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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 10
    Agosto
    2014

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    Compañeros de viaje: sintonías efímeras

    La diferencia entre turista y viajero queda meridianamente clara en la magnífica novela de Bowles que es “El cielo protector”. ¿Por qué, pues, compañeros de viaje y no de turismo? Pues porque el turista tiene algo de viajero siempre que obtenga placer de hablar con desconocidos, y de esas experiencias, fugaces, me apetece contarles hoy, en un mes que se presta a escapadas para quien se lo pueda permitir.


    Solo o en grupo de cuatro como solemos, únicamente la barrera idiomática ha impedido pegar la hebra como hubiese apetecido y en las situaciones o escenarios más dispares. No obstante, las dificultades se han visto compensadas por las charlas de nuestros ocasionales acompañantes, e incluso en lugares alejados hemos topado algunas veces con coterráneos que se hermanaron por unos minutos. Aún sonrío al recordar aquel hombre en Tailandia, sentado unos metros más allá, en La Roca de Oro, cuando al oírnos hablar entre nosotros, preguntó: “¿De dónde son?”. “De Mallorca” —respondimos—. “Uep! Jo som de Son Ferriol!”. Le faltó el “Com anam?” para colar el programa de IB3 entre los budas del lugar. Y siguiendo con los mallorquines arreu del món, fue de no creer el encuentro fortuito con unas conocidas en Irán, en un restaurante subterráneo y de medio pelo en los suburbios de Teherán.

    En otras ocasiones, han sido los propios guías quienes han añadido al recorrido un plus de interés. Creo que he escrito en alguna ocasión de aquella Fida, en Siria; tan locuaz como pegada a nosotros más allá de su horario y en busca de comidas sinpa. Pobrecilla. Con la que les está cayendo, a veces pienso en ella. O en el etiocubano, Kumbi, que relataba con orgullo su papel de actor en la película “La llamada de África”. Sin embargo, son quienes ya no tienen cara ni nombre pero que durante unas pocas semanas fueron compañeros inseparables, los que inspiran estas líneas: ellos, sus observaciones y a veces confidencias. Como si nos conociésemos de antiguo.

    Amigos que ponen en solfa eso que alguien dijo ser lo que caracteriza la auténtica amistad: saber estar juntos sin pronunciar palabra. Los hay que se afianzaron por una observación que juzgué atinada o provocativa, algunos se dejaban simplemente explorar y otros se hicieron interesantes a fuer de esquivos. Anoté el comentario de un par de ancianas malhumoradas y hoscas, bilbaínas que no hablaban con nadie y obsesionadas por situarse en cabeza de lo que fuese, bajar del barco o pedir la llave de la habitación. Se hicieron un hueco en mi libreta tras dirigirme a ellas en el tren que nos llevaba a Moscú y en el que habían ocupado, en exclusiva, un compartimento cuádruple. “Van a ir muy cómodas aquí. ¡Qué envidia!” –les dije-. “Y además se puede hacer de todo”, me respondió una de ellas con sonrisa procaz; tanto que, con cautela, hice mutis por el foro.


    He releído algunos de mis cuadernos para recobrar a unos cuantos de quienes me procuraron con sus actitudes una mirada nueva. Y esa es la esencia del viaje, como sostenía Proust. He vuelto a aquella nonagenaria en silla de ruedas a quien sus dos hijas acarreaban en lo que sin duda fue su último viaje. ¡Vaya moral la suya; vaya paciencia la de ellas y la nuestra, cuando debíamos esperar en el pasillo a que la acomodasen! En otra ocasión medité –así lo consigné- sobre los misterios del amor. Fue tras observar las evoluciones de una sudamericana de falda ceñida, retoque de labios cada dos minutos y la reiterada pregunta en cada parada sobre el lugar del shopping mientras el marido, veinte o treinta años mayor, la contemplaba embobado y rendido a sus encantos.

    En la memoria sobreviven dos mujeres a quienes hube de asistir y jamás volveré a ver: la una, joven, por un golpe de calor; la otra, en el avión, por un coma hipoglucémico (lo supuse al revisar la medicación que guardaba en su bolso) que me indujo a aconsejar al piloto regresar. Debo precisar que ignoro, en ambos casos, si tenían su tarjeta sanitaria en regla como se advierte ahora. También sé que los brasileños no se jubilan sino que “se aposentan”, porque así designaban su situación la pareja madura con quien comimos algunas veces, y con Belén, enfermera en activo y antropóloga de formación, hicimos en su día buenas migas cuando conseguía charlar sentada, porque necesitaba de dos asientos hasta que la intervención a que fue sometida, por obesidad mórbida, hiciese el efecto debido. Y fue al cruzar la frontera a Francia por la carretera de Port-Bou, ahora sin control aduanero alguno, cuando recordé lo que me contaron: la bisabuela que se fue de Llanes a Bayona, calzada con madreñas, para visitar a su hijo, gravemente enfermo. Pero no pudo llegar, al carecer de pasaporte. Y murió de pena pocos meses después, al tiempo que su hijo y, ambos, solos. Hoy no habría pasado.


    Por remedar a Gil de Biedma, no es que de casi todo haga ahora veinte años, pero fueron presentes efímeros y, en consecuencia, murieron con ellos. Aunque de tantas curiosidades me haya quedado el gusto por volver a revivirlas y también a sus protagonistas, ya casi desconocidos.

     

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