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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 27
    Julio
    2014

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    La entrevista podría prometer pero, ¿prometerá?

    Tal vez el fallecido Adolfo Suárez podría identificarse con un enunciado que lo recuerda, aunque aquí se refiera a la de Rajoy y Mas. Reunión prevista para el miércoles y que a buen seguro terminará en agua de borrajas, tales son los apriorismos y unas posiciones que de antemano y en ambos casos se antojan irreductibles.


    Podrán preguntarse qué sabrá este columnista para permitirse opinar sobre temas tan vidriosos y por ende analizados hasta la saciedad. No obstante, juega a mi favor la experiencia de muchos años en el manejo de situaciones con alto grado de estrés y en las que los diálogos y flujos informativos se ven condicionados por una receptividad cambiante, encuentros en que muchas veces se pregunta o responde a tenor de las circunstancias anímicas del momento y una comunicación, en suma —me estoy refiriendo a la establecida entre médico y enfermo grave o sus familiares—, en la que las premisas consideradas idóneas se subordinan a particularidades de compleja objetivación y mudables en el tiempo.

    La información ha de ser veraz, progresiva cuando se refiere a cuestiones de gran impacto en el receptor, continuada y justificada por la convicción de que existe un deseo real —que no supuesto— del demandante por incorporarla y adaptar a ella sus comportamientos ulteriores. Sin embargo, la voluntad por recabarla no es estable y está sujeta en muchas ocasiones a altibajos relacionados con el estado psicofísico, la eventual necesidad de protegerse temporalmente frente a verdades inasumibles y la imperiosa necesidad de una realidad distinta o, en ocasiones, pueden ser los familiares quienes pretendan proteger al protagonista encerrándole en la llamada “cárcel de cristal”, impermeable a las malas noticias. También puede ser la persona afectada —y no es excepcional— quien se plantee, negando o desvirtuando diagnóstico y pronóstico, quitar hierro a la cuestión y de ese modo blindar a su entorno frente a la angustia.


    Imaginemos ahora a ambos políticos inmersos en el intercambio (quién de ellos el médico y cuál el enfermo es tal vez cuestión menor para la digresión, y lo dejo a su criterio) y será fácil suponer, como en el símil, la cautela por no faltar a la supuesta verdad que defiende cada cual, procurando evitar a un tiempo el abrumar al interlocutor; los circunloquios por no entrar al trapo prematuramente y en espera de ocasión propicia, el cuidado para con una gestualidad que podría ser malinterpretada o, quizá, el pacto explícito para que los allegados de uno y otro —Gobierno del PP o colectivos tales como “Libres e iguales”, que han manifestado recientemente su respaldo a la postura de Rajoy; CiU y Esquerra Republicana en el caso de Mas…— no se enteren, siquiera por el momento, de la misa la media. Que no se agobien por un diagnóstico que tal vez entre ellos dos podría destaparse sin ambages.
    Los prolegómenos de la entrevista han abundado, ciertamente, en una aproximación con tintes de consulta médica y en la que Soraya Sáenz podría asignarse el papel de secretaria del servicio hospitalario en cuestión. “El viernes 11 de julio se llamaron” —afirmó—. Ignoramos otros datos (imposición derivada del secreto profesional, ya saben) pero, a partir de ahí, se sucedieron los rodeos con que suele encararse una patología de pronóstico reservado y que las palabras no pueden traducir con asepsia porque trasmiten aspectos aún pendientes de definir con justeza. El ordenamiento de la UE subordina el derecho a decidir a las peculiaridades constitucionales de cada país, y en España hay opiniones encontradas respecto a una eventual modificación de la carta magna que, aun de producirse, no podría ocurrir antes del 9 de noviembre, fecha que sin duda pesará lo indecible sobre los contertulios. Pero es lo que hay, y los corifeos de uno y otro la ven acercarse con preocupación mal disimulada, así que en la entrevista se hablará con tacto, observando con atención el rictus del oponente y prestos los dos a salirse por la tangente del eufemismo si el asunto se complica. Y luego ya se verá.

    Artur Mas indicó que estaría dispuesto a negociar fecha y texto de la pregunta. También prefería una reunión discreta y es que, como sabemos los profesionales de la información peliaguda, la cautela es obligada. En cuanto al por ahora inamovible Rajoy, hablará y escuchará, aunque en su fuero interno conoce de antemano, al igual que Mas, el protocolo terapéutico que va a aplicarse de acuerdo con la más estricta ortodoxia.


    Con estos planteamientos, puede esperarse poco. Los dos saben a qué se enfrentan, y el problema que los reúne no puede eliminarse de un plumazo. Existen analgésicos, naturalmente. Y sedación, pero se requiere consentimiento firmado, y las respectivas familias no lo verían con buenos ojos. Tanto es así que podrían pedir la inhabilitación de uno de ellos por incapacidad manifiesta y ambos lo saben. En esta coyuntura, habría que primar la inteligencia por sobre las emociones, lo cual, vista su trayectoria hasta aquí, es altamente improbable. Y así están las cosas. Continuará.

     

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