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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 22
    Marzo
    2013

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    Una expulsión ejemplar

    Mallorca no va a la cabeza de la corrupción política, como se repite inmerecidamente, sino de su persecución. A partir de ayer encabeza también el combate contra la corrupción eclesiástica, tras la decisión de la Iglesia de Mallorca de expulsar al párroco de Can Picafort por abusos sexuales a menores. El tribunal formado por tres jueces le considera culpable de todas las acusaciones. El recurso se interpondrá ante la institución vaticana dirigida por el mallorquín Luis Ladaria, figura clave en la puesta en marcha de la investigación.


    Si la dimisión de Benedicto XVI y la entronización de Francisco se interpreta como un mensaje diáfano a reyes y líderes políticos anquilosados, la expulsión del sacerdote mallorquín lanza un mensaje a PP y PSOE, que permiten la pudrición interna antes que desprenderse de un mal compañero de viaje. Por supuesto, la Iglesia actúa a divinis pero también in extremis. La expulsión establece el grado de deterioro que ha de sufrir una institución para amputarse los miembros que provocan la gangrena.


    La condena eclesiástica se complementa con la valiente instrucción penal en un juzgado de Inca, y aquí aparece el vértice más grave de la situación. Con motivo de su declaración ante la jueza, el sacerdote expulsado acudió en compañía de otro capellán, con parroquia vigente. Si la presencia puede englobarse en la figura de la complicidad afectiva, sus declaraciones dudando de la veracidad de las acusaciones y desacreditando a la denunciante fueron deleznables. Debe como mínimo una explicación nítida a sus feligreses, al igual que los analistas que en casos de corrupción culpan a la víctima inocente e indefensa antes que al poderoso agresor. Confundir la amistad con la justicia es una de las equivocaciones que han arrastrado a la Iglesia a su peliaguda situación actual, denunciada por el Papa emérito. La verificación de los hechos no sólo reconforta a quienes denunciaron en condiciones muy difíciles, sino a quienes destacamos a sacerdotes entre los asesores más leales y desinteresados con los que hemos podido contar.

     

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