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APÓCRIFOS CARPETOVETÓNICOS
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Francisco J Caparrós

DIPLOMADO EN EDUCACIÓN SOCIAL, EXPERTO UNIVERSITARIO EN AUTOCONOCIMIENTO, EMOCIONES Y DIÁLOGO, Y MIEMBRO DEL MOVIMIENTO SOCIOEDUCATIVO ELAUVO.

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  • 12
    Septiembre
    2012

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    Con la boca pequeña

    Antonio María Rouco Varela, arzobispo de la archidiósesis de Madrid, ha tenido que ser instigado verbalmente durante una rueda de prensa, al más puro estilo cognitivo-conductual de modificación de conducta, para que decidiese por fin dar su opinión acerca de la, más que probable, radicación del complejo Eurovegas en terrenos de la diócesis a su cargo; y aún así, no ha querido mojarse más de la cuenta.

    El cardenal es una de esas personas a las que les gusta nadar y guardar la ropa. Se le nota, sobre todo cuando tiene que referirse a asuntos incómodos para la curia, de la que ostenta un cargo con influencia notable en los fieles, aunque me temo que se le escucha por lo que es, más que por lo que representa. Ese es un problema congénito que venimos arrastrando en este país, desde que Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla se sirviesen de una dispensa papal, de dudosa procedencia, para poder contraer matrimonio entre primos.

    Allí comienza la relación de la iglesia católica española con los poderosos, de los que ha sido desde entonces fiel e interesada aliada. Basta echar un vistazo a los libros de historia para cerciorarse de ello, pero los escritos con “perspectiva distal” suficiente como para que adolezcan de las inevitables influencias que amenazan a las redacciones sesgadas por la contemporaneidad. En sus páginas quedan reflejadas ignominias, por las que el catolicismo se ha visto obligada a replegarse en sí y hacer propósito de enmienda. Pero la iglesia parece padecer el mismo mal que afecta a las piedras con las que fueron erigidas sus vetustas edificaciones, e insiste en regirse por unas directrices que buena parte de la sociedad no entiende, inflexibles para determinadas conductas, pero incomprensiblemente laxas para otras.

     

    Francisco J. Caparrós

     

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