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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 20
    Octubre
    2013

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    ¿De qué bares es usted?

    Esto de la identidad suele dar pie a la grandilocuencia o a ocurrencias con variable fundamento; así, hay quien afirma que somos de donde nacemos, de donde morimos o incluso del lugar donde cursamos —quienes lo hicimos— el bachillerato. Con la misma o mayor justificación, estoy convencido de que algunos somos, sobre todo, de los bares que hemos frecuentado. El apego por ellos o su recuerdo permanece a través de los años, y si es cierto (Aleixandre) que la memoria de un hombre está en sus besos, también incluye algunos bares donde estos pudieron tener lugar.


    Escenarios de carantoñas, almacenes de nostalgias, testigos de jolgorios o dubitaciones frente a ese gin-tonic de media tarde que ha popularizado Millás, los bares, tan variados en su pelaje como puede serlo nuestra propia historia, la han acogido y aún lo siguen haciendo, al extremo de que no hay salida que no incluya alguno siquiera para un café. Y cuando retrocedo sobre mis pasos, pasado el tiempo, el magnetismo que pudieron ejercer antaño se acrecienta y me devuelve a ellos sin remisión. Las líneas que siguen transcriben las notas que tomé tras sentarme en el “Bar Alegre”, en Barcelona y junto al hospital donde trabajé unos años. Haría treinta que no había vuelto a aquella esquina donde solíamos comer los por entonces Residentes; tan cutre el lugar y precario el condumio, que lo conocíamos como “La lepro”, en alusión, ignoro por qué, a una leprosería. ¿Ya no está Julio? —pregunté al joven de la barra—. ¿Julio? —respondió mirándome con curiosidad-: se jubiló. Antes había ahí una mesa larga donde solíamos comer —le informé—. Sí, tal vez… Yo no la he visto nunca. ¿Quiere tomar algo? Y así lo hice, ¡faltaría más!, al tiempo que juventud y amigos de entonces volvían conmigo.


    En la ciudad hay algunos otros más emblemáticos para mí que la Sagrada Familia o las Ramblas. Al otro lado del hospital, el bar Trencadís para una amanida o un entrepá de fuet de Vic y, casi en el extremo opuesto de aquella Barcelona, el Czibor, hoy con otro nombre, era una parada obligada durante el noviazgo. Bares para ahogar el pasado o recobrarlo, para pensar el sentimiento o sentir el pensamiento, que diría Unamuno… En la Figueras de mi adolescencia sigue abierta la cafetería París que mi madre frecuentaba. Y, para el ligue, el Astoria. Suelo pasar por ambos cuando voy por allí, e invariablemente por aquella mezcla de tienda y chiringuito, frente al Instituto, donde podíamos comprar sueltos los cigarrillos Bisonte. Si algunos de entre ustedes han leído la novela de Modiano, “El café de la juventud perdida”, recordarán el bar Le Condé, parada obligada de la bohemia. Quizá, por no haber pertenecido a esa tropa, falta en mi listado su equivalente, esparcido entre otros muchos que me contienen.


    Locales para estrujar la vida y para soñarla, ideales algunos para planear un viaje y otros para recrearlo durante o tras el regreso. De Oporto, cualquiera junto al río. Si vas a Madrid, he aconsejado, alójate en la Plaza de Santa Ana, repleta de bares. Todavía recordamos, con mi mujer, aquel sabroso rabo de toro junto al puente de Triana, e Isfahan se resume en un mágico atardecer, sentados en la terraza del bar que dominaba la gigantesca explanada. Sin embargo, son los del entorno próximo quienes palpitan conmigo y han sido remansos en toda circunstancia: para comprenderme o alejarme de mí, reafirmar o desatar afectos, calmar el desasosiego, celebrar un éxito, lamerse las heridas, mirar hacia adentro o disfrutar con el éxtasis de tener a quien mirar, ahogar una angustia, subrayar la decisión, sopesarla y, sobre todo lo anterior, sentirse acompañado incluso en los silencios. Es en Es Brollador de Esporles donde recobro los sábados a mi hermano, y los sándwiches de salmón en el Bonaire, o un par de garrotines en el Nero, son el premio que me concedo cualquier anochecer, tras el paseo.


    Pero los bares, por lo menos esos a que me refiero, son también quienes trabajan en ellos. Era Pedro el del bar, en aquel Queralbs de mi infancia, Julio del Lepro, la camarera que despidieron no hace mucho o esa otra, argentina y a quien no necesito pedirle lo que quiero desayunar. El bar Muntant, en Establiments, perdería parte de su encanto si no pudiera cruzar unas frases con el ecuatoriano de quien ya conozco alguna circunstancia familiar; me pone Guayaquil frente a los ojos junto con el café. Y sentir el próximo verano en las entrañas pasará por cenar cualquier día unas sardinas a la plancha en la terraza del bar Chaval, en Magalluf.


    Los bares, su ambiente, sus empleados y quienes te acompañan, propios de cada lugar, han fijado muchos aconteceres y, echando la vista atrás, se me aparecen indisolublemente unidos a mis circunstancias. No sería lo mismo sin ellos, de modo que será muy prosaico si quieren y tal vez se dé de bruces con un análisis ontológico de enjundia, pero cuando he de repasar mis señas de identidad, las encuentro muchas veces ahí, en esos bares y las caras que los pueblan. Y cuando alguno echa el cerrojo para siempre, cosa frecuente en estos tiempos, archiva también una parte de mi vida.

     

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