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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 03
    Febrero
    2013

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    EUROPA, ESPAÑA Y ESTA COMUNIDAD, COMO CÉLULAS

    Tengo el alma en confusión, como decía Sor Juana Inés de la Cruz aunque por otros motivos. Como cualquier ciudadano sin más experiencia económica que la de andar por casa (aunque sospecho que el alma de los expertos esté en igual perplejidad). No sé bien cómo hemos llegado aquí ni cuáles son las recetas para salir con bien.
    Que si la deuda, los impuestos y consiguiente reducción del consumo, los recortes, los corruptos y empalmados, las investigaciones internas auspiciadas por los propios sospechosos y que acabarán en nada, mejor salirse del euro o no haber entrado, como los ingleses… En éstas me debatía (no siempre, claro. ¡Menudo coñazo!) cuando, de pronto, ¡zas!: la iluminación en forma de célula eucariota y, si suena raro, pues dejémoslo sólo en célula. Pensar en ella y convertirme en un Saulo cualquiera fue todo uno; iluminado, y si no caí de rodillas fue por vergüenza torera. El destello se produjo nada más oír que estábamos frente a una “alteración sistémica”. Así dijeron. Una afectación global del organismo (social, en el discurso). ¡Tate! Permeables a tóxicos o cerrados a destiempo, creciendo mal, con aberraciones y abocados a la apoptosis, a la extinción en cuanto nos descuidemos. ¡Justo como una célula!
    Para que a cualquier mentecato se le ocurra luego decir que hay que separar ciencia de humanidades. Que se trata de dos culturas sin nada que ver. Pues miren: resulta que a través del símil he logrado hacerme una idea congruente de lo que significa la dichosa alteración sistémica en Europa, en España o aquí mismo, y que era, hasta la revelación, un auténtico desmierde. Desde estos días y a través de la biología, voy columbrando cuáles serían las acciones a ejercer, de modo que frente a tanta conjetura sin pies ni cabeza, la célula. No vayan a echarlo en saco roto.

    Fíjense bien: una membrana que la limita y es, como si dijésemos, su frontera, aunque pueda adaptarse según las circunstancias, fagocitar a Chequia, pongamos por caso, formar tejidos (Europa, las democracias occidentales…) o dividirse. También regula el intercambio de sustancias con el exterior (exportación-importación, flujos migratorios…), y de ella y su indemnidad depende, en buena medida, la supervivencia. En el interior, el citoplasma, es decir: todos nosotros con nuestras obras y desvelos. Somos quienes proporcionamos a la célula volumen y energía (ATP: “Actividad Total Productiva”) para la buena marcha del conjunto. Estamos también (como Ribosomas, aunque nadie nos llame aún así) en la extensa red de comunicaciones que se extienden por el citoplasma y comunican con el núcleo. En forma de tales, recibimos instrucciones del mismo y producimos lo necesario para la estabilidad: proteínas, IVA e IRPF, materia gris para un nuevo modelo productivo y también materia para el consumo.
    Por último y lo más peliagudo: el núcleo. Desde ahí se dirige toda la actividad. Una red de enmarañados cromosomas (políticos, banqueros y demás ralea, el Consejo Europeo y los Parlamentos, asesores y otras hierbas); un núcleo preparado para el intercambio con el citoplasma (faltaría más; en otro caso, ¿de que viviría?) y, merced al ADN (“Aptitudes para un Despilfarro Normalizado”), en teórica disposición de garantizar el futuro. ¿Qué ha sucedido en la que llaman enfermedad sistémica? Pues que al núcleo le ha dado por ir a su bola, sin interrelacionarse con el resto de estructuras como debiera y estaba en su programación. La ADN con mutaciones para ir a peor y los mecanismos de reparación bloqueados a causa de esas mismas alteraciones; los genes del desastre sobreexpresados y sin perrito que les ladre, la permeabilidad de la membrana abierta o cerrada sin ton ni son, los ribosomas a su aire, muchos sobreexplotados y seis millones, en vez de fabricar proteínas como debieran, en paro; la ATP en horas bajas, los cromosomas a la greña…
    En suma: el necesario equilibrio, celular o presupuestario, en riesgo porque los genes alelos (complementarios: política y banca, Gobierno y oposición…) no trabajan por un objetivo común y, entretanto, la célula pierde agua y competitividad, la membrana se agrieta y la ATP se deja a las ocurrencias del sálvese quien pueda. Y hay más: la relación con células vecinas se deteriora, los nutrientes no llegan o caen en los bolsillos de los protegidos de Bárcenas… La célula, que precisa de un núcleo indemne y operativo, se ha transformado en olla de grillos, sin que las consecuencias del trastorno del ADN sobre el citoplasma hagan prever que éste, acostumbrado a recibir órdenes, pueda funcionar de modo independiente y contrarrestar la corrupción nuclear.

    Sin embargo, un primer paso hacia el abanico de soluciones pasa por detectar la pluricausalidad de cuanto sucede; el dónde, el cómo y el porqué. Para ir más allá, habría que consultar a expertos en biología molecular, más adecuados que los agoreros. Pero anticuerpos los hay, así como irradiación u otras terapias selectivas para eliminar a tanto soplagaitas que ha hecho del núcleo su particular bicoca. ¿Ven como la célula orienta?

     

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