Blog 
Contar es vivir
RSS - Blog de Gustavo Catalán

Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


Archivo

  • 06
    Abril
    2014

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Inmigración clandestina: una piedra en el zapato

    Seguimos, pasados los años y con Gobiernos de variado pelaje, entre la hipocresía y la improvisación. Sin ponerle el cascabel al gato (en esto no nos diferenciamos muchas veces de otros países o la propia UE) y actuando a salto de mata; un remedo de lo que se ven obligados a hacer los subsaharianos en Ceuta y Melilla aunque, en su caso, la mata pueda matar.


    A estas alturas parece ya superfluo insistir en el argumentario que avala una mayor permisividad o, por el contrario, el cierre a cal y canto, así que sólo unas líneas al respecto. Hay que estar muy desesperado para pagar por llegar a donde no se es bien recibido, y arrostrar a continuación una eventual inmolación por el señuelo de un interrogante. Sin embargo, proporcionar justicia y dignidad a todos los hombres, la asignatura pendiente durante milenios, pasa por el bolsillo: el de los gobernantes en los países de origen, cuya transparencia en la gestión de los fondos —siempre insuficientes— que reciben deja mucho que desear, o los nuestros, y es que una cosa es predicar y otra repartir el trigo que uno prefiere para sí y los allegados. Que el fin puede no justificar los medios es sabido, aunque convenga relativizar el aserto si es el propio bienestar lo que está en juego y, en esa línea, Nietzsche podría tener razón cuando afirmó, escéptico, que el mal y el bien son cosa de gustos. Al final, la anestesia —de nuestras conciencias, que no de las carnes clavadas en las concertinas— consigue convertir en actual el viejo dicho: ése de que lo más seguro es que depende.

    ¿Depende de qué? Pues de que la liberalización de las migraciones no comprometa el estatus de los oriundos, porque, frente al albur, volveremos a Nietzsche y su “no hay hechos sino interpretaciones”. Bajo ese prisma puede entenderse la afirmación de José Mª Rodríguez, cuando conseller de Interior, en 2006: “El descontrol fronterizo provoca la importación masiva de delincuencia”. No obstante, y más allá de los estereotipos al gusto de cada cual, tampoco se antoja lícito utilizar la moral para cargarse de verdad y enarbolar la tolerancia como razón última. Más que lamentar —que también—, se trata de intentar comprender, aunque de ello, como sucede con la lástima, tampoco se seguirá una solución al gusto de todos cuando todos, o siquiera una mayoría, aceptamos evidencias que se dan de bofetadas entre sí: la invasión migratoria tiene su razón de ser al igual que unas fronteras cuya custodia apuntala, en alguna medida, el bienestar del primer mundo.


    Bajo esa óptica dual, tiene lugar el interminable debate metafísico que, cuando esos miles —ahogados, ensartados…— transforman en físico con su tangibilidad, obligan a una incómoda definición que intentamos soslayar apuntando a lo accesorio. Así lo manifesté hace pocas semanas, en otro foro, respecto a los dedos acusadores que señalaban a quienes custodian vallas y fosos como responsables de una salvaguarda por la que se les paga. Matar al mensajero es lo más fácil cuando se pretende seguir en las mismas; en una carrera, entre el bienestar y el desastre, que preferiríamos no contemplar porque, cuando se muestra, cualquier cosa que se diga lleva el estigma del tópico. Incluida esa “vergüenza” de que habló el papa Francisco a propósito de la reciente tragedia de Lampedusa, pero que no ha modificado (y es que el sonrojo no es, en todo caso, cosa de ayer) las finanzas vaticanas o el cómodo estar de sus adláteres.


    De lo que se trata, en una opinión que presumo compartida, y aceptado que la discriminación por lugar de nacimiento va a continuar en los próximos decenios (sobre todo porque nos interesa a quienes vivimos en el lado cómodo), es de diseñar por consenso, tanto de los partidos políticos en cada Estado como por parte de los organismos supranacionales, una estrategia que concilie, hasta donde sea posible y sin que ello suponga golpes de pecho o recriminaciones para quitarse los muertos de encima —nunca con más propiedad—, riqueza y migajas. La organización Frontex, creada en 2005 por la UE y con medios de vigilancia desplegados desde Canarias a Grecia, no dispone del adecuado presupuesto para asumir un control trasnacional de los flujos humanos, aunque bien que se ha hecho con los de capitales. Las ayudas al tercer mundo han disminuido, Bruselas recuerda, al ser interpelada, que el control fronterizo es competencia de los Estados miembros y estos claman por directrices y compromisos comunitarios que les alivien siquiera frente a una ciudadanía cíclicamente conmovida. Por no saber, ni siquiera sabemos si quienes esperan para entrar, desde Marruecos y Mauritania, son ocho mil u ochenta mil.

    Fronteras las seguirá habiendo mal que nos pese, así como normas para su franqueo. Pero esto no puede ser, cada dos por tres, un Campo de Agramante. Verbal y físico. Un algo más de planificación, experta y explicada, y sin tirarse los trastos a la cabeza tras cada avalancha, no vendría mal. Como en tantas otras cosas.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook