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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 26
    Octubre
    2014

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    La infección por ébola y su impacto social

    Que enfermase alguien que no estuvo en África —aludo a Teresa Romero, ingresada en el hospital Carlos III y afortunadamente recuperada— ha supuesto, a más del tratamiento, la estrecha vigilancia de su entorno por si pudiera haber contagiado a otros y ello implica, dejando a un lado la sucesión de errores ya expuestos en su día, un elemento de inquietud social que merece ser comentado.


    Me refiero a una cultura occidental, la nuestra, proclive a asumir, con relación a alguna enfermedades de pronóstico grave e incierto, determinados estereotipos capaces de informar, en un porcentaje no desdeñable de la población, actitudes y comportamientos no siempre deseables ni basados en el conocimiento objetivo. No se trata aquí de enumerar deficiencias en el manejo preventivo y diagnóstico, sino aprovechar en lo posible la experiencia acumulada en cuanto a la sociología de otras dolencias (me refiero en concreto a las enfermedades cancerosas) por si pudiera ser útil, en bien de todos, para las políticas sanitarias e informativas de los próximos meses respecto a una infección viral que, aún cuando de extrema gravedad, con toda probabilidad será controlada a no tardar.

    Algunas diferencias respecto a los cánceres son obvias: existe en la fiebre hemorrágica una génesis única y bien conocida y, en cuanto al pronóstico, no es tampoco homologable. Sin embargo, y en ambos casos, la afección y su evolución escapan en cierta medida al propio control (infectados por proximidad, en el caso del virus, y pudiera ser de modo inadvertido); la mortalidad es elevada, y esa interacción simbólica que equipara enfermedad con muerte próxima (más evidente para el ébola, siquiera por el momento) puede alimentar, por la fractura que representa en la conexión presente-futuro que preside el imaginario colectivo, un miedo que, de no ser oportunamente reorientado, puede conducir a ideas y comportamientos irracionales. Así, y de nuevo en parangón con la actitud que ciertas subpoblaciones han venido manteniendo con relación a algunos cánceres, la presunción de contagio podría retrasar la visita médica, hipotecada por el determinismo (si tengo el virus, ¿para qué confirmar un diagnóstico que no tiene tratamiento?); el enfermo de ébola ser considerado por los demás, incluso cuando ya curado y pasado el tiempo, un peligro potencial y, en consecuencia, propiciarse su aislamiento y consiguiente deterioro de las relaciones de pareja, laborales… En cuanto a él/ella, y si participase de iguales creencias acientíficas, podría ser presa de pulsiones obsesivo/compulsivas y caer en la depresión por la injustificada convicción de un daño irreparable pese al alta hospitalaria.


    Algunos enfermos curados de cáncer, y quizá pudiera hacerse extensivo a los de ébola si aumentasen en número, han sido equiparados en su angustia ulterior a la que sentían los llamados Hibakusha: japoneses supervivientes de la bomba atómica en la Segunda Guerra Mundial. Cualquier síntoma ulterior era percibido como anuncio de muerte y, de ocurrir, puede mantener en vilo a los convivientes y ser causa de conductas hipocondríacas y rituales defensivos que dificultarán el deseable reajuste emocional de unos y otros. Cabe también mencionar que las percepciones sesgadas y por fuera de la razón, son terreno abonado para el resurgir de los mitos (castigo y expiación, posesión demoníaca…) y los repugnantes negocios de algunos desaprensivos. En el caso del ébola, ya se han reivindicado desde los tratamientos con ozono a la imposición de manos o la ingesta de agua salada; remedios que la sanidad “ortodoxa” no utilizará y ocultará, siguiendo el tópico habitual, por su nula rentabilidad.
    Frente a tal escenario (sin duda anticipado y que nadie desea), ¿cuál debería ser la prevención? Como demuestran numerosos estudios respecto a otras dolencias de pronóstico incierto, la respuesta social a la amenaza puede no guardar relación con los niveles cognitivos; no obstante, mejorar el conocimiento y cimentar la esperanza con datos objetivos sería lo adecuado de aumentar los casos y, desde luego, empezar desde ya, incluso si con Teresa Romero hubiese terminado la penetración del virus en el país.

    Eso es, precisamente, lo que los colectivos de impacto, por estatus o audiencia, convendría que asumiesen como obligación y con independencia de lo que pueda suceder en el futuro. Debiera evitarse la divulgación negativa, no programada, que sólo contribuye a aumentar la ansiedad. En cuanto a la programada, ha de poner el acento en los argumentos que permiten suponer un eficaz control a corto plazo: la incidencia es muy baja toda vez que el contagio sólo es posible a través de fluidos o secreciones, y ello únicamente en la fase sintomática. Por lo que hace al tratamiento, existen más de 17 drogas en investigación (entre ellas el Imatinib, ya conocido en el campo oncológico) y es muy probable que, en los próximos meses, se disponga de la oportuna vacuna. Triste consuelo, ciertamente, para esos miles de fallecidos. Pero la solución está próxima.

     

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