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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 03
    Agosto
    2013

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    Donde no hay dioses, reinan los fantasmas

    Con el título, plagiado de un poeta, quiero aludir aquí a la evidencia que cualquiera de ustedes puede constatar y, para muestra, el debate parlamentario del pasado jueves. Reinan los fantasmas, nos gobiernan gentes con el común marchamo de la mediocridad y que se perpetúan desvirtuando una democracia que han sesgado a conveniencia. Si los resultados han de ser los mismos, apostaría a que, cuando menos, fueran mediados por gentes con carisma; unos metafóricos dioses que, cautivándonos, nos hiciesen más llevadera la travesía.
    Que los dioses no modifican la historia parece asunto demostrado; sin embargo, quizá fuera preferible un fantasma que hechice, a estos centenares con la grisura por distintivo. ¿Se imaginan ser liderados por personajes carismáticos? Individuos con magnetismo y capacidad de persuasión, imaginativos y cercanos, creativos, empáticos… Comparen esos rasgos con los que caracterizan a nuestros personajes públicos y es para echarse a llorar cuando asistimos a su titubeo o a un silencio medroso, a la solicitud de perdón cuando pillados en Botswana o con las manos en la masa, al oír su discurso monocorde, leído para no confundir verbos con predicados, conocer de la emasculación de un cérvido por aquello de aumentar la propia carga gonadal o escuchar al delincuente probado proclamar su satisfacción por la parca condena. Y no es esto, señores. Digo yo.

    Gobernados con carisma, no afirmaré que la Banca dejase de hacer su agosto o pasaran a ser historia las cuentas en negro pero, por lo menos, ser engañados con gracia (el arte de agradar es más difícil que el de engañar, aseguraba Madame Pompadour y Rajoy podría suscribirlo, aunque carezca entre otras cosas de miriñaque) acabaría con la previsibilidad y, en consecuencia, con el aburrimiento. Otro lenguaje corporal, inflexiones distintas y una mirada seductora, quizá anunciarían también nuevos recortes o el pase por el forro del caso Bárcenas pero, prendados y prendidos de ese carisma, el entusiasmo nos velaría la inteligencia al extremo de soportar el puteo brindando con Don Simón (nada de Cava, que una cosa es el ardor y otra distinta el bolsillo). Y es sabido que la sarna con gusto se hace más llevadera.
    ¿Ejemplos de líderes carismáticos? Piensen por un momento en una mezcla del Ché Guevara con Beppe Grillo; en Gandhi como presidente aunque fuese con vinoteca incluida, en un Chávez gallego y poniéndole a Merckel las peras al cuarto… Sin duda, y con independencia de sus logros, incluso los errores contarían con nuestra benevolencia; confiaríamos en una próxima ocasión para enmendarlos y no como ahora, que la cagada se les supone de antemano como a los militares el valor. Ya no sería necesario un esfuerzo continuado y estéril por entender cómo es posible hacerlo tan mal, y la aceptación se situaría más allá del análisis racional. Lo inverosímil se haría creíble y, con tal actitud, nos situaríamos a un paso de la felicidad. O quizá más cerca.
    Sin duda existen personajes con esos dones, pero de no nacer con ellos como es el caso de quienes nos rodean, tal vez fuera posible aumentar el atractivo. Aunque precisen de coach. San Pablo afirmaba que el carisma es una concesión del espíritu santo y, por si estuviera en lo cierto, prohibiría disparar a las palomas en cualquier tiempo y no sólo durante el cónclave para elegir Papa. Porque creo que líderes políticos con savoir faire son más necesarios que un Pontífice con gancho, cierto o supuesto. Pero no quiero dar más ideas, no sea que en lo sucesivo dilapiden la pasta, a más de los manejos que les son propios, en entrenadores personales que tal vez no precisarían de un excesivo esfuerzo ni excepcionales habilidades, porque convertirse en líder no pasa necesariamente por la solidez intelectual o la coherencia entre enunciados y acciones. Entre programa y hechos. Se puede ser un perfecto sinvergüenza tocado por la gracia, desde la cuna o aprendida; puede atesorarla un mentiroso compulsivo y arrastrar voluntades y votos estando incluso imputado más de una vez. O condenado. Baste reparar en Berlusconi, si acaso todavía podemos reconocerlo tras el bótox y los implantes, supongo que en este caso también parte de su carisma. O eso debe creer él.

    Lo que planteo, en definitiva, es la ventaja que supondría —asumiendo que el ninguneo siga como hasta aquí— ser siquiera seducidos, encantados, abducidos y cegados por el carisma. Por lo menos una emoción, un embeleso que nos hiciera olvidar las que nos están colando. Convendrán en que sería todo más llevadero. Suponer que pueda ocurrir con estos, es simple y pura quimera, lo sé, pero tenemos la fortuna de que aún no nos han hurtado la posibilidad de soñar. Veremos cuánto dura el poder suponer a alguien con chispa: un Montoro retrechero y jovial, un Rubalcaba renovado… Me temo que es poco el tiempo que nos queda y, a la vuelta de la esquina, todos fantasmas sin remisión: quienes nos gobiernan y sus eventuales reemplazos. De ahí esta columna. Por lo que pudo haber sido desde una Transición que prometía más.

     

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