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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 07
    Octubre
    2011

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    La palabra ‘zorra’ en sí

    La palabra zorra dirigida a una mujer significa prostituta y ninguna otra cosa. Ni siquiera un magistrado sería capaz de retorcer esa ecuación, ampliable a las identificaciones evidente de cabrón, cerdo, sabandija y demás elenco zoológico. Sin embargo, dos jueces y una jueza constituidos en tribunal zorruno han concluido que si un agresor llama “zorra” a la víctima de sus malos tratos, en realidad la califica de “mujer con la sabiduría y las artes negociadoras de Henry Kissinger”. A partir de aquí se desencadena la inevitable reacción sobre la aplicación del inofensivo animalario a los autores de la sentencia o a sus familiares.


    Al redoblar el insulto a la destinataria de la palabra “zorra”, dejándola sin amparo, el astuto tribunal impulsa una revolución jurídica que no sólo expone a los jueces a ese vocabulario, sino que anula el castigo exigido por los poderosos cuando sienten lesionado su honor hipersensible. Porque sería muy feo que sólo se pudiera llamar zorra, cabrón, cerdo o asno a los ciudadanos corrientes, y que la antropomorfización de esos nobles brutos sea intolerable cuando se dirige a un ministro, un banquero o una celebridad televisiva. O un excelso miembro de la magistratura.


    Un tribunal superior puede recomponer el maltrato judicial a la mujer insultada, pero la inocuidad de “zorra” debe contribuir a desmontar la farsa de la protección del honor calderoniano y demás virtudes inalienables de los poderosos. Los propietarios de privilegios medievales se sienten agraviados en cuanto se les enfrenta a su espejo en palabras. La experiencia demuestra que los insultos ahora minimizados han sido muy rentables, para demandantes blindados y con una notable propensión a sentirse difamados en persecución de la subsiguiente indemnización. Cuando Pedro Ruiz era un humorista, abría sus espectáculos dirigiéndose al público a teatro lleno con estas palabras: “Yo soy un gilipollas y, a partir de aquí, todos iguales”. Nadie se molestaba, porque la clave reside en la igualdad, de la que no disfrutó la mujer doblemente agraviada.

     

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