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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 07
    Diciembre
    2013

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    Hasta las obviedades han perdido fuelle

    Hay deducciones y supuestos que se dirían obvios; al alcance de cualquiera y, sin embargo, asistimos a una relativización que obliga a preguntarse si acaso eso de que la realidad se ofrece en perspectivas individuales será aplicable sin excepciones. Por lo que vengo observando, podría ser que suceda aquí algo comparable a lo que viví hace bastantes años con un indígena lacandón, allá por Méjico. Les cuento.


    Durante la cena, se quejó de una molesta inflamación —ya no recuerdo dónde—. Me fui al cuarto, busqué en la maleta y le traje un supositorio de Voltarén. Te lo metes esta noche. No, comido no, por el culo, y si mejoras, mañana te daré alguno más. Al día siguiente, le pregunté. “Igual —me respondió—. Pero además dolió mucho. Y sangré”. Averigüé que se lo había introducido sin quitarle un envoltorio cortante como cuchilla de concertina, y si traigo el caso a colación es porque el pasmo que me produjo constatar que él no había caído en lo que yo creí evidente, se parece mucho a lo que ocurre hoy a mi alrededor con gentes presuntamente más duchas que el indígena en distinguir sustrato de envoltura, meollo de aderezo, lo cual certifica una vez más que son la ignorancia en unos, o las creencias y apriorismos en otros, los mayores enemigos de esas evidencias que se antojan diáfanas para la mayoría.


    Ejemplos de supositorios lesivos los hay a docenas, aunque bastarán unos cuantos para darles cabal idea de lo que quiero significar. Si se trata de aportar credibilidad a un partido, sintonizar éste con la sociedad a la que se debe, o siquiera salir alguien con bien de situaciones comprometidas, se advierte que lo obvio no parece tal para los actores. ¿A quién se le ocurre permitir que la Botella hable en público (“nuestra ideología ha traído los mayores avances a la humanidad”), representando unas siglas? Otrosí: resulta palmario, sin necesidad de personalizar, que nadie en sus cabales puede apostar por la cultura, visto lo visto, y auspiciar a un tiempo un gobierno de derechas. La frase de Goering: “Cuando oigo hablar de cultura quito el seguro de mi Browning”, podrían hacerla suya muchos de los actuales prebostes y, descendiendo al detalle, se diría que los de la Browning están tan pagados de sí mismos que no tienen empacho alguno en meter el supositorio, con papel de plata incluido, incluso por el trasero de su propia formación. Así, y en la línea del Trapitja, por traducir al catalán el informe PISA, pronto oiremos referirse al SIDA como Sidona, o a la migraña como la meva graña, máxime por ser cuestiones éstas en las que debe estar menos versada la consellera, si ello fuera posible, que en temas de educación. Y su partido, a lo que se ve, tan ancho y riéndole la nueva torpeza.


    Por otra parte, se conoce desde Aristóteles que no es necesario saber hacer una cosa para saber quién la hace mejor, aunque quienes gobiernan, y también la oposición, parecen creer que dejar con funda el supositorio y endilgárselo a la sociedad tal cual, puede jugar en su favor. A cualquiera se le ocurre que tildar de manipulados a cien mil manifestantes, sin excepción, ni tiene visos de ser cierto ni tampoco funcionará como estrategia, porque sólo evidencia una gratuidad que raya en la indecencia. No obstante, parecen querer subrayar en cada contingencia que no hay hechos sino interpretaciones, y las que hacemos una mayoría, visto lo visto, ellos se las pasan por donde ustedes suponen, aunque tampoco la oposición pueda presumir de hacer suyas las obviedades para darle una vuelta a la tortilla. Entre otras cosas, porque presentar como cabeza de la alternativa a un histórico que en su día colaboró más de una vez en metérnoslo con el papel, dice muy poco de su clarividencia. Y ahora proponen romper de inmediato los acuerdos con la Santa Sede. A buenas horas se despiertan.


    Parece incuestionable que ciertos temas de amplio recorrido —ley de educación, reformas sanitarias…— debieran ser fruto del consenso y no motivo de rifirrafes a cada vuelco político. Que a nadie capaz de diferenciar realidad de imaginación se le ocurriría auspiciar una Ley de Transparencia hasta ser capaz de definir el término y disponer siquiera de un ejemplo. Y, de atender a lo obvio, no intentarían seguir metiéndonos la Justicia —igualitaria, se atreven a adjetivar— por donde quepa, al tiempo que los mayores ladrones confían en que su pena se equipare a la del hurto en un supermercado. O esperan el sobreseimiento para irse de rositas. Y mientras algún fiscal se esfuerza en ejercer a la vez de defensor cuando hay sangre real de por medio, se nos advierte que el que denuncie, así sea mileurista, deberá apoquinar si pretende el amparo de una ley que se ha inclinado definitivamente hacia los poderosos.

    Duele, claro está. Pero es que, a día de hoy, las obviedades también dependen. En todo caso, no son percibidas de igual modo, como tuve ocasión de comprobar junto al lacandón. En lo que concierne a los partidos, deben tener, por así decirlo, el recto más laxo. Les cabe cualquier cosa sin un pestañeo. Y suponen que nos pasará lo mismo.

     

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