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Blog Al azar - Matías Vallés

Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 09
    Marzo
    2012

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    Ofender adulando

    Uno de los problemas que plantea la convivencia es cómo hablar bien de alguien, cuando está claro que nadie lo merece. ¿Nuestra receta? Ofender adulando. Verbigracia, si desea enfurecer a un médico, empiece por regalarle los oídos con el discurso de que es el mejor especialista del mundo. Cuando lo tenga al borde del éxtasis, menciónele que su compañero oftalmólogo también es una eminencia, con lo complicado que es el ojo humano. La sonrisa de su interlocutor se ensombrecerá con un halo glacial. Sin tomarse respiro, aluda usted a que el nefrólogo del mismo hospital también está tocado por los dioses. Se endurecerá el semblante del galeno presuntamente halagado. Antes de que usted le cante las alabanzas del cardiólogo, el adulado le habrá clavado el bisturí. El procedimiento también es válido para periodistas, y así fue como lo aprendí.
    La voluntad de ser más que los otros mueve el mundo, en la dirección incorrecta. La citada plaga se halla en la raíz de fenómenos como Al Qaeda –"estoy más cerca de Dios que tú"–, por mucho que los académicos amparen estos fenómenos en la teología o, todavía peor, en la economía. Incluso estaríamos dispuestos a degradarnos, si el declive propio arrastrara a nuestros colegas. Por tanto, quienes ofenden adulando ejercen la función higiénica de ecualizadores, una redistribución de los dones ante la imposibilidad de hacer lo propio con la riqueza.
    La necesidad de ofender adulando es simétrica. Las celebridades y los rufianes, por si alguien consigue distinguirlos, odian aquella admiración de sus devotos que no se manifiesta como envidia. Detestan la evidencia de que no te apetece estar con ellos, y mucho menos ser como ellos. De ahí el arma defensiva del cóctel entre el halago y el agravio. Además, los neófitos en el arte de la dulce ofensa se colocan bajo la advocación de su sumo practicante, un tal Borges. Todos sus elogios están teñidos de hiel, nunca pronunció un escarnio sin el bálsamo de la lástima. Hubiera triunfado como jurado de Operación Triunfo.

     

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