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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 20
    Julio
    2013

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    El pronóstico clínico del etarra Bolinaga

    En las últimas semanas se ha vuelto a cuestionar con insistencia la libertad condicional que le fue concedida a este miembro de ETA en septiembre de 2012, tras detectarse metástasis de un tumor renal del que había sido intervenido siete años antes, en 2005. Lo que motiva hoy esta columna es el empecinamiento de algunos por encarcelarlo de nuevo con argumentos, en mi criterio, más que dudosos.


    La deformación moral que permite a los terroristas —esos “patriotas de la muerte”, como los definió Reinares— justificar sus actos, es conocida y no mueve precisamente a la compasión. En el caso de Josu Bolinaga, el asesinato de tres guardias civiles y posterior secuestro de Ortega Lara le supusieron una condena de más de 170 años. Y nada que objetar. Sin embargo, y cumplidos ya unos cuantos, la excarcelación decretada por la Audiencia Nacional se basó en el informe de los especialistas (servicio de oncología del Hospital de Donostia), que indicaba la existencia de metástasis múltiples en pulmón y sistema nervioso central, lo que implica un pronóstico de vida inferior al año en el 90% de casos similares. La enfermedad, avanzada e incurable a día de hoy, precisaba de un tratamiento paliativo (se entiende así cuando no hay expectativa razonable de erradicar la enfermedad) que no podría controlarse adecuadamente en la enfermería de la prisión, lo cual fundamentó la decisión de la Audiencia.

    No obstante, y ya por entonces, se alzaron voces discrepantes. Manifestaron su desacuerdo, entre otros, Esperanza Aguirre o Mayor Oreja, seguramente por una concepción cartesiana de la relación entre pecado y penitencia que no deja resquicio, si no al perdón, cuando menos a la misericordia y aunque sólo fuese por hacer patente una moral social distinta a la del condenado. Asimismo, otros, con mayor implicación en los desmanes del asesino, también hicieron pública su disconformidad: los hermanos de uno de los guardias fallecidos acusaron al PP de complicidad con ETA, y la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) entendió la medida como afrenta, sentimientos todos comprensibles aun frente a ese rostro demacrado en un cuerpo devastado que es hoy el de Bolinaga, condenado por su enfermedad de forma, esta vez sí, inapelable.


    Que ciertas trayectorias no merezcan siquiera compasión, sobre todo para los allegados de las víctimas, puede entenderse y a saber cómo reaccionaríamos cualquiera de nosotros en su lugar. Pero de los organismos públicos y sus representantes cabe esperar mayor objetividad y reflexión, porque a eso voy: la fiscalía de la Audiencia recurrió en su día la excarcelación aduciendo que la vida de Bolinaga “no corría peligro patente” (?). Su afirmación se basaba en el dictamen de la novelista y forense encargada del caso, Carmen Baena, que sin examinar al enfermo declaró que no se trataba de una enfermedad terminal y podía tratarse perfectamente en la prisión. El mes pasado y a requerimiento de la secretaría de Instituciones Penitenciarias, visto que han transcurrido diez meses y Bolinaga sigue con vida, el mismo servicio de oncología emitió un nuevo informe en el que se ratifica diagnóstico y pronóstico, a pesar de que el enfermo haya mejorado discretamente con el tratamiento paliativo administrado (Sunitinib), que también ha causado complicaciones intercurrentes.


    Pues bien: la presidenta de la AVT, Ángeles Pedraza, no se fía de dicho informe, solicita de la Audiencia “un diagnóstico imparcial” y ésta, opuesta desde un principio a la liberación porque “ni era enfermo terminal ni existía riesgo de muerte inminente”, pide una nueva evaluación a Carmen Baena (quizá tampoco precise examinar al paciente) y que sea asesorada por oncólogos otros que los implicados, lo que hace suponer que se atribuyen a estos ocultas intenciones. Y para culminar la sarta de desvaríos, el fiscal de la Audiencia, Pedro Rubira, se despacha a gusto: acusa a los oncólogos firmantes de “falta de rigor”, porque “los pronósticos han fallado” y la supervivencia del etarra “lleva camino de superar todos los registros”.

    Pero vamos a ver: ¿con qué autoridad científica se pronuncian esos mindunguis? Si con la cautela que es exigible en razón de su cargo se hubieran asesorado adecuadamente, sabrían que el pronóstico se establece en términos estadísticos, y que una supervivencia más prolongada, en un pequeño porcentaje, no invalida la asunción de enfermedad terminal. Que una sobrevida algo mayor (más frecuente si ha existido un intervalo largo entre nefrectomía y aparición de las metástasis, como es el caso) no implica contubernio alguno entre especialistas y enfermo, y que los tratamientos paliativos, aunque de eficacia variable y siempre temporal, pueden prolongar la vida y mejorar su calidad en el tramo final, que es, precisamente, lo que se persigue. Porque incluso cuando se trata de un terrorista de semejante calaña, los médicos están obligados a echarle un pulso a ese infausto pronóstico que finalmente se cumplirá. Aunque tarde más de lo que a algunos, por adictos a la ley del Talión, parece que les gustaría.

     

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