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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 22
    Junio
    2013

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    La inmortalidad: ¿una solución?

    El choriceo va a más, sin que con las denuncias y luego presunciones, imputaciones e incluso condenas, se consiga modificar la tendencia. Robos mezclados con basura europea en trance de importación, contratos amañados, mentiras, empleos y dádivas para los amiguetes... Así año tras año, de modo que tal vez la inmortalidad sea el único remedio aunque viviéndola aquí, claro, visto que con esgrimir la del más allá, ni siquiera la pederastia, frecuente entre sus epígonos, se consigue controlar.


    Convendrán en que la inmortalidad acabaría definitivamente con las mitologías y de paso quizá fuese el único modo de que los sinvergüenzas se lo pensaran dos veces, bien porque la degradación del medio ambiente acabaría por afectarles, así pasaran evos, bien porque el echar pelotas fuera no evitaría que en un siglo u otro volvieran a caerles en la cabeza y con ellas el castigo, aunque la justicia siguiera imitando en su progreso la velocidad del caracol. Se acabaría eso de que largo me lo fías y el que venga detrás que arree. Cuando alguien proclamó hace tiempo que a la larga la verdad no importa, aludía a que, una vez muertos, la cebada al rabo, y es razonamiento que han incorporado a su estrategia los urdangarines, banqueros y Bárcenas, este último con apellido en plural, desde el mismo nacimiento, para mejor casar con la pluralidad de sus presuntos repartos de tapadillo. Pero la vida eterna, con los pies en el suelo, quizá cambiase la fe por certezas: la de que quien la hace terminará por pagarla en carne mortal, con lo cual la meditación sobre la muerte pasaría a preocupación por una vida sin fin, más educativa, y si el estar terrenal se cimenta con compromisos y olvidos, ya habría quien se encargarse tarde o temprano de echarnos en cara unos y otros.


    Nada habría definitivo y bien que lo siento por según qué, pero tampoco lo serían la evasión de impuestos, los momios o las pensiones vitalicias de esos politicastros con más cara que merecimientos, así que, en último extremo, podría estar de acuerdo en cambiar la torta por el coscorrón. Que la ética sea universal no significa que dure, pero igual con eso de la inmortalidad se prolongaba. Lo mismo que la mala conciencia, y podría ser un disfrute, para cien o cien mil años, contemplar a algunos con el rabo entre las piernas junto a sus tataranietos, porque eso de que en el camino nos encontraremos pasaría, con todo el tiempo por delante, de mera presunción a vaticinio incuestionable. Cierto que el futuro debería contemplarse con otros parámetros y ya no podríamos decir, con el Capitán Trueno: “Era malo, pero no merecía un fin así”; no habría fin, pero dar por sentado que vestirse de lagarterana no habría de durar siempre (piensen en quien quieran; yo tengo en la cabeza un par de docenas) ayudaría a soportar los hastíos o las crisis, siempre pasajeras cuando instalados en la inmortalidad.


    Si hemos de creer la visión anticipatoria de Borges, tal vez ya estemos inmersos en eso, siquiera en parte. Cuenta el escritor en su relato, El inmortal, que los tales son seres degradados, silenciosos y desnudos, y si a lo de deambular en cueros aún no hemos llegado la mayoría —aunque a este paso todo se andará—, cumplimos las dos primeras condiciones con holgura, porque bien que tragamos sin apenas rechistar, en la precaria confianza de que la segunda mitad del año en curso alumbre los jodidos brotes verdes de Zapatero y que ahora anuncia Montoro. Bajo esta óptica, tampoco diría yo que la inmortalidad sea una panacea. Cualquier imbécil podría permanecer a nuestro lado lo que no está escrito, y El gran mar de que hablaban los antiguos florentinos se habría convertido en un hervidero terrenal de alegrías, sí, pero también de inconmensurables coñazos. Ya no habría peligros que nos excitasen, aventuras de final incierto, amores para toda la vida o esperanza de reencarnarse con mejor tipo, así que, llegado aquí, me asaltan numerosas dudas sobre la bondad de la propuesta.


    Bien está que, bajo la losa de la eternidad en carne mortal, las excusas terminarían siempre por resultar baldías, que el mirar hacia otro lado de Rajoy o Soraya no les serviría de nada y, finalmente, resultaría más fácil pillar a un inmortal que a un cojo. Pero no quiero imaginar que las mangancias y las embustes tengan sustrato genético, porque estaríamos obligados a contemplar el lamentable espectáculo por siempre jamás, y creo que, en esas circunstancias, la inmortalidad terminaría en eterna pesadilla para los inocentes. Y encima, si hemos de hacer caso a Borges, en pelotas.

    Pensándolo mejor, ya no estoy convencido de que una vida sin final, por estos pagos, fuera plato de gusto. Y que el remedio para tanto desmán fuese mejor que la enfermedad. Puede que resulte más estimulante dar la caña en plazo corto, con camisa y pantalón y, de no ocurrírsenos cómo ni el momento oportuno, siempre nos quedarán las elecciones generales. Y las autonómicas. Aunque perderlas y con los regalitos de Bárcenas en la cartera, sea para muchos un mal menor. Y lo queremos mayor, ¿no? Habrá que seguir devanándose los sesos.

     

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