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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 27
    Julio
    2013

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    El famoso: por qué y para qué

    De entrada, podrán pensar que a saber lo que dirá sobre el tema alguien que no es famoso. No se trata de estar o no legitimado, sino: ¡qué sabrá éste! Pero bueno: uno se cansa de oír las entrevistas veraniegas y esa extendida aspiración. “¿Cuál es tu mayor deseo?” Pues ser famoso o famosa, responden, así que también yo, como ciudadano martilleado, puedo hacer presunciones.
    Al fin y al cabo, los curas pontifican sobre la lujuria y supongo que experiencia, en el mejor de los casos… Bueno: vamos a dejarlo. En mi favor cuento además con que la fama, de tan ambigua, ni definición tiene al gusto de todos. La hay buena, rentable o miserable, y no es lo mismo ser famoso por Nobel que por Jack el Destripador o por tesorero de un partido. Encima, a saber cómo se cuantifica y objetiva. Decía Cèline —creo que lo he mencionado en alguna ocasión— que cualquier tonto del culo se mira en el espejo y ve a Júpiter, de modo que también existe el ego famoso. Pero quería referirme aquí, sobre todo, a la que proporciona popularidad y dinero en consecuencia, porque andar de boca en boca sin contrapartida no debe ser la que buscan los del famoseo. La que permite vivir como un Urdangarín cualquiera sin dar palo al agua.

    Claro que los hay con ganas de lustre sin más. Quizá muchos escritores estén en eso aunque digan que salir en los medios es una vulgaridad, que la creación exige libertad y la fama hipoteca ambas cosas. A saber tú, porque quienes así se pronuncian, o bien no han conseguido que les hipotequen otra cosa que el piso, o pueden jugar con la boutade como un millonario que se prodiga en la beneficencia. Así cualquiera, y es que la fama imagino que engancha. Aunque se disimule. Hace un par de años leí de un joven novelista, Dan Rodhes, que tras un libro de éxito fue incluido en la lista de los mejores autores británicos y anunció acto seguido que abandonaba la literatura. Pero no pudo, y firmó el siguiente con seudónimo: Danuta Rodhes. Fue ponérselo fácil a sus descubridores y candelero multiplicado, mira por dónde.
    Deduzco que buscar la fama es algo así como una vocación de mayor empuje que las de ingeniero o ministro. Porque además se pueden solapar. Si lo dudan, reparen en que las ansias por el aplauso y la página impresa (¡qué decir de la pantalla!) no son moda de hoy, y la cancioncilla rezaba: “Mamá, quiero ser artista…”. No corista, que hubiese sonado a muslos anónimos, sino artista, protagonista con todas sus benditas (de ahí lo de “rezaba…”) consecuencias. Más atrás, las luminarias de la antigüedad aseguraban que sólo el resplandor de la gloria sobrevive a los mortales, y aunque pretender la inmortalidad a través de la fama sea una apuesta de la que no se conocerá el resultado, incluso Unamuno, lo menos parecido a una aspirante a reina de la belleza, se dejó llevar con aquello de “Cuando yo ya no sea/ serás tú, canto mío”.
    Dicen que se arrostra cuando se ha logrado pero, mientras tanto, se persigue. Con esfuerzo intelectual u operándose arrugas o culo, procedimientos más expeditivos. Por dinero o halagos, por convertirse en referente aunque sea dándole nombre a una rambla o a fuer de desvergonzado (y a veces no es posible lo uno sin lo otro), pero, epónimo o simplemente procaz, la notoriedad debe aportar un plus, y si ser es ser percibido, como aseguraba un filósofo, va a resultar que se trata de un impulso primario el de querer ser qualcú, como se dice por aquí. Tan irrefrenable como una erección. Luego, cuando ya célebre más allá del barrio, vendrán las protestas frente a los paparazzi y apelaciones a una intimidad violada que hay que ver lo que enternecen en boca de Belén Esteban o Rosa Benito, por nombrar a un par. Otros, con mayores recursos y bagaje para lidiar con esa pesadilla que dicen ser la fama, saldrán con que una vez arriba, en la cúspide, lo único que puede pretenderse es bajar con dignidad y sin tropezar, o que el éxito otorga únicamente diploma de mediocridad o de ignominia.

    Si he de ser sincero, opino que hablar así desde la cima constituye una afrenta al común de los mortales, empeñados en escalar los primeros tramos aunque sólo fuese para darle un gusto al cuerpo en plan club Rasputín que debió costar lo suyo, y si se dice desde abajo suena a envidia cochina, de modo que unos u otros haríamos mejor manteniendo un prudente silencio, y cada uno en su casa que piense lo que quiera. Ignoro si será una vulgaridad, una grosería, perseguir la fama. Patético a veces sí, risible otras o admirable a tenor del esfuerzo que se ponga, pero pregonar las ganas, como solemos escuchar, es un ejercicio de sinceridad y de valor, porque debe ser un chasco insoportable aquello de Miguel Hernández: querer ser trueno y quedar en sollozo.
    Por eso, como un Bartleby cualquiera, yo preferiría no decirlo. Salvo que fuera a participar en aquel programa que hizo furor hace unos años: “Aquí hay tomate”. Y por la pasta.

     

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