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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 05
    Mayo
    2013

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    Dietas para el Bikini

    Una pesadilla esto del bikini. Por amenazador incluso cuando aún en el armario, porque es pensar en él y, según me cuentan ellas, muchas de ellas, pasar de inmediato a la servidumbre de la apariencia. Al agobio del propio pellizco apreciativo, en la cintura y a hurtadillas. Me refiero a las mujeres porque en ellos es prenda inusual y, además, por lo visto y estadísticamente probado, no parece que unos centímetros de más en barriga o flancos vayan a quitarles el sueño.


    El caso es que, desde hace años y si algún día fueron ciertas, esas tres cosas que según Plá más gustaban a los hombres: el vino dulce, la ópera italiana y las mujeres gordas, han pasado a ser historia. Carver, un excelente cuentista, relataba hace años en uno de ellos que el marido conminó a la esposa tras regresar a casa; debía adelgazar sin falta porque el día anterior oyó en el bar a algunos, ajenos a su presencia, comentar que tenía un culo excesivo. La mujer debió seguir el consejo sin rechistar porque, pasado un tiempo, él volvió a la tasca para comprobar disimuladamente si los del corrillo habían cambiado de opinión. Lo más probable es que, de ocurrir hoy, la buena señora lo hubiese mandado a hacer puñetas y con toda razón, lo cual no sería óbice para que ese mismo trasero, frente al espejo, la trastornase ante la inminencia del bikini. La dieta no sería impuesta aunque, a la postre, quizá fuera preferible a tener que optar por su cuenta entre las que se anuncian. Porque a eso voy: que la premura por recobrar la línea no suele ser buena consejera y, tratándose de régimen, cualquier chapuza es posible. Si lo dudan, adviertan las que se publicitan.

    En general, las llamadas “dietas de desequilibrio” gozan de gran predicamento entre las féminas, sordas a cualquier reparo frente a la promesa de rebajar michelines en cuestión de días; de horas y, por conseguirlo, las “dietas milagro” se llevan la palma. Para los menos enterados, convendrá aclarar que una dieta saludable debería aportar entre 500 y mil kilocalorías menos de las necesarias para el gasto energético, aunque manteniendo las proporciones entre azúcares (50%), grasas (30%) y el resto en proteínas. Sin embargo, serán las menos quienes se ajusten a unas premisas sanitarias que resume de maravilla (y me perdonarán, siquiera por esta vez y sin que sirva de precedente, una zafiedad) la llamada dieta del cucurucho: comer poco y follar mucho. Pues frente a ella, sencilla y placentera como ninguna otra, una plétora de regímenes que adelgazarán, sí, aunque no de la forma aconsejable y que entrañan por añadidura riesgos para la salud, cuando lo que se pierde es de preferencia glucosa y masa muscular en lugar de grasa, el verdadero objetivo.


    Para ejemplos que no debieran seguir, ahí tienen, entre otras que andan con éxito de boca en boca —obviándose la evidencia de que mantenerla cerrada el mayor tiempo posible es la mejor opción frente al sobrepeso—, la dieta Dukan o la Atkins. En la primera sólo se permite la ingesta proteica, aunque no se advierta que, en ausencia de glucosa, la excesiva metabolización de grasa y proteínas puede aumentar los niveles de cuerpos cetónicos y ácido úrico, con el consiguiente riesgo renal. Igualmente, en la de Atkins las proteínas suponen el 90%, aunque más llamativa si cabe, por lo insólita, es la que llaman “dieta de la luna”. Se trata de ayunar, durante 26 horas, precisamente cuando ésta cambia a cuarto creciente y, aunque no sepa exactamente el porqué, algo tiene que ver con las mareas. Si el satélite es el causante de las mismas, atraerá también a los líquidos corporales y, por su influjo, adiós a los odiosos michelines. Y a la celulitis de los muslos, si me apuran.


    Meterse en el dos piezas cuando llega el calor, dota de nuevo sentido a la frase del filósofo y si, como afirmaba, ser es ser percibido, con la prenda en cuestión parece que la concentración del ser, la identidad, tiene lugar en las zonas de destape; las percibidas, vaya, así que muy bien podrían cambiar el nombre a las dietas milagro, que pasarían a denominarse “el negocio del ser”. Con mayor propiedad y también con más gancho. Y ya ni les cuento si al marketing se lo espolvorea con un algo de macrobiótica (aunque sólo sea mencionar a la tal, sin entrar en más detalles) y se saca a colación, siquiera también de pasada, el traído y llevado reequilibrio energético que a muchas las vuelve locas. Porque contraponer el yang al ying será todo lo esotérico que quieran y quien entienda realmente de qué va la cosa puede tirar la primera piedra, pero aunque sólo fuese para que el tránsito hacia el cuerpo filiforme se haga más llevadero, no vendrá mal el ying como respaldo, máxime si es a la luz de la luna y en cuarto creciente.

    Y luego alguien afirmará (Coetzee) que el cuerpo dice siempre la verdad. Así, sin más, me parece insuficiente en cuanto al asunto que nos ocupa. La verdad es lo que ha ocurrido antes, semanas o meses antes de tumbarse en la arena. Hoy mismo. Y eso, demasiadas veces, no se contará por frustrante. O por extravagante y peregrino.

     

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