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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 23
    Noviembre
    2013

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    Del haz al envés por una palabra

    Saben ustedes que somos por la palabra. Las palabras crean realidad, aunque puedan oscurecerla si alguien —o muchos— se empeña, como apuntaba Fernando Aramburu, en hablar por el orificio equivocado. Para comprobarlo basta escuchar a nuestros salvapatrias, aunque hoy quiero aludir a otra modalidad comunicativa: la que subvierte la frase habitual, esa que parece asentada y, con un ligero cambio, intenta y a veces consigue otra esencialidad.

    No me refiero a aforismos, y lejos de los tópicos. El recurso parte si quieren de la frase hecha, del estereotipo y, con un leve giro, a veces la sustitución de una sola palabra, abre otra perspectiva que cobra grandeza por su propia génesis. Se ha dicho que no se inventa nada si no es urgido por la necesidad, e ignoro si esto sucede en quienes utilizan el truco; tal vez algunos sólo persigan la originalidad y en otros ocurra una súbita iluminación expresiva. En cualquier caso, la técnica —si puede llamarse así— me llama la atención desde hace años, al punto de haber guardado unas decenas de ejemplos y referiré algunos por ver qué les parecen. A mí, desde luego, los hay que en su día me encandilaron y lo siguen haciendo cuando vuelvo a ellos.


    Para entendernos: entre “vamos a joder a los pobres” y “los pobres nos van a …”, sólo media una diferencia de orden que da un vuelco total al sentido, ¿no? Pues, en esa línea, otros hallazgos de mayor enjundia (o tal vez no) y con relación a los temas más variopintos. Así, y referidos a nuestra relación con el entorno, vean: “No se trata de que recuerdes, sino de que los lugares no se olviden de ti” (María José Obiol), porque “a veces nos parecemos a esos que salen a la calle a fatigar la ciudad” (Gomá Lanzón). ¿Se percatan? Uno diría que se busca el envés de lo sabido para así enfrentarnos a otro paisaje. No sé si, convertido en hábito el de intentar que algunas frases se muerdan la cola, se da razón a Descartes (“todo lo que se concibe claramente puede enunciarse con claridad”) o todo lo contrario con según qué ocurrencias, aunque me he topado con algunas que juzgo brillantes. Y otras no tanto.


    Por empezar con algo y sobre la palabra, esa que citaba al comienzo, puede decirse casi de todo: “Este silencio es, otra vez, la palabra” (Eduardo Moga en uno de sus poemas), o “las palabras carecen de significado” (Antonio Gamoneda). ¡Hombre…! Me parece que no casa con el rigor ponerse tan exquisito para dejarnos boquiabiertos. No obstante, leer que “la poesía escribe al poeta” (Louise Erdrich) me dio que pensar, al igual que Muñoz Molina cuando afirmó que “uno no escribe para contar lo que sabe, sino para saber lo que cuenta”. Llegado aquí, advierto que lo que estoy contando puede ser un tostón y entenderé que muchos cambien de página. Para los otros, si acaso quedan, algunas perlas más, como la de Borges terciando en el eterno debate sobre la dificultad de traducir una obra: “A veces el original es infiel a la traducción”, y en cuanto a la mera transmisión, “lo importante no es decir algo nuevo, sino decir de nuevo algo” (Wittgenstein). Se me ocurre que algunos tratan de conseguir que “la palabra sea/la cosa misma, /creada por mí nuevamente” (Juan Ramón Jiménez).


    ¿Más ejemplos de cómo puede electrizarse lo sabido, a veces cambiando sólo verbo o sustantivo? Pues vean, alumbradas en estos pagos, lo que ya se conoce de antiguo: que la originalidad no consiste en decir cosas nuevas, sino en decirlas como si nunca hubieran sido dichas. Mediten en que “el que se aferra a la fama suele morir infame” (Cristóbal Serra); los hay que “nunca se dan por vencidos, porque no tienen nada que ganar” (Matías Vallés) y, desde una perspectiva más ontológica, otras para recordar: “No sobrevivimos a los otros, sino a nosotros mismos” (Lobo Antunes), “el mundo se divide en dos mitades, los que tienen fe y los que dan fe” (Virgilio Piñera), o “la cuestión no es pensar lo que se vive, sino en cómo hay que vivir para poder pensar” (Ricardo Piglia en El camino de Ida).

    De haber reflexionado Rajoy sobre algo de lo anterior, podría haberse hecho más verosímil cuando compareció para explicarse sobre el caso Bárcenas. En lugar de “sus medias verdades (las del tesorero) son falsas”, lo cual es conceptualmente incomprensible, haber cambiado, por el mismo precio, a “sus enteras mentiras son ciertas”. O transformado el “no me voy a declarar culpable porque soy una persona recta…”, en “me voy a declarar inocente porque no soy…”. ¿Se dan cuenta de que pequeñas modificaciones pueden llevar muy lejos en la credibilidad?
    Siguiendo con el presidente, muchos habríamos agradecido esta revolución del lenguaje, aunque nunca deba sustituir al lenguaje de la revolución (Jesús López Pacheco). Eso, si acaso este Gobierno sigue empeñado en que nos planteemos alguna que otra vez tal posibilidad, urgidos por la constatación de que “sus obras perfilan nuestras vidas, que no a la inversa como debiera ser” (el autor de ésta, un servidor).

     

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