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Blog Al azar - Matías Vallés

Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 05
    Mayo
    2014

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    Ramon Llull, el instituto

    Solo existía un Instituto con denominación genérica, el Ramon Llull. En los otros había que especificar. En aquellas aulas cursábamos el bachillerato de los pobres. Jamás se nos trató como a niños, ni a los diez años en que ingresábamos, ni a los trece ni a los 16 en que egresábamos. Allí no se adoctrinaba ni en clase de Religión, la Formación del Espíritu Nacional era una parodia grouchesca bajo el bigotillo del gran Juan Bonet. Un colegio de puertas abiertas con los mejores profesores de la isla, comprometidos en entorpecer mínimamente con sus enseñanzas la educación de los adolescentes a su cargo.

    Durante siete años, conquistábamos o nos cedían un sano desprecio a la autoridad. Quedamos curados de profetas, para desesperación de los alevines de políticos que velaban sus primeras armas revolucionarias en el Instituto. Cumple hoy un siglo, lo poblamos a la mitad de ese calendario. El edificio era fundamental, con su espíritu herreriano y una vejez hecha para durar. Es el único momento de mi vida en Mallorca en que me he sentido protagonista de un experimento singular, un Beacon Hill mediterráneo. También ayudaba que las hordas de psicólogos y pedagogos no se hubieran abatido todavía sobre la escuela.

    Profesores y alumnos procedentes de instituciones de campanillas se contagiaban irremisiblemente del microclima tropical del Instituto. En ese ámbito se nos juzgó con ecuanimidad, a la salida tuvimos que lidiar o contaminarnos del nepotismo y el triunfo de la mediocridad vigentes. No me caben los nombres, pero Onsalo, Candela y, sobre todo, Pedro Cerdá explican la creación de media docena de catedráticos de matemáticas en una sola generación. Sin Antonio Martínez, yo no sería éste. Sin el Gangster, no habría aprendido que la vida es una broma. Nadie que haya pasado por el Instituto puede escudarse en que ha mentido o violado la lógica sin darse cuenta. No vuelvo allí porque allí me vacunaron contra la adoración, pero me insisten en que el espíritu anárquico prevalece. El peso de los edificios.

     

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