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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 23
    Septiembre
    2011

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    Vi ´Rocky´ en el Metropolitan

    La dictadura emocional nos obliga a falsear tan a menudo nuestros sentimientos que, si escribo "me duele la desaparición del Metropolitan", tengo que añadir "sinceramente". He disfrutado la oportunidad de acompañar al cine en sus meses de agonía cuando, traspasada la fecha de caducidad y con respiración artificial, me permitía internarme casi a solas en la panza de su sala grande. Mi fidelidad se mide en décadas, afianzada probablemente porque asistí allí al estreno de Rocky, una película asociada para la eternidad a la materialización de los sueños. Me senté a la izquierda y en una fila adelantada, porque la platea estaba a rebosar. Hemos mutado al videojuego y la red social pero, ¿hemos mejorado?


    En el otoño del Metropolitan me solazaba en la sala dos, envidiable en dimensiones y en concepción para disfrutar de una proyección con la sensación de intimidad. La degradación del entorno disimula hoy la sensación de lujo que contagiaba un local apellidado Palace, donde también nos asombró El golpe. Somos la historia de los cines que hemos visto desaparecer, y descubrimos con espanto su transitoriedad cuando cerró la Sala Born. La experiencia de contemplar una película se sustituía por comprar en Zara, desde ahí sólo podíamos empeorar. Me queda la extraordinaria Sala Rivoli –Buscando a Mr. Goodbar– como último albergue urbano, y el Renoir. Cada vez que visito la taquilla de unas salas de Marratxí, juro que nunca más pisaré un cine.


    Por una vez, no vamos a descargar las culpas sobre los empresarios, ante la sangría del alma de la ciudad. La modernización de las salas vacías no tiene demasiado sentido. Los cines no se llenarían en un día laborable ni aunque las localidades fueran gratuitas. Preferimos aburrirnos ante la televisión, donde nunca se ve una película entera. Nos consideramos demasiado inteligentes para que nos cuenten una historia, ya sólo respondemos al impulso emocional, que rima con superficial. Por eso lamentamos protocolariamente el cierre del Metropolitan, cuando debería dolernos de verdad.

     

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