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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 13
    Julio
    2014

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    En pos de la secretaría general

    A día de hoy está en marcha la consulta, entre los 198.000 militantes del PSOE, para elegir entre los tres candidatos a la secretaría general (los señores Sánchez, Madina y Pérez Tapias), aunque el ganador habrá de ser ratificado, dos semanas después, en un congreso extraordinario. Los dos con posibilidades de alzarse con la mayoría (según una encuesta de Metroscopia, Pérez Tapias quedaba muy atrás en la aceptación) son jóvenes y preparados aunque de corta trayectoria, pero el partido y sobre todo la población, andan necesitados de algo más que lo expuesto por cualquiera de ellos hasta la fecha, sin novedad alguna reseñable y con unas energías, propias de la edad, que pueden haber empleado en buena parte durante el proceso; ocupados en ganarse el puesto en lugar de volcarse en un programa que ponga fin a la tradicional indefinición del centroizquierda para que los ciudadanos, sin importar simpatías ni adscripción ideológica, sepan de una vez a qué atenerse respecto a una formación que se desliza por el tobogán de la irrelevancia; a velocidad creciente y dejándose en el camino retazos de una credibilidad imprescindible para seguir siendo, como pretenden, alternativa de Gobierno.

    No quisiera pecar de pesimista e incluso preferiría equivocarme, pero hasta aquí, y por lo menos desde la segunda etapa de Rodríguez Zapatero, quizá no hayan modificado sus convicciones —aunque haya razones para dudarlo— pero a los dirigentes puede haberles ocurrido algo peor: que sus comportamientos no se atengan a ellas, lo cual, a más de éticamente reprobable, explicaría unas actitudes poco acordes con las expectativas que hace unos años generaban y que hoy muchos (¿cómo explicar, en otro caso, la hemorragia de votos que padecen?) de los otrora simpatizantes pueden haber relegado al baúl de los recuerdos. Con igual afán avistaba brotes verdes Zapatero que hoy Rajoy; en ambos casos se han manejado dineros públicos con escaso rigor (recuerden aquella subvención de 400 euros, en la anterior legislatura, sólo aplicable a quienes hiciesen declaración de renta; los ERE hoy…), y los presuntos socialistas desviaron la vista para no apoyar el aforamiento del anterior rey, aunque apoyasen el traspaso de la corona en coherencia, como es obvio, con su tradición republicana.


    De todo ello podría deducirse que han terminado por ser un partido en tránsito, cuando empezaron a ver las orejas al lobo, para acabar en lo mismo. Sin que hayan sabido, querido o podido huir de la simplificación que supone discursear a la contra, hacer bandera únicamente con los buenos propósitos y refugiarse en la retórica, la palabrería y los estereotipos (esas “verdades cansadas” que menciona Steiner) para disfrazar de cambio lo que no es sino continuidad, tan peligrosa para su porvenir que, aunque quien se lleve hoy el gato al agua pretendiese en el futuro un golpe de timón, pudiera ser que por toda respuesta obtuviese la que suelen usar metafóricamente en Venezuela: “Tarde piaste, pajarito”. El caso es que, con el final de Rubalcaba, no se ha vislumbrado brote verde alguno en boca del aparato o de los candidatos; no se ha insinuado siquiera la dirección del giro —pese a que el 90% de los afiliados desean un cambio respecto a la línea seguida hasta aquí— ni se ha mostrado una página nueva que permita suponer que, a partir de mañana, la vida, las vidas de tantos, volverán a importar más que el lenguaje con que las/nos distraen. O que las decisiones aireadas tendrán como objetivo a los teóricos destinatarios; que serán algo más que fórmulas para salir del paso y procurarse tranquilidad hasta el siguiente atolladero.


    Gane quien sea, tiene ante sí las esperanzas devastadas y, frente a ellas, los remordimientos por lo que no se hizo o aún está en el fogón a la espera de otro hervor, no sirven de nada. Y tampoco es que se trate de descubrir la piedra filosofal o presentarse perico de los palotes, una vez refrendado en el cargo, como la conciencia moral para lo que haya de venir. Para prender, no ya el entusiasmo —imposible a estas alturas—, sino tan solo cimentar alguna expectativa que sustituya de vez en cuando al conformismo quejoso, sería suficiente con que, de entrada, líder y equipo hiciesen creíble, sin lugar a dudas, que están por los derechos sociales más allá del verbo, por la justicia y la ética sin argumentación que valga: por simple vergüenza. Que dedicarán sus días a escarbar en la intrahistoria y de ella extraerán los gérmenes de sus propuestas, aprovechando pasados errores en próximas acciones.


    Eso es, creo yo y en síntesis, lo que la población demanda de cualquier organización que aspire a cohesionar las aspiraciones colectivas para un mejor estar y, por no restar trascendencia y posibilidades a lo que hoy está sucediendo, los espectadores, siquiera algunos, estamos dispuestos a refugiarnos bajo el paraguas de ese “escepticismo optimista” de que habla un filósofo social. Aunque, a fuer de sincero, cueste lo suyo.

     

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