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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 06
    Julio
    2014

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    El ruso nos dio la comida

    Pudo haber sido, ¡cómo no!, de cualquier otra nacionalidad, pero que fuera ruso significó algo parecido a llover sobre mojado a tenor de otra experiencia reciente que también tuvo su qué. En todo caso, aquí va el sucinto relato de lo sucedido y ustedes juzgarán.


    Los seis que nos habíamos regalado una semanita de vacaciones en la isla de Creta, recalamos ese mediodía en una de esas “tavernas”, junto a la orilla del mar, que hacen de la comida una delicia también por el precio, sin nada que ver con los que se estilan por aquí. Estábamos en el pueblecito de Plaka y frente a la isla de Spinalonga, que en tiempos fue leprosería y hoy sólo embellece el entorno. Y ocurrió que, a los pocos minutos de aposentarnos, tres a cada lado de la mesa (y la posición es importante por lo que vendrá), nuestro extasiado silencio se vio bruscamente interrumpido por la vociferante logorrea con que un sujeto enorme, calvo y en mi opinión feo hasta decir basta, se dirigía a nosotros desde la mesa aledaña. No entendíamos una sola palabra y los intentos por derivar hacia el inglés resultaron infructuosos; ni siquiera nos escuchaba, así que sonrisas de compromiso y varios conatos por iniciar una conversación que el verborreico gordo abortaba de inmediato. Dedujimos que era ruso al tiempo que el dueño del bar distribuía frente a nosotros las copas de cava. “El señor —anunció— quiere invitarles a una botella”.

    Su tono subido me recordó de inmediato el que había utilizado semanas atrás la hija de una enferma, también rusa, tras aportarme un informe clínico procedente de un hospital moscovita y para mí ininteligible de no mediar traducción. Le dije como mejor pude que llamaría a un intérprete aunque el proceso iba a llevarnos un par de horas y ni les cuento cómo se puso, los brazos como molinetes y tan agitada que por momentos llegué a pensar si podría llegar a las manos. En Creta, el generoso talante del obeso hombretón descartaba en principio tal eventualidad, aunque no cejaba en su empeño por imponer el monólogo en la creencia, supongo, de que socializarse en tierra extraña, y caer bien, pasaba por no ceder la iniciativa.


    Ignorábamos si pudiera tratarse de un bankster (ya saben: mezcla de banquero y gángster) por sus modos y los posibles de que hacía gala, aunque lo segundo, el bolsillo sin límite, parece ser norma entre los rusos viajeros, como se encargaron de instruirme en el departamento de recursos humanos del hospital respecto a la susodicha enferma. “No conviene que se enfaden —me instruyeron tras las quejas de su hija—: no tienen seguro alguno pero pagan lo que no está escrito. Y sin chistar”. Sin embargo, nuestro vecino de mesa sí lo hacía, lo de chistar; con vehemencia y, en los minutos siguientes, el general —información del camarero a la pregunta “¿quién coño es?”, aunque sin el coño en la versión inglesa—, el general, repito, pasó a mayores: pretendió que nos sirvieran los enormes pescados que tenía en su mesa, sólo empezados, a lo que el dueño se negó para no tener que anular nuestro pedido y, seguidamente, deslizó su brazo por sobre los hombros de mi esposa, de espaldas a él, en un gesto que anunciaba a las claras sus ganas de romper definitivamente las barreras idiomáticas y quién sabe si cualquier otra.


    Imaginarán la escena a poco que quieran. Yo, también de espaldas pero más alejado, mirándolo de soslayo y preguntándome cuándo y cómo debería intervenir; ella con cara de circunstancias y el resto, con ese “oye: ¿pero tú has visto…?” que parecía conminarme a pasar de la expectación armada a la acción directa. La cháchara con que nos seguía abrumando dio paso a la desazón: viajar es como el matrimonio y uno se equivoca cuando cree que lo controla, dijo en su día el escritor Steinbeck. Pero recobrar la compostura en este caso iba a significar levantarme, retirar su brazo y después cualquiera sabe. A mayor presión anímica, hacía pocas horas que, en el museo de Chania, ciudad cercana, había visto un cuadro en el que un barbudo y fornido cretense, durante la Guerra mundial, machacaba con una piedra la cabeza del alemán invasor. Afortunadamente no me vi en la tesitura de emularlo porque, a los pocos instantes, el putinesco general se levantó, presumimos que se despedía sin tomar aliento y, seguido de otros dos —sus guardaespaldas, supimos después—, se marchó en un enorme coche que le aguardaba.

    De preguntarme hoy qué me traje de Creta, pues las serpenteantes carreteras entre montañas, playas paradisíacas, el museo arqueológico de Heraclion y, por sobre todo ello, la moraleja. De aparecer un ruso en el camino de cualquiera de ustedes (y en estas islas es más que probable), tómenselo con calma; no pierdan los nervios y, en el ínterin, disfruten del champagne. Visto y oído sobre el poderío de quienes transitan por esos mundos, fuera de su país, seguramente será francés.

     

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