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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 28
    Diciembre
    2013

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    La cita semanal: por qué y para qué

    Esta va a ser mi última columna del año que termina. No entra en mis planes el abandonar pero, tras quince años sin faltar una sola vez y por encima de otras premuras, compromisos varios, viajes, entusiasmos o postraciones, me pregunto cuáles serán las razones para sumar obligación y devoción en una cita de la que desconozco incluso los interlocutores si acaso los hay.


    La motivación es plural, honda y un algo misteriosa. Por todo ello, el intento de hoy por explicarles —por explicarme, más bien— las contrapartidas que justifiquen tamaña servidumbre. Antes que este humilde columnista, otros muchos con mejor currículo se han preguntado lo mismo con resultados dispares si no opuestos, y es que tiene su qué sentarse cada semana unas horas para contar, reflexionar, a veces sólo divagar, sobre cuestiones que nadie te ha planteado y que ignoras a quién puedan interesar; tan efímero tu análisis como el rato empleado en él y, no obstante, algo adictivo debe tener este vicio solitario y parecido a una masturbación, sí, que desde que finaliza con suerte dispar, volverá a apresarte para el siguiente monólogo.

    La ventaja respecto al diálogo tal vez estribe en que no hay otras preguntas que las que te hagas a ti mismo ni más discrepancias que las que uno se formula, lo cual evita verse impelido a responder, a veces sólo por salir del paso o quedar bien. Se puede incluso, en esta silenciosa excursión, hacer oídos sordos a los propios interrogantes y guardarlos para otra ocasión, o recrearse en algunos que quizá el contertulio daría por sabidos. Y dejarte llevar, distraerte, empecinarte en alcanzar ese fondo que sólo intuyes o, simplemente, levantarte de la mesa a la espera de mejor inspiración sin pasar por necio, lo cual ocurrirá en todo caso tras el punto y final pero con la ventaja de no estar obligado a soportar, por invisible, la mueca displicente cuando no el eventual rictus de desprecio.


    Pero hay mucho más. El autoimpuesto ejercicio permite desarrollar la propia interpretación sin interrupciones, algo absolutamente infrecuente en voz alta. ¿Y para qué? Para lo que mi favorito poeta ya fallecido, el portugués Eugenio de Andrade, precisó en pocas palabras: “Para ascender a las fuentes / y volver a nacer”. Por traducirte desde lo oscuro y bucear una y mil veces en esa intimidad que a veces se resiste aunque sólo te tenga a ti por testigo y de la que serás, por lo mismo, único juez. Para retarte y comprobar si acaso pudieses mejorar claridad y perspicacia, lejos de espectadores que abucheen o elogien un intento que quizá dure lo que tu lucidez; por disponer de un horizonte que sólo tú dibujes, aunque nunca llegues a saber quiénes tienen razón, si los que dicen que escribir es matar la vida o, por el contrario, supone un vivir por duplicado.


    Escribir, también, por poner los puntos sobre las íes. Por aplaudir o intentar ser justo sin necesidad de que nadie te requiera a ello, por compensar, siquiera con unas líneas, alguna decepción, propia o ajena; por defenderse del adocenamiento, ordenarse, deshacerse de prejuicios con base a hurgar entre obsesiones y convicciones... Y por perfilar un algo más, si ello fuera posible y en negro sobre blanco, la propia identidad, aunque Yocasta susurre de vez en cuando al oído lo que un día dijo a Edipo, ese “¡Ah, desdichado! ¡Ojalá nunca llegues a conocer quién eres!”. Después, cuando ya entrado en la vejez acabes por no saber a ciencia cierta cómo fuiste y a quién has albergado, quizá éstas u otras cavilaciones te tomen de la mano para explicarte aunque sea a retazos: entrevisto por entre las rendijas de una imagen que, a poco que te descuides, puede terminar por suplantarte.


    Y los hay que apuestan por la palabra impresa como el mejor modo de dejar su huella a la posteridad. Tampoco me opondría si lo creyera posible, aunque la prensa no sea el mejor soporte por lo perecedera, y otros escritos, de seguir vigentes, lo hacen por sobre la fragmentaria memoria que quede del autor; alguien que, en mi opinión, debiera afianzar su modo de percibir, y percibirse, aprovechando el aliento mientras dure. Lo otro, el intento de perpetuarse en los escritos y vencer a la muerte, se me antoja propósito un algo tristón y fruto de la angustia.

    Y en llegado aquí, eventuales lectores si acaso los he tenido durante estos años, poco más excepto recomendar el disciplinado ejercicio de quedar a solas frente al papel —a la pantalla, si prefieren— en un intento por atisbarse. Quizá sea vano, todo lo anterior simple quimera y, para cada quién, haya un modo diferenciado de echarse un pulso por ver con quien convivimos desde el mismo nacimiento. Sea como fuere, les deseo a todos un feliz año 2014. En mi caso, voy a intentar que lo sea siguiendo con esto la semana que viene si el Diario lo tiene a bien. Y es que no alcanzo a imaginar mejor linterna para alumbrarme los entresijos de la conciencia.

     

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