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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 30
    Noviembre
    2013

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    La celda de los gargajos

    Cuenta Camus en La caída que, en la Edad Media, uno de los castigos que infligía el poder consistía en encerrar al trasgresor en la tal celda, donde le escupían sin que pudiera apartar la cara aunque, eso sí, le era dado cerrar los ojos. Más o menos lo que nos está ocurriendo, con la diferencia de que a quienes lanzan hoy los escupitajos los conocemos porque, de tan pagados de sí mismos, ni capucha se ponen.


    Y como el tormento dura, da pie a que los pringados experimentemos todas las fases por las que dicen que transitan los condenados: desde la indignación hasta la autocompasión, y darnos a pensar, en algún momento, qué es lo que habremos hecho mal. En otro caso sería inimaginable tanto esputo sobre tantos, durante años y los verdugos tan anchos con lo que creen el deber patrio y que Bauzà subrayó en La Sexta la pasada semana: más atentos ellos a cubrirnos de mocos (aseguran que por nuestro bien) que al futuro que nos aguarda. En cuanto a nosotros, hemos pasado de no entender nada a mirarnos de reojo, porque no se cansan de repetir en Europa que de los mediterráneos puede presumirse cualquier cosa. Después, los párpados apretados y el cuerpo encogido para un mejor aguantar, cada quien atisbando en su propio interior y, si no exculpando por completo a la cadena de mandamases, desde la Merckel al último sobrevenido aquí, acusándonos de no haber pagado el IVA aquella vez en que vinieron a arreglarnos la tapa del excusado. O tres cuartos de lo mismo cuando nos cosieron un dobladillo.

    Pero eso se acabó. De seguir en la celda será porque no queda otro remedio, y para colaboracionista van a contar con su abuela, de modo que a tomar viento los remordimientos. Con esa decisión ha aumentado mi autoestima y mejorado el sueño. He dejado de reprocharme los ocasionales desajustes a unos preceptos éticos que quienes escupen se pasan por el forro, y es que, si mis códigos de comportamiento se pareciesen siquiera de lejos a los suyos, no me vería así; en vez de preocuparme por sus gargajos engordaría una cuenta en Suiza, y la formación continuada se limitaría a un somero entrenamiento para decir amén cuando convenga. Ni les cuento del relajo.


    Sin embargo, les confesaré que, de vez en cuando, me siguen asaltando los tics de antaño. Así han podido aprovecharse de una mayoría que, incluso aprisionada entre las paredes de sus mentiras y desatinos, se pone —o añora hacerlo— el despertador a las siete para acudir a un trabajo en el que piensa antes de poner los pies en el suelo; esos que han hecho suyo lo del “debería parar pero voy a seguir”, unas veces por prurito, por perfeccionismo o —y no sé qué merece más respeto— simplemente por llegar con su familia a fin de mes. Cuando dejan por un rato de ensalivarnos, nos martillean con la monocultura del esfuerzo como única salida a este agobio, y que si no fuésemos todos un algo pícaros —baste con pensar en la economía sumergida—, otro gallo nos cantaría. ¡Como si ellos pudieran servir de ejemplo! ¡Como si la banca hubiese tenido que ser rescatada por nuestra mala cabeza y la debacle, desahucios incluidos, fuese debida a la reparación de mi váter o al dobladillo pagado en negro! Así que no me vengan con la monserga de que todos a una porque somos iguales, ya que los hay más iguales que otros, y de seguir ellos sin aplicar un elemental principio de proporcionalidad, nuestras contradicciones, vistas las suyas, rozan la santidad.


    Ya decía Brecht de la nonada que es robar un banco comparado con fundarlo, y si pudiéramos hacernos oír cabría sugerirles, como hizo Diógenes, que se apartasen de una puta vez porque nos tapan el sol. Aunque haya que estar muy afectado para equiparar a Rajoy o José Ramón con Alejandro Magno, así que debe ser cosa de este encierro, sí, de este desmadre en el que, con relación a ellos, los pícaros merecemos el altar. Porque como alguien sugirió, hemos atisbado la verdad y no tiene sentido. Por más que escupan. Y que si hemos defraudado unos euros, el total suena a calderilla cuando se compara con el montante que resulta de sumar sus pillajes.

    Estamos a la cabeza de impuestos y a la cola de sueldos porque se ha de financiar con ochenta millones a un banquero que dimite, seguir con los miles de asesores digitados, mantener el Senado y unas diputaciones que maldita la falta, rescatar a quienes se forraron con los préstamos y llenar los sobres que repartían. Muchos de los ensalivados nos preguntamos el porqué muchos de estos politicastros ganan más que nuestros hijos con mejor formación y más dedicación, o por qué la Infanta disfraza sus declaraciones a Hacienda aunque pobre del currito que hiciera lo mismo, así que culpas a los de la celda, las justas. Encima, si un día se abre, lo más probable será que pelillos a la mar y los babeados nos sacudiremos como mejor podamos. Quizá es que nos parecemos un algo a aquel Pascual Duarte del “yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo”. Nos sobran. Y, entre nosotros, ¡que ganas de escupirles! Aunque sólo fuera por ver cómo responden cuando no hablen al dictado.

     

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