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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 15
    Junio
    2014

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    Democracia y concentración: una antinomia

    La democracia supone pluralidad, siquiera por el número de participantes con distintas perspectivas; entraña intercambio, consensos revisables a través de las urnas y sin embargo, mientras se glosan sus excelencias, asistimos a una dinámica en pos de la concentración, del oligopolio para sumar poder que, cuando cristaliza, se da de bruces con una libertad que supondría uno de los mayores logros de la modernidad social.


    La tendencia no es cosa de hoy. Desde las tribus al feudalismo y más acá de la Ilustración, siempre han existido sumisiones obligadas hasta que la política pareció acatar los dictados de la ciudadanía. Pura falacia y un simulacro.

    Jamás hemos dependido tanto de las fuerzas políticas, fuerzas que parecen pura insania, escribía Ana Arendt en Los orígenes del totalitarismo y, desde entonces, éste ha aprendido mejores disfraces para ejercer de tal bajo la apariencia de acuerdos que se proclaman incluso antes de haberse planteado pregunta alguna. Esa es la cuestión: que el mundo es cada vez más aldea con menos y más poderosos caciques; que la red de subordinaciones —la “subalternidad” gramsciana— se ha extendido al extremo de abarcar las manifestaciones marginales e incorporarlas para hacerlas parecer exponentes de libertad, y que la globalización, en suma, tiene todos los visos de transformarse en agujero negro; una fuerza centrípeta que asimila incluso los flecos de las utopías y más allá.

    Aquí y allá que da lo mismo, porque la localización carece de sentido cuando la única fuerza es la de los hechos y las ideas sólo tienen valor si pueden transformarse en dividendos. De no ser así —léase justicia o derechos humanos—, se deja que coleen para distracción de visionarios y ONG. La ética queda como tema de tesis para los licenciados en paro y es que, como bien apuntaba el cura Gaetano en la novela de Sciascia, los grandes beneficios hacen desaparecer los grandes principios. Capital y política se fusionan (una muestra paradigmática de la concentración que centra esta columna) y, por vender la imagen que mejor se adecue a sus designios, inventan actitudes y lenguaje para el espectáculo de la manipulación. Ahí tienen ustedes la ley de transparencia (?) promovida por el PP, uno de los partidos en Europa con más casos de corrupción en sus filas, aunque los dineros, en los cimientos de las estructuras democráticas, campen por doquier. Reparen en las guerras por el petróleo, o en Berlusconi y secuaces, un excelente ejemplo de podredumbre institucionalizada.


    ¿Cultura como antídoto de la alienación? Pues no sé yo… Información y gustos, incluso el estético, son objeto de negocio. La difusión del texto o la imagen responde a intereses corporativos y del capital financiero: la global class, que hace de la libertad un espejismo y convierte cualquier conato de emancipación o cambio en agua de borrajas. Si en algo acertó a mi juicio el denostado Fukuyama fue cuando afirmó que las pasiones se han cambiado por los intereses, y en ese contexto, apreciado lector, los suyos o míos tienen la relevancia de lo despreciable; de lo inexistente en el concierto que dirigen unos pocos, pero con medios para encauzar el torrente de la historia en la dirección preconcebida. Poco más de 200 empresas, leí, controlan más de un tercio del comercio mundial, y en ellas ni siquiera los accionistas juegan papel relevante alguno; son los dueños quienes diseñan para todos nosotros aunque permitan simulacros democráticos, y si ha de cambiarse la ley Bossi para que los desastres de Lampedusa dejen de excitar las conciencias, lo harán sin duda siguiendo también a Lampedusa y aquel “algo debe cambiar para que nada cambie”.

    Tendemos a sentirnos satisfechos cuando suponemos garantizados los derechos civiles: justicia, derecho a la propiedad, a la libertad de expresión… Y al tiempo asistimos impotentes a su derrumbe, fruto de la concentración que menciono. La alianza de política y realeza posibilitó que un fiscal se convirtiese en defensor de la Infanta para intentar evitar su imputación; el derecho a la propiedad lo dirime la banca y, por lo que hace a la libertad de expresión, se subordinará a los manejos de los partidos en el Gobierno sobre las cadenas de televisión o los periódicos: cerradas, censuradas o amenazados de quiebra merced a una publicidad institucional graciable y compensatoria de fidelidades o silencios. Se nos seduce con la defensa del “sujeto colectivo” mientras que, con tal añagaza, se lamina al sujeto individual. A millones de ellos. Y la concentración sigue, en aras de una eficacia que no nos concierne: concentración político-judicial, político-educativa, económico-religiosa (basta con dirigir la vista al Vaticano), médico-farmacéutica, concentración editorial (menos de 40 empresas concentran dos tercios del negocio, mientras que el tercio restante se reparte entre más de 800) o de la delincuencia, gestionada con criterios empresariales. Y frente a todo ello, ¿alguna alternativa? Vale la pena pensarlo, porque nos jugamos el futuro y, aún más preocupante, el de nuestros hijos. Abundaré en el tema la próxima semana.

     

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