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Sobre este blog de Sociedad

Médico, escritor y columnista en el Diario de Mallorca desde hace 15 años. Entre la oncología y las palabras día tras día, aunque consciente de que, hombre de muchos oficios… Si les apetece más información, la encontrarán en: ...


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  • 26
    Abril
    2014

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    A mejor sanidad, también más literatura

    Durante los últimos 50 años, la esperanza de vida se ha doblado en los países desarrollados (incluido el nuestro, no vayamos a liarla antes de empezar) como consecuencia de mejoras preventivas y terapéuticas. Ante ello, cabe pensar la de dramas, las muertes que tal vez podrían haberse pospuesto, entre familiares y amigos (que son todos), de haber contado en otras épocas con los recursos actuales.


    También, y junto a fallecimientos quizá precoces o inesperados, algunas enfermedades que, si no fueron mortales, lastraron el porvenir de tantos. Baste pensar en la meningitis y sus frecuentes secuelas cerebrales de antaño, en la poliomielitis… Cada uno lleva, en la mochila de su memoria, futuros cercenados de los seres queridos; aquellos a quienes una peor sanidad condenó a soñar la muerte cuando aún era tiempo de hacerlo con la vida. Demasiadas biografías, sumando sólo las del entorno de cada cual, como para extraer conclusiones respecto a lo que pudo haber cambiado de contar con mejor desarrollo científico-técnico. Por eso he querido, a propósito del verso de Juan Ramón Jiménez (“Contar, cantar, llorar, vivir acaso”), cerciorarme de si el contar, referido a los escritores, podría haber crecido de quitar el “acaso” a su vivir. Siquiera por unos años.

    Tras una somera revisión, la conclusión es evidente. Para empezar, bastará fijarse en la edad de la media docena de autores conocidos y fallecidos el pasado año. El más joven, Seamus Heaney, Premio Nobel en 1995, 75 años; con más de 80 Javier Tomeo, Chinua Achebe (el nigeriano de la magnífica novela Todo se desmorona), el excelente cuentista Medardo Fraile o, en enero, el poeta Juan Gelman con 83 y, ya cumplidos los 95, Doris Lessing o José Luis Sampedro (96). Y hace diez días, García Márquez con 87. Pues bien: echando la vista atrás, se comprueba que muchos terminaron sus días a edades sensiblemente inferiores y por dolencias que hoy habrían sido resueltas sin mayor problema. Para ilustrar el tema, supongo que unas cuantas de ellas serán suficientes. Una neumonía mató a Descartes con 54 años, a Laurence Sterne con 55, George Eliot (61) o Karel Capek, en 1938, con sólo 48. Chaves Nogales murió de peritonitis a los 47, Byron de tifus con 36, y la gripe española acabó con Apollinaire a los 38. Claro que todo entre los mortales, al decir de Borges, tiene el valor de lo azaroso, pero seguramente, hoy, el desenlace de muchos habría sido muy otro.


    Y ni les cuento de algunas enfermedades infecciosas que en siglos pasados fueron azote y ahora serían controladas en un pis pas (salvo que se sea inmigrante ilegal por estos pagos). Me refiero, como habrán deducido, a la tuberculosis. Por su causa murió Novalis con 29 años, Miguel Hernández con apenas 30, Keats (25), George Orwell, el de Homenaje a Cataluña (47), Chéjov con 44, y no habían alcanzado la cuarentena Charlotte Brontë o Catherine Mansfield. Y por no cansarles, mencionaré únicamente otra plaga de antaño, la sífilis, que acabó con Daudet (57), Oscar Wilde (46), Maupassant (43), Heine o Baudelaire (59 y 46 respectivamente).


    Si todo se deshace o se derrumba / y sólo queda en pie lo que se canta (Hölderlin), imaginen cuánto quedó en el tintero a causa de patologías consideradas hoy casi banales; cuánto se deshizo sin llegar a nacer, no pasó de proyecto o terminó inconcluso. Cervantes, fallecido a una edad entonces provecta, 69 años, quizá hoy habría tenido tiempo de terminar La Galatea; Flaubert, con 59, completar su Bouvard y Pécuchet o Lovecraft, el del terror cósmico y enterrado con 47, tal vez publicar algún libro en vida de haber nacido después y, en consecuencia, salir de la pobreza. Nabokov, en este siglo, podría haber terminado El original de Laura, Carver completar los sugestivos relatos de Si me necesitas, llámame, y Saer, escribir ese último capítulo que falta en su novela La grande.

    Sin embargo, no querría ser malinterpretado a resultas de lo anterior. En cada época se hace lo que buenamente se puede (?) o así debiera ser, y esta somera revisión, a título informativo, únicamente pretende demostrar que la investigación, necesitada de cuantos recursos puedan allegarse para progresar, procura nuevas oportunidades; para la cultura y más allá, o más acá, para querer en vida y por más tiempo.


    Tendríamos más obras de quienes he citado, sí, de haber contado entonces con los recursos médicos que son hoy habituales, y sus autores habrían podido gozarse de una madurez cercenada. De ahí que ir a por todas en cuanto atañe a la protección de la salud, mejor hoy que mañana y para todos, debiera ser un objetivo prioritario. En aras de la cultura por atender a la tesis de esta columna pero, ante todo, por amor a la vida. A los vivos. Y vaya por dicho frente a unos recortes que amenazan con hacer imposible la posibilidad de avanzar en esa dirección.

     

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