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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 21
    Septiembre
    2014

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    Descendientes del mono. parientes del tigre

    Así es nuestra genealogía: la de unas bestias dotadas de razón como apuntaba Schopenhauer haciendo gala de su natural optimista y, no obstante, parece que estaba en lo cierto vista la historia.


    Me he entretenido, espoleado por los actuales conflictos, en averiguar cuántos ha padecido la humanidad desde que existe constancia escrita y leo que, en cinco mil seiscientos años, nada menos que 14.600 guerras de las que se tenga conocimiento. Y no se contabilizan las de hoy, aunque con las de ayer, como quien dice, baste para hacerse una idea. Casi 200 conflagraciones en medio siglo: desde los años cuarenta a los noventa. Y fallecidos por millones (el 80%, civiles sin arte ni parte). Admitirán conmigo que eso de que la guerra ya no se declara sino que se prosigue (Ingeborg Bachmann), define perfectamente el estado de la cuestión. Y que la paz, jamás universal —y la territorial en precario equilibrio—, es sólo un interregno para tomar aliento.


    ¿Por qué suceden? Pues hay razones, o excusas, para todos los gustos, aunque ni siquiera se precisa de alguna, más acá de la mentira, para armar la de San Quintín. Y es que la violencia (estratégica, por miedo a lo que pudiera estar maquinando el otro, por interés y defensa del propio estatus…) parece inherente a esta coexistencia nuestra siempre en precario. Milicia contra malicia, que decía Gracián. Y así seguimos, aunque esa malicia pueda ser también la propia y ninguno de los motivos aducidos excluya necesariamente cualquier otro que se nos pueda ocurrir. “No peace beyond the line”, amenazaba el pirata Drake; no habrá paz más allá de la línea que marca, en cada ocasión, quien tiene la sartén por el mango y también, a poco que se le analice, con algo de corsario. En cuanto a ejemplos, convendrán en que, entre los miles conocidos, hay dónde elegir. Ciñéndonos al tiempo de nuestras vidas, terrorismo aquí o allá y al amparo de cualquier peregrina bandera; el choque de trenes que nos vienen anunciando a pocos quilómetros y, más lejos, ahí está Siria, Irak, el holocausto en la franja de Gaza, Ucrania o el reciente golpe militar en Tailandia, la verborreica agresividad del mandamás en Corea o la bomba de relojería en esa Venezuela de Maduro.


    Puede tratarse de guerras explícitas o las más hipócritas “intervenciones humanitarias”, que así designaron al bombardeo sobre Serbia; adornar la matanza con objetivos que conciten la adhesión internacional o esgrimir nuestra ignorancia para deslegitimar el juicio que nos merezcan. ¿Recuerdan el contubernio de las Azores y las supuestas armas de destrucción masiva que almacenaba Husein? En ese caso, resultó de rabiosa actualidad lo que alguien dijo allá por el siglo XVIII: que la opinión pública puede ser la peor de las opciones. Por lo demás, y también archisabido, los países poderosos siquiera en armamento, no precisan de argumentación alguna más allá de la farfolla y se pasan la legalidad internacional (¿?) por donde suponen. Así viene ocurriendo con Rusia, el Estado de Israel y, en cuanto a los Estados Unidos, su papel como guardián del orden mundial se subordina a cálculos en virtud de los cuales han podido aliarse con una dictadura (Trujillo), derrocar un régimen para imponerla (Pinochet) o apoyar aquel golpe de Estado (Suharto, 1965) que causó un millón de muertos.


    Seguimos, por resumir, en la línea que dibujan esos cinco mil y pico años de historia escrita, por lo que esperanza en un futuro distinto más bien ninguna y, por lo mismo, convendrá tranquilizar nuestras conciencias y reducir la frustración apelando a cualquier subterfugio. A la postre, ya advertía Heráclito que todo proviene de la discordia; que sin contrarios no hay progreso o, sin ir más lejos, la propia polémica, en el meollo del conocimiento humano, deriva del vocablo “polemós” (guerra, en griego). ¿Se dan cuén, que diría Chiquito de la Calzada? Y no olviden que la guerra (Mark Twain) es el modo que tiene Dios de enseñar algo de geografía a los americanos, y no están precisamente los tiempos como para boicotear la educación. Ya basta con el TIL.


    Concluirán conmigo que llevamos la violencia en nuestros genes desde que bajamos de los árboles e incluso antes, así que, si son presas de la indignación y se preguntan cómo puede justificarse un genocidio, asesinatos masivos por controlar las fuentes de energía o manipular los sentimientos por pura y simple conveniencia, reparen en que hemos progresado. Siquiera algunos. ¿O no? Si se cuentan entre los afortunados, bastará con que miren hacia otro lado. ¡Que se distraigan, caramba! Y es que bastantes pejigueras nos trae la vida como para buscarse sufrimientos adicionales. A este paso, llegará el día (Unamuno) en que nos asesinemos con la quijada de un asno, pero ya sería mala pata que fuéramos las primeras víctimas del huesazo. Hay otros muchos que irán delante como podemos comprobar a diario, de modo que, si me apuran, ¡vaya suerte!

     

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