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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 11
    Mayo
    2013

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    En Japón, como pulpo en un garaje

    Quiero creer que a Rudyard Kipling, el escritor, le faltaba optimismo histórico y fue presa de un bajón coyuntural cuando afirmó que Oriente y Occidente están condenados a no entenderse jamás. Puedo admitir que los hay aquí que trabajan como chinos, que la Thatcher y Mao tenían algo en común o que ese jovenzuelo que vocifera amenazas de guerra nuclear desde Corea del Norte se moderará con un par de hervores. Sin embargo, durante mi estancia en Japón llegué a sentirme como reza el título.


    El idioma tuvo mucho que ver, y no dejó de llamarme la atención que tampoco el inglés fuera de ayuda, porque ni taxistas ni muchos recepcionistas de hotel lo chapurrean siquiera y, en los restaurantes, el recurso a señalar la fotografía del plato elegido se convirtió en norma. No obstante, fueron otras las observaciones que hicieron patente que no hay lugares extraños, sino que es el viajero, el turista, quien lo es. A tal punto que, a partir de ahora, aquella Alianza de Civilizaciones que propugnaba con entusiasmo el señor Zapatero se me antoja, a más de deseable, con complejidades en las que no había caído antes.

    Orden y limpieza, o el atildamiento, merecen unas líneas. En el cruce de Shibuya, en Tokio, pude comprobar cómo es posible que mareas humanas, en direcciones opuestas, se entrecrucen sin el menor roce. Lo que por aquí supondría tropiezos sin cuento, es allí demostración de cómo el caos puede transformarse en orden con mayor gasto energético-educativo. A menor escala, los desplazamientos por escaleras mecánicas y cintas transportadoras ofrecen las claves del milagro. En Tokio todo el mundo se alinea a la izquierda y en Kyoto a la derecha (?), sin que sea imaginable la trasgresión. Ahora, transiten ustedes por las del aeropuerto, o suban por cualquier escalera del Corte Inglés, y ya me contarán.


    Por lo que hace a la vestimenta y en días laborables, la mayoría de los hombres en edad de trabajar visten como sólo se estila por estos pagos en las bodas: de traje oscuro y corbata. Y la pulcritud se extiende (quizá nos mirasen de reojo por eso, que no por occidentales) a las orejitas de conejo con que adornaban su cabeza algunas adolescentes, o a unas minifaldas que evidenciaban las torcidas piernas de muchas. ¿Por sentarse sobre ellas desde la infancia? —deduje—. Pues no: por un andar femenino y diferenciado del que es propio de varones, según me informaron con total seriedad.


    Cuanto más lejos se sale menos se aprende, sentenciaba Lao Tse, y es que, si bien en lo del traje no habríamos tenido mayor problema, sí en cambio para manejar con soltura unos váteres con media docena de botones que permiten —cuando avezado/a, supongo—, y ya resuelto el apremio, dirigir, de abajo hacia arriba, un chorrito de agua a la parte delantera de la entrepierna, a la trasera si prefieren, y trocar el agua en perfume para culminar el proceso. Tal vez ello explique la mayor afición allá por coleccionar bragas usadas, con aromas a voluntad de la usuaria tras su paso por el excusado.


    Hubo otros muchos interrogantes, aparentes contradicciones sin respuesta o apriorismos derribados. No deja de sorprender una política antitabáquica que impide fumar en la mayoría de espacios públicos al aire libre, pero menos restrictiva en bares y restaurantes, a diferencia de Europa. Y, por seguir con la contaminación, no conseguí aclarar si las mascarillas, a las que allí son tan aficionados, tienen por objeto prevenir alergias al polen (las usan en toda época) o evitar contagios cuando resfriados, aunque no dejase de sorprender que más de uno se la bajara para aspirar el humo de un cigarrillo tras la comida. Y si salud y limpieza informan sus comportamientos, llama la atención que existan plantas incineradoras de basura en la propia capital.


    La proverbial discreción que se les atribuye —la comunicación con algunas camareras, por su hablar susurrante, habría sido imposible incluso de dominar ellas el castellano—, contrastaba con el griterío de ciertas calles en las que los vendedores anunciaban sus productos; en las laderas del monte Fuji no alcancé a vislumbrar un solo cerezo en flor —uno de los reclamos que nos llevaron hasta allí en el mes adecuado—, y su natural amable, que pude constatar, contrasta con la actitud de un monje sintoísta que, según nos dijeron, cuando sorprendió a una turista tomando fotos en el interior del templo, pese a la prohibición, no se le ocurrió mejor solución que la expeditiva de arrebatarle la cámara y lanzarla al exterior. Sin mediar palabra.

    Me he traído conmigo otras cosas, claro está: unos pitidos que se dirían trinos de pájaros cuando el semáforo peatonal cambia a verde; el exquisito cuidado de los parques en que se emplazan la mayoría de los templos o esos árboles, mimados al extremo de cambiar su aspecto al de esculturas. Pero cosas así se explican mejor en muchas guías y, como sabemos, cualquier viaje (Manu Leguineche) da comienzo en una librería. Aunque vistas las que cierran, pronto no quedará ninguna para empezar.

     

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