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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 28
    Septiembre
    2013

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    “La enzima prodigiosa”.El prodigio son las ventas

    El libro así titulado, del médico endoscopista japonés Hiromi Shinya, iba por la tercera edición en castellano y dos millones vendidos cuando llegó a mis manos a través de un amigo que, hastiado tras las primeras páginas, dijo que tendría suficiente con el resumen que le hiciese. Aquí lo tiene, y daré por bien empleado el par de horas que tardé en leerlo si a un tiempo les sirve a ustedes para pasar por alto la gavilla de despropósitos con que mi colega de profesión ha logrado el clamoroso éxito editorial.
    La egolatría que destila no merecería comentario (“algunos me llaman el cirujano endoscopista número uno en Norteamérica”, señala en la página 170) si no fuese porque es el sustrato que apuntala un entramado que lleva a preguntarme si mentirá conscientemente o será tal vez el narcisismo lo que propicia el relajo, que es como llaman en Méjico al hablar por los codos para armonizar autosuficiencia con irrelevancia, lo que creía hasta ayer mismo característica propia de políticos.

    Les cuento. Todo el discurso pivota sobre la idea central de una enzima prodigiosa. Nacemos con determinada cantidad de esa sustancia, madre de las otras cinco mil con que contamos, y su dilapidación, básicamente por alimentación deficiente, conduce a la enfermedad: cualquier enfermedad. Él mismo apunta que se trata de una teoría sin refrendo científico (lo ha descubierto ordenando sus datos, afirma) y, desde ese trampolín, las piruetas. A la enzima de marras le sienta fatal la carne o la leche, y reparen en las razones: para crecer no es preciso comer carne y, si lo dudan, vean el tamaño de elefantes o jirafas, herbívoros, en comparación con tigres y leones. Que se trate de especies distintas le importa un pimiento a la eminencia, aunque no ocurra lo mismo si habla de leche, cuya ingestión “va contra las leyes naturales porque ninguna otra especie lo hace (p. 100). Olvida mencionar que ninguna otra especie se ve en la tesitura de leer, memeces incluidas. Por eso el deterioro neuronal, quizá, y no por malgastar una enzima que, en cambio, aumenta con “la energía emocional positiva” y “el amor” (p. 189), con el que “no creo que sea imposible curar el cáncer” (p. 190).
    Y es que, a pesar de no ser oncólogo, también se muestra contundente respecto al tema. Evita la quimioterapia para “aumentar la inmunidad a través de una mejor salud física y mental” (?) (pag. 64); antes de recetar cualquier medicamento lo prueba él mismo a dosis menores (una práctica de alto valor estadístico, a lo que parece) y, por lo que respecta al cáncer de mama, ha descubierto que a las mujeres afectas les encanta beber café, cuando éste funciona mucho mejor como “edema” (escribe el traductor en vez de “enema”, es decir, por el culo), y seguir dietas lácteas, lo que provoca, si no cáncer siempre, sí enfermedad fibroquística, que desaparece al año de seguir sus recomendaciones dietéticas. Es superfluo señalar que todo es falso de toda falsedad (como dijo el ministro Wert respecto a otro asunto), y que ninguna de estas afirmaciones tiene el menor refrendo epidemiológico o clínico. Queda por dirimir si podría centralizarse en el doctor Shinya el diagnóstico precoz, dado que puede saber si alguien padece una enfermedad maligna “merced al ‘chi’ (energía)” (p. 170). ¡Por fin las dichosas energías!, pensé. Con ellas y una buena dieta no hay enfermedad que se resista, al extremo de que todas las enfermedades cancerosas vistas por él, y con independencia del tipo de tumor o grado de diseminación, se han curado (p. 70).
    Puedo imaginarme a Shinya remedando a Truman Capote: “Soy alcohólico, soy homosexual… soy un genio”, decía éste. En el caso del prodigio enzimático, “soy endoscopista, soy vegetariano, soy un visionario…”. Y otro genio siquiera en su percepción, ya que no por un libro del cual me dejo numerosas perlas en el tintero. Así, se pregunta por qué, si la medicina ha progresado tanto, no hay menos enfermos. ¡Pues por unos avances terapéuticos que llevan al progresivo envejecimiento de la población, genio mío!, lo que auspiciará un aumento en la incidencia de cánceres de hasta un 45% para 2030. También es inaceptable la afirmación de que todas las dolencias se combatan con éxito cuidando la limpieza de estómago e intestinos; que cuidando la “enzima prodigiosa” ningún cáncer sea mortal o que la ingesta de “suplementos” (?) pueda suplir a la quimioterapia (p. 69). Ignoro si cree en lo que dice e igual me ocurre con Juan Gèrvas, otro amigo del “relajo” y entrevistado hace poco en este mismo periódico. En cualquier caso, ya he recordado a Nietzsche en alguna ocasión, a propósito de su sentencia: “Los enemigos de la verdad no son las mentiras, sino las convicciones”.

    En lo que a sanidad se refiere, la mezcla de evidencias con medias verdades, cuando no estupideces, suele gozar de eco y, si hay libro de por medio, se traduce en ventas aunque, para el que hoy comento, mejor se gastan ustedes el dinero en tapas. De hongos anticancerosos, si quieren seguirle la corriente. Les hará menos daño que la segura indigestión que provoca el best seller.

     

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