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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 15
    Febrero
    2014

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    ¿Del e-cigarrillo al e-xisto?

    Nadie en su sano juicio pondrá a estas alturas en duda la contribución de la tecnología para mejorar nuestras vidas. Y continuará aportando ventajas más allá de la travesía del desierto que ha impuesto este Gobierno a la investigación científica, en beneficio, entre otros, de banqueros y politicastros en ejercicio o excedencia.


    Pese a ello, algunas novedades, determinados avances y alternativas a lo que pronto se juzgará como propio de la protohistoria, despiertan, junto a la curiosidad e incluso el entusiasmo, cierta inquietud que algunos, quizá presos de los hábitos y faltos de perspectiva, no podemos evitar y, si me apuran, tampoco razonar. Eso es lo que subyace cuando en ocasiones, la mirada perdida, sentimos un amago de añoranza por los tiempos que fueron y que no han de volver. Morriñas inconfesables so pena de ser tildados de dinosaurios, pero así son las cosas y qué quieren: aunque sea por una vez y casi en secreto, apetece explayarse y confesar, siquiera en voz bajita, que me sentí vibrar en sintonía con el novelista Don DeLillo cuando escribió que la tecnología es la naturaleza desprovista de lujuria.

    Y por establecer un principio para la reflexión, aunque la digresión suene a carcoma desde ese mismo principio, me parece que con el título de la columna basta y sobra. El cigarrillo electrónico ha sido el detonante, porque evitará cuantos carcinógenos quieran y puede ser de ayuda a quienes decidan abandonar el hábito o pasarse al remedo con armas y bagajes, pero atender a la carga de la batería, apretar el botoncito para aspirar, contemplar ese líquido amarillento y de aspecto viscoso que queremos hacer pasar por tabaco, y sostener en suma entre los dedos un artilugio metálico que quisiéramos pitillo, tiene un algo de patético que mueve a la compasión. Sucedáneos útiles, de acuerdo; simulacros y mentirijillas que en ocasiones cumplirán su función e imitaciones que suplirán incluso con ventaja la realidad que conocimos, pero será una realidad suplantada por la electrónica y que, por mucho tiempo, seguirá desprendiendo aromas de nostalgia.


    Puesto a divagar, no me cabe duda alguna de que la evolución socio-técnica, la era digital, nos abre nuevos mundos, aunque en paralelo no pueda uno hurtarse a antiguas remembranzas: de cuando, a falta de café, querían darnos el pego a base de achicoria. Tal vez la electrónica nos anuncia lo que llegaremos a ser; algo parecido a una anticipación del ciborg que se contempla confuso, sin alcanzar a elucidar quién es ahora y en qué medida ha sido suplantado, al tiempo que esa realidad que afirmaba su identidad ha mudado en virtualidad más operativa, más eficaz, pero también por polivalente, compleja y mudable, capaz de entrecomillar las viejas seguridades que en su día fueron referencias.


    No es tan sólo que los límites se revelen hoy inciertos, y que en la diferencia que media entre fumar o apretar un botón se hayan difuminado las certezas; es que, por extensión, en cada circunstancia cabría plantearse dónde está la frontera, y si el afianzarse para consolidar esa identidad que, como sabemos, se ha construido sobre renuncias y conquistas, es posible como antaño o bien deberemos desde aquí apoyarnos en los “e”, espejismos prestos a la mudanza. ¿La realidad es hoy otra? ¿De qué está hecha? De palabras, decían antes. Ahora, tal vez de sólo una letra; de la omnipresente “e” y, en el fondo, de bits. He oído por ahí que uno puede estar “en remoto” (?); existen comunidades virtuales, nuestros archivos se guardan “en la nube” y las interacciones, antes con base presencial, hoy en día se extienden a través del ciberespacio (¡Qué vértigo!) sin precisiones de edad, sexo o garantías de existencia en carne mortal.

    Al igual que el papel se bate en retirada frente al e-book, nuestros enfados y reivindicaciones habrán de morderse la cola y buscar acomodo en el propio hígado a falta de interlocutor con perfil reconocible. ¿A quién culparemos de los fiascos? ¿Al disco duro? ¿Al interface? Porque lo que es face, con cara y ojos, se acabó y también pasó a virtual. Y de no funcionar el e-cigarrillo, ¿será la batería o el vaporizador? La comprensión tiene para cada quién una barrera y ahí empieza la fe, que decía Kierkegaard. Habrá que apoyarse en ella para apreciar como reales el e-abrazo o la e-conversación, y eso por no mencionar otros aconteceres que su primera letra anticipa como próximos logros: el e-rotismo o la e-rección.


    Sin embargo, es propio de conservadores sin imaginación denostar del futuro para aferrarse a la mediocridad; para eso ya tenemos a los del PP y sus recortes en investigación, así que, pese a todo, adelante con los faroles. Siquiera por no parecerse. Y si el e-rotismo o lo otro se convierten en metáfora de lo que conocimos, quizá tengan contrapartidas que nos transporten al séptimo cielo. Mejor planteárselo así, porque a la “e” no hay quien la pare. Y de no gustarnos lo que resulte, siempre nos quedará París.

     

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