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APÓCRIFOS CARPETOVETÓNICOS
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Francisco J Caparrós

DIPLOMADO EN EDUCACIÓN SOCIAL, EXPERTO UNIVERSITARIO EN AUTOCONOCIMIENTO, EMOCIONES Y DIÁLOGO, Y MIEMBRO DEL MOVIMIENTO SOCIOEDUCATIVO ELAUVO.

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  • 02
    Marzo
    2013

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    Pecados capitales

     

    Si fuese creyente, creyente de izquierdas naturalmente, pensaría que lo que le está sucediendo al Partido Popular últimamente con su extesorero es un castigo al que Dios les somete como escarmiento por todas las estrecheces por las que nos están obligando a pasar. Sin embargo, todos sabemos que eso no es así, que Dios, suponiendo que exista, tiene problemas con más enjundia de los que ocuparse, como por ejemplo el matrimonio homosexual. Sus ministros, conscientes de ello, tampoco se pronuncian oficialmente al respecto, aunque otra cosa son sus miembros, mucho más cercanos a la feligresía de lo que estarán nunca los gerifaltes. Si no fuese por los primeros, la iglesia podría pasar por un satélite de los conservadores y poco más. Para esta, todo lo que tenga algo que ver con el sexto mandamiento es merecedor de su atención, por encima de pecados capitales como la codicia, que como la gula también se puede definir como un apetito ávido, de bienes o riquezas en el caso de la primera, y de manjares y caldos en el de la segunda.

    Y es que con el estómago lleno, qué objeto tiene ingerir más alimento sino seguir deleitando las papilas gustativas. Llevando esa conducta hasta el exceso, lo más probable es que se alcance a padecer una indigestión. El empacho puede presentar unos síntomas que van de la pesadez y el dolor de estómago, al cólico biliar en el peor de los casos, pasando por estreñimiento, diarrea, vómitos o acidez de estomago, pero la secuela más manifiesta, a la par que axiomática, es la pérdida total y absoluta de apetito. Lástima que eso no ocurra también con aquellos que tienen una ambición desmedida por el capital. Ignoro si porque la tinta con la que se imprimen los billetes de curso legal es adictiva o, sencillamente, porque el papel no se come, el caso es que no hay manera de saciar a algunos.

     

     

    Francisco J. Caparrós

     

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