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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 14
    Septiembre
    2014

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    La creciente amenaza del gasto farmacéutico

    Los costos que gravitan sobre nuestro sistema sanitario van en aumento, de modo que mantener las características que lo hacen idóneo: universalidad, equidad y gratuidad, se va haciendo cada día más difícil y, de no implantarse nuevas medidas correctoras, podríamos vernos obligados a asumir, en un futuro no muy lejano, la evidencia de su insostenibilidad.


    Las características de la amenaza son comunes a cualquier empresa de dudoso horizonte: necesidad de mantener el output que justifica su existencia mediante una inversión que escapa a su control pero que precisa, so pena de verse abocada a la obsolescencia y, en consecuencia, al cierre o reconversión. En el caso que me ocupa, su razón de ser desaparecería de no blindar las garantías citadas al comienzo y, sin embargo, ello exige de una viabilidad económica que no puede garantizarse, básicamente, por dos motivos: dependencia de terceros (los casos a atender aumentan como consecuencia del envejecimiento de la población; el manejo diagnóstico-terapéutico se encarece por una tecnología de la que ha abdicado y debe adquirir en el mercado), y no plantearse alternativas más allá de lo que puedan dar de sí los ya esquilmados bolsillos de los contribuyentes.

    Que el poder económico maneja las riendas es, a estas alturas, una obviedad. Se ofertan nuevos modelos de Resonancia Magnética o mamógrafos que los hospitales se resisten a adquirir, las reducciones de personal ponen en solfa la eficacia, test predictivos basados en la genómica se retrasan sine die dado su coste y, en el eje de la digresión, el progresivo encarecimiento de los nuevos medicamentos ahoga los presupuestos sanitarios y, en consecuencia, ensombrece el pronóstico de muchos enfermos. A este respecto me he pronunciado de forma pesimista en otro foro y no creo haberme alejado de la realidad. Si la industria farmacéutica invierte grandes sumas en investigación, es comprensible que pretenda recuperarlas tras la comercialización, a lo que habrá que añadir el legítimo beneficio (aunque entre legítimo y multimillonario podría existir un término medio) que el Estado negocia con suerte dispar. El caso es, por resumir, que en los últimos tiempos estamos asistiendo a la aparición de medicamentos de probada eficacia, pero a unos precios que podrían hacerlos inasequibles.


    En algunos casos, y por tratarse de enfermedades de baja incidencia, el coste podría asumirse sin riesgo de colapso. Así, la empresa Sanofi dispone, para el tratamiento de la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), del Rilutek, a un precio de entre 3000 y 8000 € por año de tratamiento, y otro denominado Gilenya, propiedad de Novartis, se va a treinta o cuarenta mil. No obstante, la dolencia sólo afecta a unos miles de personas en España y bastaría con que la sanidad se apretase algo más el cinturón si los análisis de coste/efectividad así lo aconsejaran, lo que puede discutirse. Lo mismo cabría aducir por lo que respecta a algunos medicamentos oncológicos indicados en fases avanzadas de la enfermedad (Avastin, Afinitor, Kadcyla…) y que, en el mejor de los casos, aumentarán la supervivencia en sólo unos meses, aunque de ser un familiar de usted el candidato a dichos tratamientos, probablemente rechazaría que se obviase la prescripción por cuestión de dinero. Esto es precisamente lo que puede ocurrir en Inglaterra respecto al último citado, con un precio aproximado de 8.000 € por mes de tratamiento para ciertos subtipos de cáncer de mama.


    Sin embargo, las anteriores objeciones no son aplicables en el caso de la hepatitis C, con cerca de un millón de afectados en nuestro país de los cuales aproximadamente un tercio conocen su diagnóstico. Pues bien, el fármaco denominado Sovaldi, comercializado por Gilead y capaz de curar a un 90% de enfermos, tiene un precio (sujeto aún a debate) que ronda los 60.000 euros por tratamiento, aunque la Compañía lo oferte en Egipto, donde la incidencia es cinco veces superior, a poco más de 600, es decir, la centésima parte. No sorprende que el aumento de la demanda disminuya el PVP aunque, ciertamente, la diferencia llame la atención, pero, más allá, incluso frente a la eventualidad de que los precios de los más caros disminuyesen a menos de la mitad durante la vigencia de las patentes, el presupuesto se enfrenta a aumentos que difícilmente podrán sufragarse de incrementarse ese 14.5% que representaba el gasto farmacéutico en 2013 sobre el sanitario global. A no ser que se excluyan, como se propone el Servicio inglés de Salud (NHS), los fármacos más caros.


    ¿Alternativas? Renegociar patentes y precios, aumentar los presupuestos de investigación biomédica para equipos propios, compra centralizada de medicamentos para el conjunto de la red pública y venta por “unidosis” en los propios centros sanitarios… Pero se sigue apostando por el copago como medida primordial para sostener un castillo de naipes que se tambalea a la vista de todos. Y así no podremos.
     

     

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