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APÓCRIFOS CARPETOVETÓNICOS
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Francisco J Caparrós

DIPLOMADO EN EDUCACIÓN SOCIAL, EXPERTO UNIVERSITARIO EN AUTOCONOCIMIENTO, EMOCIONES Y DIÁLOGO, Y MIEMBRO DEL MOVIMIENTO SOCIOEDUCATIVO ELAUVO.

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  • 21
    Julio
    2013

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    Por una ambición encaminada al bien común

     

    La compra y venta de oro ha sido y continua siendo, tras el estallido de la crisis económica, uno de los negocios más prósperos. Desde finales de la década de los setenta del pasado siglo, no se había vuelto a dar tal profusión de establecimientos dedicados al acopio de metales preciosos u otros objetos de valor, como relojes y demás complementos. Lo recuerdo bien, porque también entonces muchos nos comíamos las uñas ante la falta de otra cosa que llevarnos a la boca, por culpa de la deplorable situación generada ante la ausencia total y absoluta de una dinámica de mercado.

    Instalados en un pequeño local, pero ubicados en las calles más concurridas, hoy como entonces, es posible encontrar uno de esos negocios que ha abierto sus puertas a quienes la crisis obligó a deshacerse de los pocos gramos que tenían en casa. Porque, no nos engañemos, quienes acuden a estos establecimientos para malvender los últimos recursos de los que echar mano suelen ser, en su mayoría, personas en serias dificultades económicas y, por regla general, de extracción social más bien baja. Eso es así, porque nadie que no se encuentre ante la necesidad imperiosa de obtener unos cuartos, podría resignarse a deshacerse de ellos corriendo el riesgo de acabar siendo usurado.

    Y es que, aun en tiempos de crisis, siempre hay quien sabe arreglárselas para emprender un negocio más que boyante. Estos no suelen ser los más listos, sin duda, pero sí los más avispados e impermeables al sentimiento de culpa que abrigaríamos muchos por haber sacado provecho de las adversidades ajenas. Eso es lo más parecido a recoger dividendos, después de haber generado en la bolsa una jornada negra de pánico sobre los accionistas más débiles o menos profesionalizados, que les insta a vender todo el papel ante aquel aluvión  de índices a la baja que amenazan con arruinarle.

    Quiero pensar que por suerte, finalmente se ha propiciado la firma del texto regulador de una Ley de Emprendedores encaminada a la creación de empleo. Ya era hora que empezásemos a valorar más el trabajo que genera riqueza y bienestar para todos, que aquel basado únicamente en la especulación. Ese sólo favorece a quienes, carentes de escrúpulos, se dedican a poner alegre y deliberadamente en práctica el ejercicio de la usura.

     franciscojcaparros@elauvo.org

     

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