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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 23
    Junio
    2011

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    Palma, ciudad de perros

    El consenso dictamina que los seres moralmente superiores de la sociedad contemporánea son vegetarianos, no fumadores, ciclistas y amantes de los perros. Hitler reunía tres de estas cuatro cualidades, a falta de imágenes en las que aparezca a lomos de una simpática bicicleta. Para que ningún perro se enfade con este artículo, empezaré por enfatizar que no tengo nada contra las mascotas, porque la mayoría mejoran a sus dueños y merecen como mínimo los mismos derechos. Esta observación costumbrista se limita a consignar que Palma es una ciudad de perros, porque a ningún palmesano se le ocurre tener uno solo. Pasea a dos, tres y hasta cuatro. El dato positivo consiste en que la cantidad aumenta la probabilidad de que devoren a su propietario.
    La adquisición en manada tiene el inconveniente de que, cuando tropiezas con una bella paseadora de perros, no sabes a cuál de ellos dirigirte para entablar conversación con su dueña. La multiplicación de canes también dispara los excrementos en las aceras, aunque son tan codiciados por los bebés palmesanos que quizás deberíamos promocionar su deposición. Palma no está preparada para soportar a medio millón de personas y otros tantos perros, por no hablar de las ratas. El viandante que circula sin un perro pasa a ser sospechoso de haberse desembarazado de él, aunque una ley olvidada por los amigos de los animales establece que sólo el propietario de una mascota puede abandonarla.
    En fin, nadie recuerda la última vez que vio en Palma a un perro peligroso sin bozal, aunque los animales tienen la excusa de que han de defenderse de sus dueños. Además, los canes asesinos pasean con la cuerda lo suficientemente aflojada para aterrorizar a un número máximo de ciudadanos. Según la estadística, a medio plazo se registrará un nuevo incidente sangriento con una de estas bestias -sí, me refiero a los propietarios–. Entonces fingiremos asombro y consternación, compadeceremos a la víctima de la laxitud legal y nos concentraremos con tal fuerza en el problema canino que olvidaremos la crisis de los pepinos.

     

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