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Blog Al azar - Matías Vallés

Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 28
    Agosto
    2014

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    Lo que digan los hoteleros

    Durante un entrenamiento de mi infausta carrera baloncestística, me propinó un codazo supongo que involuntario en el ojo la estrella del equipo, que me sacaba veinte centímetros y otros tantos kilos. Debo reconocer que el entrenador se dirigió a todo correr y con semblante preocupado hacia donde nos encontrábamos, y que de inmediato procedió a examinar con mimo la articulación del fenómeno, despreocupándose hasta el día de hoy de una herida que me costó tres puntos de sutura. Por si no he explicado de modo conveniente la alegoría, el gigante es un hotelero, el técnico consciente de lo que se juega es un gobernante. Me quedo con el papel de la golpeada sociedad mallorquina, imaginemos que fortuitamente.

    Si en Mallorca se le cae un árbol encima a un ciudadano, la prensa analizará de inmediato los efectos ominosos de este incidente sobre la recaudación de los hoteleros. A su vez, la opinión se alarmará de que haya peatones irresponsables que caminen bajo los árboles, con la aviesa intención de perjudicar a los mismos hoteleros de antes. El milagro mallorquín no consistía en empotrar a diez millones de bárbaros del Norte en la isla, sino en lograrlo ante la indiferencia generalizada. La situación ha cambiado, los dueños de las cadenas se golpean el pecho y aúllan como machos alfa. Estábamos mejor adiestrados para la humillación que para la estridencia.

    A cada línea, hay que calibrar qué pensarán los hoteleros al respecto, una tarea endiablada porque no abusan de la víscera cavilatoria. Recuerdo la primera vez que el ejecutivo de una gran cadena turística me soltó en un debate público que, de no ser por ellos, comeríamos literalmente algarrobas y calculo que viviríamos saltando de un algarrobo a otro. Eran efusiones esporádicas de lo que eufemísticamente llamábamos "el sector", que se enriquecía exprimiendo a la isla pero respetando el techo de decibelios. Hoy reflexiono si mi peinado puede molestar a los hoteleros, y lamento que Mallorca haya perdido su inveterada facultad de disimulo.

     

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