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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 14
    Julio
    2013

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    La menopausia del ginecólogo

    Envejecer juntos es el sueño de cualquier pareja enamorada, aunque las circunstancias den muchas veces al traste con el propósito. Eso no ocurre cuando se pluraliza el contexto; ligar la suerte propia a la de muchas mujeres, y progresar en canas junto a unos cuantos miles de ellas, garantiza el éxito del empeño a no ser que sea uno mismo quien falle y, en tal caso, poco importará.


    Viene lo anterior a propósito de la súbita confidencia que me hizo un amigo, ginecólogo por más señas. Estábamos charlando en un receso de nuestros respectivos trabajos cuando, tras una pausa, va y me suelta: “Me he quedado sin regla”. En el silencio que siguió, imaginé que aludía a una norma moral, a una regla de conducta, un referente ético o algo por el estilo. ¿Cómo dices? Lo que oyes —me respondió con seriedad—: he decidido entrar en la menopausia junto a mis clientas, sólo a veces enfermas. Cada época tiene sus afanes, y hay una edad en que la menopausia es todo un alivio. Me tomé unos segundos para digerir su confesión y encontrarle sentido. Puedo entenderlo en ellas —terminé por responder, vacilante—: las pérdidas cada mes, molestias, dolores, y siempre con la eventualidad de un embarazo... Pero en tu caso… Lo miré desde una nueva óptica, pero no podía aceptar que, conociéndonos de tan antiguo, se me hubiera escapado su transexualidad. Para la andropausia podemos esperar… —le sugerí—. ¡Qué coño andropausia! La menopausia, te digo. ¿Crees que después de treinta años de ejercicio sigo teniendo ganas de enfrentarme a la fertilidad y sus sobresaltos?

    Ahora sí. Unos instantes más y empecé a vislumbrar por dónde iban los tiros. Mi amigo había decidido blindar su consulta contra la vehemencia y el imponderable; para ello, nada mejor que adecuar su trabajo al paso de los años, los suyos y los de las mujeres a quienes visitaba. Ya sólo atiendo a menopáusicas —aclaró por fin—. Son mucho más previsibles y no te comes el coco. No puedes hacerte una idea de lo que han sido todos estos años: que si me he olvidado de la pastilla, que si las tengo tan irregulares que ya me dirá usted… Y eso por no hablar de las amenazas de aborto o los partos a las cuatro de la mañana y, al día siguiente, vuelta a empezar. O los legrados, estas mamas que parezco una vaca lechera… Ahora todas se han vuelto amenorreicas, polvos sin consecuencias y la gloria, chico. Dio la casualidad de que unos días antes había oído por radio la gracieta de un andaluz pícaro y se la repetí: pues dicen que el ginecólogo de la Beyoncé se levanta cada mañana encantado de la vida… ¡Venga! —repuso—: te estoy hablando en serio. Desde que lo decidí me ha cambiado la vida, así que, entre una soltera y una solterona, la segunda sin dudarlo. Es que no hay color.


    Siguió con el panegírico del sesgo en su quehacer y acabé convencido de la bondad de semejante elección. Si madurar es adaptarse a las circunstancias y éstas se empeñan en no darse por enteradas y seguir reglando, parece lógico, si está en tu mano, forzarlas hasta que se adecuen a tus designios. El ginecólogo lo tenía claro, sus puntos de vista trascendían el tema concreto y abrían el camino a otros. ¿Y qué haces con las jóvenes que acuden a verte? Pues las derivo a otros colegas y yo sigo encantado: rodeado de sofocos intempestivos, insomnios y sequedad vulvar en la tercera edad. Sin dudarlo, ya te digo: reposadas, sin gemelos a la vista… Ninguna sorpresa intempestiva de madrugada, me dejan dormir a pierna suelta y encima maceradas en virtudes, como decía una escritora. La gloria. Me he llegado a identificar a tal punto con mi clientela, que también puedo dormir después de un quiqui sin soñar en gestaciones.


    Me había convencido y durante el rato siguiente (breve, porque le estaba esperando una osteoporosis y otra a la que se le había caído un algo la vejiga) nos dimos a pensar en lo que sucedería de cundir su ejemplo. Pues ya estamos en ello —me dijo o fui yo quien lo sugerí. Ahora no lo recuerdo—. Así como del reposo ovárico se sigue el del ginecólogo, otros sólo legislan para los de su misma cuerda y todos tan anchos, sin respondones ni pérdidas intermenstruales. Los maduros como yo se llevan bien con las que dejaron atrás las tempestades hormonales, y los políticos, pues con banqueros y empresarios que son quienes les procurarán una vejez sin sobresaltos. ¿O tú crees que de preocuparse por los desahuciados o los desempleados, querrían repetir en el cargo? Esos son como las jóvenes en la consulta, y los bien asentados y con momio de por vida, equivalen a mis menopáusicas: cuatro banalidades y un regalito de vez en cuando.

    Recordé lo que afirmaba Samuel Shem en Monte Miseria: que los terapeutas se especializan en sus propios defectos y así se lo dije. Estuvo de acuerdo. Los ansiosos quieren marcha, los políticos mayorías absolutas para hacer de su capa un sayo, los sinvergüenzas, poder… Y yo, a los sesenta, la menopausia, que ya no estoy para según qué. Lo cierto es que había poco más que decir. Quizá debí preguntarle por Bárcenas, o por la Cospedal y cómo se explica… Lo haré la próxima vez que nos veamos.

     

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