caso de esos gormitis surgidos del Averno, a la necesidad de escapar del corsé corporal que es siempre una cárcel, sino a la natural evolución (en corto tiempo, y es otra de las capacidades que atesoran esos desalmados) que sigue a sus comportamientos; modificaciones específicas que son la consecuencia de la actividad que practican. A veces se hace difícil distinguirlos de los ciudadanos de Gorm porque mantienen su misma apariencia hasta que, en un plazo corto, ¡zas!: un brazo exageradamente largo, una mano vidriosa, gigantesca y casi transparente para poder pillar sin que se advierta… Y a veces los hombros elevados, ya encogidos para cuando sorprendidos; o cubiertos de moco, como el gormiti algoso, para deslizarse sin ruido hasta la caja fuerte y hacerse con el contenido de tapadillo.

    Buffon clasificaba los monstruos en tres categorías: por defecto, por exceso o por falsa distribución de las partes. A vueltas con mi nieto y los muñecos, logramos composiciones para cada una de ellas. Alguno mostraba una cabeza diminuta o carecía de ella aunque pudiera estar al frente de la tropa, y se quedó en Floriano o González Pons. ¿Le ponemos una cabeza más grande a Floriano? —me preguntó alguna vez—. No, déjalo. De otro modo no sabríamos quién es. Ese de la mano larga, Urdangarin, va cogido con la otra a uno cojo, sonriente y coronado, y aquel de mejillas que parecen abazones, compite con el de vientre hinchado. En ambos casos han comido bastante más de lo que pueden digerir. Dudamos cuál será Bárcenas de entre ellos y quién Matas, aunque, por presuntos ambos, quizá nos decidamos finalmente por cualquier otro. Tenemos mucho donde elegir aunque hay uno, Rajoy, a quien siempre confundimos porque pertenece a la tercera división de Buffon y le ensamblamos lo que nos sobra, con lo que nunca estamos seguros de su papel en el conjunto: de si será el gormiti principal e irá delante, o bien chupando rueda, porque es de esos especimenes que nunca se sabe si van o vienen y, en consecuencia, si encabezan o cierran las comitivas.


    Todos estamos hechos de fragmentos, de retazos, le digo parafraseando a Montaigne. Pero no me escucha. O quizá sí y pone la mano larga del duque a un descabezado, o a ese otro que hemos dado en llamar Rato. Es curioso que sigamos reconociéndolos aunque se mezclen con los demás y ofrezcan incluso parecido aspecto si no se les examina con detalle. Se dirían probos ciudadanos de Gorm, hombres de Estado, liberales o patriotas hasta que caes en la diferencia, y ya podemos hacer morfogénesis por un tubo, que no se nos despintan.


    He pensado que, cuando crezca mi nieto, aprovecharé la morfogénesis de los gormitis, esas identidades poliédricas y cambiantes que les hacen parecer una cosa y resultar otra en cuanto se les ve el plumero en cabeza, tronco o extremidades, para meternos ambos en otros derroteros. Y es que el jueguecito de marras se las trae. Lleva sin remisión a la divagación esotérica y a lo que llaman metempsicosis: la trasmigración de las almas para instalarse en cuerpos distintos.

    Sin embargo, lo anterior tendría poco que ver con una educación racional. La única por otra parte que merece ese nombre. Mejor le diré que los disfraces acaban por trasparentar, aunque temporalmente disimulen. A tales muñecos no habrá quien nos los vista de inocentes y, luego, nos podremos ir al cine. O me bajaré aquella película de mi juventud y la vemos juntos: Los ladrones somos gente honrada. Cuando menos, estos gormitis quieren aparentarlo.

     

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