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APÓCRIFOS CARPETOVETÓNICOS
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Francisco J Caparrós

DIPLOMADO EN EDUCACIÓN SOCIAL, EXPERTO UNIVERSITARIO EN AUTOCONOCIMIENTO, EMOCIONES Y DIÁLOGO, Y MIEMBRO DEL MOVIMIENTO SOCIOEDUCATIVO ELAUVO.

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  • 29
    Julio
    2013

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    A los encantadores de serpientes

     

     

     

     

    Uno de los tópicos postrománticos que más detesto es el patriotismo vacuo. De cuando en cuando, y a tenor de la estética ideológica dominante en ese momento, se vuelve a poner de moda como por ensalmo. Hay otros, es cierto, como la moral hipócrita sin ir más lejos, pero es aquél el que más me irrita, sobre todo si va unido de modo inexorable al profesionalismo del entusiasmo.
    Para Cesare Pavese, quien hizo de vivir su oficio, no existe insinceridad más nauseabunda que esa. Lo dice un autor, al que sus escritos antifascistas en defensa de las libertades le llevaron a entrar en prisión. El escritor y poeta italiano detestaba la falsedad, y por eso cuando decidió quitarse la vida lo hizo sin contemplaciones y dejando muy claro aquello que deseaba cambiar por encima de todo. Buena parte de sus obras, pero en especial el diario póstumo, se refieren repetidamente a ello, de un modo u otro, más taimado o menos, en función del asunto al que va unido:uno puede defenderse de los ataques, concluye, pero contra el elogio se está absolutamente indefenso.
    No existe entusiasmo más vacío que el enaltecimiento postrero o panegírico, que es aquel que aun ajustándose a la verdad subjetiva de quien lo esgrime, no consigue deshacerse nunca del  adventicio perfil que de él emana. Tal vez por eso a determinados personajes, que son expertos en mostrarse henchidos de una abrumadora circunstancialidad, no se les acaba nunca de creer por honrados que estos sean, pero no sólo porque creamos intuir que nos mientan por sistema, sino porque nos recuerdan demasiado a nosotros mismos; y eso, por extraño que pueda parecer, no termina de gustarnos.
    Todos tenemos razones para hacer lo que hacemos, que ni nuestra propia razón es capaz de entender. Una verdad como esa, de Perogrullo quiero decir, a menudo nos pasa desapercibida en el fragor de la conflagración. Es entonces, o mejor dicho a continuación, cuando nos embarga la duda de que todo aquello en lo que creemos y por lo que no dudaríamos en inmolarnos, resulta que es una entelequia tanto más irreal como el inconsistente discurso de aquel que pretende justificarlo todo.

     

    franciscojcaparros@elauvo.org

     

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