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Matías Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

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Este blog recopila todos los artículos que publico en Diario de Mallorca


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  • 25
    Mayo
    2011

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    Iré a votar, después de todo

    Publicado el 22 de mayo de 2011

    Ni sacralizo el voto ni me fío de quienes lo banalizan, pese al placer de contribuir a que alguien pierda las elecciones. Quien vaya a votar interrumpiendo una jornada en la cama con el amor de su vida, merecerá mi reprobación eterna, aparte de despertar las lógicas suspicacias de su pareja y de arriesgarse a los versos de Simon&Garfunkel en Cecilia. "Me levanté para lavarme la cara, y cuando regresé a la cama, alguien había ocupado mi lugar".


    Reservemos el voto para quienes no tienen nada mejor que hacer. Una vez ante la metáfora surrealista de la urna dentada succionadora, la atonía empuja al voto en blanco. Sin embargo, y dado el límite antidemocrático del cinco por ciento para acceder a un puesto, el sufragio blanqueado fastidia a los minoritarios. Les impide alcanzar ese suelo. Los practicantes de la abstención activa consolidan el bipartidismo que en su mayoría anhelan combatir.
    Salvo pronunciamiento en contra de la Junta Electoral Militar, la abstención es perfectamente democrática. En síntesis, consiste en fiarse de los demás. El reglamento diabólico estipula que todos los mayores de 18 años votan, por sí mismos o delegando en otros. No quiero aterrorizarte pero, ¿de verdad te fías de lo que yo vote por ti? En efecto, voy a votar, después de todo. Sin necesidad de pinzas ni artificios profilácticos. No te dolerá, ya habré acabado mi intervención cuando leas estas líneas.


    Parece que ha pasado un siglo desde que iniciamos este revuelto de artículos, por entonces ni siquiera existía el movimiento 15-M. En aquella inauguración solemne me comprometí a que estos ladrillos no cambiarían tu voto, pero es posible que hayan cambiado el mío. Obedecemos a pulsiones irracionales, pero votar nunca es un acto caprichoso ni despreciable. Siempre hay alguien que merece el sufragio, aunque no sea necesariamente su destinatario.


    El candidato desea locamente tu sufragio, no importa la saña de los insultos que haya proferido contra ti durante las etapas previas a la campaña. Votar significa acceder a la oportunidad de sentirse poderoso durante diez segundos cada cuatro años. Ante ese fulgor irrepetible, acepto que mi voto para la misma cámara valga la mitad que otro emitido en Menorca o en Eivissa, y diez veces menos que otro colocado en Formentera. Y mil veces menos que en Madrid.


    He seguido incluso un cursillo de adaptación, porque ningún partido mallorquín es lo que era hace cuatro años. Ni siquiera me dejo amilanar por una docena de experiencias estériles previas. Nunca hay que desesperar. Nadie tiene derecho a insultar al futuro.

     

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